Luis Alberto Lacalle
Muchas veces se dijo y aún repitió en ámbitos escolares ese terrible concepto de que somos un país "pequeño y pobre". Luego y en un tono más cariñoso pero en el cual la nostalgia también achicaba la patria, se cantó esa bella letra que habla del "paisito".
Ni pequeño, ni pobre ni paisito, un grande y gran país. No hace falta recurrir a los socorridos ejemplos de medida en kilómetros cuadrados que, comparación mediante, muestran que no lo somos físicamente, máxime cuando gracias a la nueva manera de mensura de la plataforma continental, hemos crecido sobre el mar.
El tema va más adentro, se ubica en las raíces del subconsciente nacional, se enreda en una pérfida raíz que ahoga los impulsos más notables, atempera las sanas pasiones de avance y frena el adelanto material y espiritual de nuestra nación. Por supuesto que un cambio en ese errado rumbo no depende de un solo factor, ni puede revertirse en poco tiempo, pero la ocasión electoral que se aproxima y las posiciones políticas que en ella se dirimirán, son momento ideal para que cada uno ofrezca a la consideración ciudadana su visión del país en función de una eventual gestión de gobierno. No está demás, pues, que abundemos en detalles.
Los ámbitos de crecimiento potencial son varios y suficientes como para que, despertando las fuerzas dormidas que anidan en la mente de nuestros compatriotas y en los espacios físicos de nuestra soberanía, logremos una sociedad próspera materialmente, justa socialmente y elevada en su espíritu e intelecto.
Por un lado debemos de pensar en los factores de producción, privilegiando, como no puede ser de otra manera, al trabajo. El esfuerzo humano abocado a generar el sustento mediante la relación laboral ha cambiado sustancialmente con el advenimiento de las nuevas técnicas de comunicación, el nacimiento de formas empresariales atípicas y la globalización.
Hoy las formas de contratación de personal asumen formas inimaginables hace diez años. Pensemos solamente en el tele trabajo o trabajo a distancia. Cada día, en nuestro país, más de treinta mil compatriotas trabajan en nuestro territorio pero para empresas que están ubicadas en otros continentes, logrando salarios que promedian los $ 20.000.
Esta sola mención alcanza para que debamos de razonar de forma distinta cuando pensamos en facilitar el empleo, en fomentar las actividades intensas en mano de obra.
Las tercerizaciones, antes de la absurda ley que las destruyó estableciendo en forma carente de lógica las responsabilidades subsidiarias del contratante por los incumplimientos del prestador del servicio, representaron y deben representar una forma de especialización que no sólo eleva los niveles técnicos de los que cada uno hace, sino que permite la expansión del empleo y de la tecnificación del mismo.
La posibilidad de contratar por horas semanales o mensuales para que el empleo siga los ritmos desiguales que alguna actividad pueda necesitar a lo largo de esos lapsos, el facilitamiento de los contratos a término no sólo reflejan realidades diversas, sino que permiten una mayor soltura en las relaciones laborales.
Uno de los problemas sociales agudos que vivimos es el del desempleado a mediana edad. Solamente un mercado de fácil ingreso, previa recapacitación, permitirá que estos compatriotas vuelvan a la actividad.
En similar sentido el estímulo a la mejora de preparación técnica mientras se trabaja no solo debe de alentarse, sino que será indispensable tanto para el empleado como para el empleador.
Los ámbitos de generación de trabajo merecen un comentario. Más de una vez se ha hablado de país productivo y de trabajo productivo, en una concepción filosófica de cuño marxista que respetamos pero que consideramos equivocada.
Todo trabajo es productivo siempre pero muy especialmente en esta era de los servicios. Está en consideración la situación de la Caja Bancaria cuyo principal problema es la disminución de empleados activos que no pueden sostener a un alto número de pasivos.
Un Uruguay que retome el camino de ser plaza financiera, que aliente esta actividad bajo los más estrictos controles, es el real remedio a esta situación y así deberán de comprenderlo los dirigentes sindicales de AEBU que saben mejor que nadie de decenas de miles los trabajadores que se ocupaban de estas tareas financieras, indispensables para el desarrollo y que nuestro país debe cumplir para toda la región y que saneaban el sistema.
La expansión del trabajo depende de la capacidad de adaptarlo a los nuevos tiempos, fortaleciendo el amparo a los derechos del obrero y empleado pero con la necesaria racionalidad como para que se estimule la contratación. Sólo es completamente libre aquel trabajador que puede elegir entre dos opciones laborales, sólo mejora el salario en forma sana mediante la tecnificación. Es así aquí y en cualquier otra parte del mundo.
El capital sobra en nuestro país y en el mundo. Justamente en estos momentos de crisis es cuando deberíamos poder ofrecer oportunidades sanas de inversión sólida.
Para ello es preciso facilitar en lugar de entorpecer las formas asociativas más ágiles, especialmente las sociedades anónimas que permiten evitar el pedir dinero prestado para incorporar en su lugar a socios comprometidos con el resultado del emprendimiento.
La sociedad anónima de acciones al portador debe de ser fomentada como forma de incorporación de capital que habilite llegar a la más alta tecnología el proceso productivo.
Su complemento es un mercado de valores sano, regulado estrictamente. Entonces sí podrán las AFAP, voluntariamente, por su propia decisión libre y estudiando las posibilidades de cada empresa, invertir para mejorar sus réditos que son los del trabajador propietario del capital que estas administran.
¿Qué rol cabe en esta visión al gobierno, al sistema político? Nada más ni nada menos que el de dar certeza jurídica a quienes actúen en el campo productivo.
Queda para otra vez el comentario de este aspecto.