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Actitudes ejemplares

Varios uruguayos residentes de Durazno no dudaron en comportarse valerosamente o dieron muestras de notable honestidad.

Varios uruguayos residentes de Durazno no dudaron en comportarse valerosamente o dieron muestras de notable honestidad.

Afortunadamente sus recientes gestos no pasaron inadvertidos: dieron lugar a una ceremonia a cuyo frente estuvo el jefe de policía Juan José García quien destacó aquellas actitudes. Una, la de un agente de segunda que arriesgó su vida para salvar a un discapacitado que estaba en una vivienda incendiada. Otra, la de una profesora que encontró una importante suma de dinero y la devolvió. Asimismo el arrojo del policía que en reciente acto electoral desafió la correntada de un arroyo desbordado, para poder entregar una urna.Estos episodios de nuestro tiempo merecen especial destaque ya que se contraponen a quienes son responsables de la ola de inseguridad que golpea al país. Son hechos que demuestran que fibras positivas aun laten en los corazones de muchos compatriotas que no dejan caer los brazos.

Lo de Durazno nos dice mucho y nos lleva a evocar espíritus análogos de nuestra patria. El valeroso Gustavo Volpe, los sobrevivientes de la tragedia de los Andes y otras figuras que han ido más allá de la línea del deber y cuya heroicidad a veces es escasamente advertida u olvidada rápidamente. Algunos, afortunadamente, son evocados, como ocurre con el “pequeño héroe del Arroyo del Oro”, Dionisio Díaz, quien con apenas nueve años y estar gravemente herido, el 8 de mayo de 1929 levantó a su hermana menor y caminó siete kilómetros hasta la comisaría del poblado más cercano. Allí la entregó y luego falleció.

A través de los tiempos nos llega, fulgurante, esta corta pero ejemplar existencia que merece especial evocación justamente cuando nuestra sociedad, desesperada, ve niños matando y muriendo por un puñado de pesos. Nuestra sociedad debe nutrirse de ejemplos así para mostrar otro camino posible: el de los que apuestan a los valores humanos enseñando como lo hizo sin buscarlo, hace más de ochenta años, el niño Dionisio Díaz. O bien como lo hizo el joven Atilio Pelosi, quien el 11 de junio de 1925 fue testigo de un incendio en una empresa céntrica. De inmediato entró y salvó a una chica. Cuando quiso rescatar a otra de las empleadas acorraladas por las llamas, pereció con ella en brazos. Pelosi fue consagrado con el rótulo de “Primer héroe Civil” y una calle de El Prado hasta hoy lo evoca.

Razones de espacio impiden ahora detallar cada uno de los actos cumplidos por las personas distinguidas en el marco de la ceremonia de Durazno. Uno de ellos ejemplifica a todos. Se trata de lo hecho por el agente de segunda Jesús Cortazzo quien pasaba por la puerta de una vivienda cuando percibió que se estaba incendiando. Esto no hizo titubear al policía que entró, encontró a un joven imposibilitado de trasladarse por sus propios medios, lo cargó en brazos y le salvó la vida aun cuando se intoxicó por inhalación de humo.

Estas figuras, como lo fueron en su tiempo esas otras que hemos enumerado, se convierten (o se deberían convertir) en referencias ineludibles, paradigmáticas, dentro de la sociedad uruguaya del 2015, tan vapuleada por las constantes noticias del accionar, no de héroes sino de lo opuesto: los antihéroes de la jungla del asfalto, en ocasiones capaces de matar por 3500 pesos.

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