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Cultura de la violencia

No hace falta ir a Ucrania o Venezuela para presenciar la violencia contemporánea. En Ucrania los disturbios callejeros, no solo en Kiev, repudian la política pro-rusa del gobierno y piden una estrategia pro-europea que asocie al país con sus vecinos del Oeste para promover una convivencia más liberal. En Venezuela, el gobierno de Nicolás Maduro que mantiene la línea del chavismo, debe enfrentar a una oposición respaldada por la escasez de alimentos, la galopante inflación y la enloquecedora violencia criminal.

No hace falta ir a Ucrania o Venezuela para presenciar la violencia contemporánea. En Ucrania los disturbios callejeros, no solo en Kiev, repudian la política pro-rusa del gobierno y piden una estrategia pro-europea que asocie al país con sus vecinos del Oeste para promover una convivencia más liberal. En Venezuela, el gobierno de Nicolás Maduro que mantiene la línea del chavismo, debe enfrentar a una oposición respaldada por la escasez de alimentos, la galopante inflación y la enloquecedora violencia criminal.

En las calles de Caracas, y de otras ciudades del país, las marchas se suceden diariamente. No parece fácil que las protestas puedan sosegar el estado de enardecimiento de la gente, que se levanta contra la retórica del discurso oficial y el endiosamiento del régimen.

La violencia del mundo actual está servida en bandeja en Ucrania y en Venezuela, pero también en Tailandia, donde el rey más viejo del planeta debe enfrentar rebeliones que desestabilizan a todo el país. Los coches-bombas siguen provocando muertes en Bagdad y en el resto de Irak. Mientras en los emiratos del Golfo Pérsico se suceden los atentados y la crisis política aumenta en Egipto.

En La Habana prosiguen las conversaciones para encontrar una salida a la guerra civil colombiana, entre los representantes del gobierno y los delegados de las FARC, mientras en México las fuerzas armadas presionan para que la embestida de los narcotraficantes ceda ante el cerco del ejército, aunque no parezca sencilla la labor de reprimir a ese hampa multimillonario y feroz.

Pero al margen de tales encontronazos, el mundo de hoy muestra otros ejemplos de violencia que pueden competir con los mencionados. Son muestras de una agresividad social que parece contradictoria, en una época donde los avances científicos, el desarrollo de los lenguajes artísticos y los asombrosos brotes de la nueva tecnología parecerían asegurar un bienestar para toda la humanidad.

No es así, sin embargo, porque buena parte de esa población mundial de algo más de 7.000 millones de individuos pasa hambre, sufre los golpes de la violencia armada y es incapaz de sobrevivir decorosamente en sus países de origen, debiendo en miles de casos optar por la emigración hacia la utopía de una vida mejor en el mundo más desarrollado.

Allí lo que encuentra es la xenofobia, el racismo, los salarios miserables y el trabajo esclavo, cuando no la deportación. Esas formas sigilosas de la violencia también integran el paisaje brutal de este mundo, donde la multiplicación de los teléfonos celulares o las tabletas casi mágicas que permiten ver la actualidad al minuto en cualquier latitud, contrastan con la penuria de una quinta parte de la población o con el descontento colectivo que desemboca en disturbios y en un futuro inmediato muy incierto.

La violencia tiene ejemplos muy detonantes, pero tiene también muestras que no siempre se detectan, a través del deterioro de las relaciones sociales, la ruina de las clases marginales, la pérdida de los niveles culturales de una comunidad o de las categorías de una clase dirigente. Por eso a través del mundo de hoy pueden rastrearse deterioros múltiples, malestares colectivos y situaciones capaces de revelar la cultura de la violencia en la que seguimos inmersos.

No hay más que observar la salida de un partido de fútbol para comprobarlo.

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