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La derrota de las encuestas

Ante el fracaso de las principales encuestadoras al pronosticar los porcentajes de intención de voto del pasado domingo, se me ocurre un argumento de ficción que le habría agradado a Borges: imaginar que las elecciones nacionales -que involucran más de dos millones y medio de votantes habilitados, miles de urnas, delegados y funcionarios, locales de votación, el Ejército que custodia y decenas de etcéteras- se realizan solamente para saber si sus resultados coinciden o no con los proyectados por los sondeos de opinión.

Ante el fracaso de las principales encuestadoras al pronosticar los porcentajes de intención de voto del pasado domingo, se me ocurre un argumento de ficción que le habría agradado a Borges: imaginar que las elecciones nacionales -que involucran más de dos millones y medio de votantes habilitados, miles de urnas, delegados y funcionarios, locales de votación, el Ejército que custodia y decenas de etcéteras- se realizan solamente para saber si sus resultados coinciden o no con los proyectados por los sondeos de opinión.

Una variante fantástica que invierte la carga de la prueba y eleva la simulación de los resultados a una verdad que, aunque conjetural, se adueña de las conciencias y, a mi modo de ver, incide en ellas. Durante meses vivimos pendientes de esos porcentajes que determinaron estrategias de campañas y condicionaron de alguna manera el comportamiento de los actores, tanto políticos como ciudadanos. Pero la realidad, es decir, los votos finales contados uno por uno, desbarató una vez más ese trabajoso simulacro. Como decía Winston Churchill, los hechos son testarudos.

El pasado domingo las principales empresas encuestadoras fallaron con estrépito al no prever que el partido de gobierno podría conservar la mayoría parlamentaria en la Cámara de Representantes y, de triunfar en el balotaje, también en el Senado. Ninguna de estas encuestadoras que a lo largo de meses fueron vertiendo pronósticos y porcentajes a la ciudadanía, planteó este escenario ni siquiera como hipótesis. La consigna unánime fue: hay segunda vuelta sin mayoría parlamentaria para ninguno de los partidos. Hasta se apostaron hamburguesas por ello.

Ejemplos de esos yerros: durante la transmisión televisiva, una de las empresas llegó a vaticinar que “podría haber alguna sorpresita”, sin especificar cuál sería porque la veda informativa todavía estaba en vigencia. En todo caso lo que en realidad sobrevino fue una gran sorpresa. El mismo estudio le había otorgado al Partido Colorado casi cuatro puntos más de intención de voto que los que a la postre obtuvo. A su vez, en los primeros sondeos a boca de urna, algunos de estos insinuaban resultados muy diferentes a los que finalmente se dieron, lo que llevó a ciertas euforias o decepciones en los partidos. Recién cuando se abrieron los sobres y se empezó a proyectar en base a los resultados reales de determinados circuitos, los números empezaron a reflejar la realidad. Y a cambiar vertiginosamente como los signos de una máquina tragamonedas. En definitiva, todos los vaticinios le erraron feo en el aspecto en que más se había insistido durante la campaña: la imposibilidad de que un partido obtuviese mayoría en el Parlamento.

La circunstancia descrita ya empezó a ser explicada por algunos de los responsables de las encuestas, que antes se habían puesto a cubierto con el margen de error en el muestreo, al que se le sumó el misterio insondable de los indecisos, el rango, el piso y el techo y en la etapa final ese imponderable etéreo y caprichoso que se ha definido como el “voto volátil”, categoría casi zoológica. Es de toda evidencia que ese formidable despliegue humano y técnico que demandan los sondeos de una elección, en esta última adoleció de errores por situaciones no previstas ni sospechadas que fueron determinantes en los resultados. Alguna vez habría que estudiar con seriedad qué influencia ejercen los pronósticos en el ánimo y en las decisiones de los votantes. Tanto para el que gana como para el que pierde. No creo en las encuestas, pero que las hay las hay.

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