Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

¡Viva el Rey!

Ordenemos la cuestión, puesto que la izquierda en España (como en todo el mundo) ha mareado culturalmente bastante la perdiz, y al final tanto ruido no hace bien al debate. 

Para pensar o hablar con propiedad, hay que saber dónde se está parado. Conocer exactamente la posición, y así pensar sin prejuicios.

La monarquía en España a pesar de ser ancestral, en su concepción contemporánea no cayó “del cielo”.

Tal como hoy la conocemos es producto de la Transición política que tuvo lugar luego de la muerte de Francisco Franco, y condujo a España a ocupar un lugar de privilegio por su capacidad de diálogo y entendimiento entre los diversos actores sociales, lo que determinó el posterior extraordinario desarrollo social y económico, que situó al Reino en los lugares más destacados del planeta en cuanto a oportunidades y calidad de vida.

El mejor producto de dicha Transición fue la Constitución de 1978. Un texto valiente, moderno, solidario, verdaderamente de avanzada, producto de prolíficas negociaciones entre gran cantidad de colectivos y personajes políticos de gran altitud de miras, que determinó la creación de un Estado Social de Derecho fuerte que brinda libertades y garantías a pueblos y personas, reconociendo el “imperio de la ley como expresión de la voluntad popular”.

Dicha Constitución fue aprobada por las Cortes, y ratificada por una mayoría abrumadora del pueblo español el 6 de diciembre de 1978. Es decir, un instrumento jurídico que determina la forma de vida de los españoles, producto de su libre voluntad, y creado de manera procedimentalmente perfecta. La Constitución establece en el numeral 3 de su artículo 1, que “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”, y a partir del artículo 56 regula en su “TÍTULO II, De la Corona”, lo correspondiente a la misma.

Entre otros temas, dice que el Rey es el Jefe del Estado. Juan Carlos I fue piedra fundamental del devenir democrático y la Transición en España, e impulsor de la apertura democrática en varios países, incluida la República Oriental del Uruguay.

Nada de lo anteriormente mencionado, por más obvio que resulte es irrelevante. La Corona de España está bajo ataque. Está siendo asediada por nacionalistas totalitarios que pasan de la Constitución y del imperio de la ley, por los herederos de la banda terrorista ETA, y por la maquiavélica sociedad que todos ellos han conformado con el movimiento político mutante dirigido por Pablo Iglesias, hijo predilecto (y bancado) del eje Caracas - Teherán, que junto a lo más decadente del PSOE hicieron posible la moción de censura al presidente Rajoy, y el encumbramiento de Pedro Sánchez.

Es un simple razonamiento el que hay que hacer: si en España la Monarquía parlamentaria con el Rey a la cabeza como Jefe del Estado es la forma de gobierno que el pueblo por aplastante mayoría se ha dado mediante la ratificación de la Constitución, quienes están en contra de la Monarquía, están en contra de la Constitución.

Y ese es el meollo del asunto, no hay más. O eres constitucionalista, o no lo eres.

Quienes han hostigado a Don Juan Carlos sin respetar su legado democrático, ni su edad, no tienen interés en su persona, ni siquiera en la del Rey Felipe VI. Atacarlos infamemente son peldaños de una escalera estratégica donde buscan un solo objetivo. Cargarse la Transición, la Constitución, la Monarquía parlamentaria, y con todas ellas llevarse puesto el modelo de convivencia vigente para sustituirlo por su ridículo sueño de una república fundada en el socialismo real, y que suelte la mano de los nacionalistas.

La pandemia ha dejado bien claro qué es lo que los desvela. Es aquello del “imperio de la ley como expresión de la voluntad popular”, puesto que la ley (entendida en el marco de la actual Constitución) limita sus caprichos totalitarios.

Esa siniestra línea de pensamiento originada por Rousseau ha cobrado tanta vigencia en la España actual, que estremece. La perdida de libertades, de garantías, de seguridad jurídica, de previsión, que ha padecido España en los últimos tiempos, es una prueba contundente de cómo se pretende una vez más llevar adelante el experimento voluntarista en la Península Ibérica.

Da mucha pena ver como tantos avances, como tanto desarrollo y buen posicionamiento es tirado por la borda por quienes cargados de soberbia se creen ungidos interpretes de la voluntad general. Don Juan Carlos siempre (y a pesar de sus claroscuros, por más que les duela a sus detractores) será el gran artífice de la reconciliación, la democracia, y la paz.

Son momentos duros, tiempos aciagos, pero es responsabilidad de todos los españoles en España y en la diáspora, cuidar la Constitución, y por ende proteger a la Corona. Aunque sea con pequeños gestos. Ser constitucionalista es quizá hoy la mayor obligación de todo español que valore el desarrollo que España ha tenido.

Defender la Constitución está por encima de los partidos políticos. España ha sufrido mucho en el pasado como para ignorar las enseñanzas de la historia. Cuando el bien común está en juego no hay excusas. No es opción hacer la pelota al radicalismo, al populismo, al nacionalismo, así como tampoco a cualquier opción que no se enmarque dentro de las pautas de la Transición.

España dio ejemplo al mundo mostrando un camino de democrática e inclusiva unidad nacional luego de una sangrienta guerra fratricida que dividió al país por décadas. Es momento de dejar resurgir lo mejor de dicha democracia, inspirarse en la Transición y plantar cara al autoritarismo bolivariano. Es tiempo de no bajar la cabeza, es momento de erguirse y decirles alto y fuerte (como se le dijo una vez a ETA): ¿Basta ya!

Viva la Constitución, viva España, y ¡Viva el Rey!

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