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Banalidad del bien

La banalidad del mal" es una frase que la filósofa alemana Hannah Arendt acuñó hace cincuenta años para referirse a Adolf Eichmann, criminal de guerra culpable de coordinar la muerte de decenas de miles de víctimas durante el holocausto del período nazi. Lo que Arendt pretendía decir es que Eichmann no era un monstruo ni un ser extraordinariamente pérfido, sino simplemente un burócrata dedicado a su tarea diaria, que en lugar de contabilizar mercadería consistía en contabilizar cadáveres. Cuando se contempla el panorama político internacional que ha podido apreciarse desde entonces, se comprueba que Eichmann no está solo en la categoría de los burócratas infernales, esos individuos sin moral que son indiferentes ante la naturaleza de los cómputos que deben realizar, tanto sea bolsas de papas como seres humanos llevados a una ejecución masiva. Después de cumplida su labor, vuelven a su casa, comen con su familia y duermen en su cama.

La banalidad del mal" es una frase que la filósofa alemana Hannah Arendt acuñó hace cincuenta años para referirse a Adolf Eichmann, criminal de guerra culpable de coordinar la muerte de decenas de miles de víctimas durante el holocausto del período nazi. Lo que Arendt pretendía decir es que Eichmann no era un monstruo ni un ser extraordinariamente pérfido, sino simplemente un burócrata dedicado a su tarea diaria, que en lugar de contabilizar mercadería consistía en contabilizar cadáveres. Cuando se contempla el panorama político internacional que ha podido apreciarse desde entonces, se comprueba que Eichmann no está solo en la categoría de los burócratas infernales, esos individuos sin moral que son indiferentes ante la naturaleza de los cómputos que deben realizar, tanto sea bolsas de papas como seres humanos llevados a una ejecución masiva. Después de cumplida su labor, vuelven a su casa, comen con su familia y duermen en su cama.

En términos menos macabros, a la banalidad del mal podría oponerse la banalidad del bien, ese juego con cuestiones insustanciales y superfluas que cada día ocupa más lugar en el campo de la información general, como si se tratara de asuntos de interés decisivo para la marcha del mundo: el divorcio de una actriz, el noviazgo de un cantante, la venta de un futbolista, digamos. No está mal que el público se distraiga con temas livianos, que quizás ayuden a sobrellevar los pesares y dificultades de la vida, pero todo indica que esa masa de trivialidades va ocupando espacios cada día más amplios, pero no como complemento de cosas sustanciales sino como material excluyente, que expulsa gradualmente de los medios de comunicación la presencia de lo que más importa. Por ejemplo, cuando se observa de qué se compone el material que ocupa los 60 minutos de los noticieros centrales de la televisión uruguaya, se sabe que allí hay un protagonismo abrumador del fútbol, en primer lugar, con un pormenor abrumador de datos, nombres y cifras que podrían sintetizarse en beneficio de otras noticias. Hay asimismo una información torrencial sobre la delincuencia, que sirve para enterar al espectador sobre la realidad en que vive, aunque a veces parezca desbordarse de detalles y extensión. En cualquier caso, todo ello va en perjuicio de todo lo que se omite, porque en Montevideo -sin ir más lejos- se realizan 150 exposiciones de arte al cabo del año, se estrenan decenas de películas de valor, hay en cartel numerosos espectáculos teatrales de interés, a lo que se suma un torrente musical de recitales y conciertos académicos. Esa masa de actividad cultural merecería alguna referencia que no recibe, mientras esos largos noticieros se complacen en detenerse en el fútbol y el crimen como los dos ejes de la vida uruguaya, indebidamente.

Esa es la banalidad del bien, en cuyas tandas publicitarias tampoco asoman avisos sobre nuevas ediciones de libros, primicias sobre un film talentoso ni noticia sobre algo de piano, de sinfónica o de danza, sino sobre cosméticos, champús o detergentes. La banalidad del bien no es siniestra, como la banalidad del mal, pero puede ser malsana porque anestesia al público en lo que menos interesa, menos trasciende, menos fecunda el espíritu y menos enriquece a la vida cultural. Entonces, lo que parece inofensivo es en verdad esterilizante. No mata, pero poco a poco inutiliza, lo cual es peligroso. Hay que tener cuidado con la banalidad del bien.

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