Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Verdades como puños

Las sociedades a veces funcionan en forma extraña. De acuerdo al relato que predomine en cada momento histórico de las mismas uno puede llegar a convencerse que la realidad es una, cuando en verdad los hechos fueron o son totalmente lo contrario a lo que parecen.

Y hay que tener mucho cuidado porque la izquierda es muy espabilada en esto de las batallas culturales y sin querer se puede terminar comprando un buzón.

Hay verdades como puños, que son fundamentales para entender la vida misma de la sociedad en la que uno está inmerso, y que sin embargo muchas veces quedan disimuladas o distorsionadas por intereses colectivos o particulares.

Así por ejemplo, desde la revolución francesa en adelante, en algunos sectores medio sosos del pensamiento y la política se hizo fuerte y permeó una suerte de antipatía o resentimiento contra la Iglesia católica, que se ha presentado siempre como epítome del racionalismo, siendo en verdad irracionalidad pura al servicio de intereses de clase de aquella época, y del relativismo voluntarista en la actualidad.

La existencia de una tensión entre la razón creadora de estructuras artificiales y la razón esclarecedora de la ley natural fue y es el foco de conflictos de cualquier sistema político. Pero sin perjuicio de esto, es de mala fe intelectual negar el aporte de los católicos a temas como la abolición de la esclavitud, la importancia indudable del individuo como centro de la cosa pública (frente al Estado prepotente), en mitigar el respeto a los ancestros y los linajes poniendo miras en la creación de futuro, en favorecer elaboraciones jurídicas más justas (los DDHH tal como los conocemos), en generar a partir de la duda (sí, como la del Apóstol) el análisis que no fue más que la previa al método científico que dio lugar a un humanismo que poniendo en su sitio a Dios y al hombre sin conflictos, abonó el camino para la evolución tecnológica que conocemos, y que además facilitó la oportuna separación Estado-Iglesia (que no es un invento de original cuño batllista como se cree en la comarca).

En el terreno de lo jurídico, el descubrimiento más revolucionario de la historia del derecho es aquel que hizo patente “la existencia de normas que no son producto deliberado de ningún legislador”, esto es la ley natural (que no necesariamente debe entenderse con lógica divina), o “aquella tradición que, si bien nunca fue expresamente proclamada, constituyó durante dos mil años el marco para el estudio de los problemas fundamentales”.

Sin embargo, el positivismo jurídico lo ha negado una y otra vez, como un mantra por la sencilla razón de que el imperio de la ley con base iusnaturalista, implica ni más ni menos que la limitación del poder de legislar. Vale más la ley que es anterior a la legislación que la legislación en sí misma, y esto es muy difícil de tragar para el voluntarismo planificador a quien le alcanza con que ley en su proceso de creación cumpla con las formalidades, sin atender al fondo verdadero.

Todo se justifica con tal de regular y meterse en la vida de las personas.

Con foco en lo social, no debe existir afirmación más ridícula (base del socialismo real, por cierto) que aquella que entiende que el Estado representa los intereses comunes de la sociedad solidaria por contraposición al avaro egoísmo de los particulares.

Cualquier análisis somero revela que en una sociedad verdaderamente libre y moderna no hay oposición entre los intereses de los particulares y los del Estado; eso sí, puede haber grandes fricciones cuando este último en vez de abstenerse, y con la excusa de dar felicidad a los ciudadanos, termina complaciendo solo a los que lo gestionan o a su camarilla. Cualquier parecido con nuestro Estado es mera coincidencia…

Pensemos ahora en la legitimidad de algunos comportamientos sindicales. Con acierto y justicia, nuestra Constitución y nuestras leyes consagran la legalidad y la protección de determinadas prácticas sindicales. No de todas, tal como lo hemos visto con el tema de las observaciones de la OIT. Pero: ¿de qué va verdaderamente esto? ¿Trata en serio de la legitimidad de los movimientos obreros para luchar por sus derechos y mantener sus “conquistas” tal como sostienen? No es así.

El tema de fondo aquí es si es legítimo (aclaro que NO lo es) que el Estado se deje arrebatar su más típico atributo, esto es el uso exclusivo de la fuerza. Entre las pocas excepciones a la prohibición del uso de la fuerza a la que estamos sometidos todos los ciudadanos se encuentra la legitima defensa. No hay muchas más salvedades que esta, y sin embargo, sin el amparo de ley alguna, los sindicatos en forma absolutamente ilegal hacen uso y abuso de la fuerza a la vista y paciencia de víctimas (empleados y empleadores) y poderes del Estado que permiten el arrebato.

Fijar salarios o condiciones de trabajo mediante coacción es tan ilegítimo como no pagar las remuneraciones a quienes trabajan. Que me disculpe el Sr. Ministro de Trabajo, pero la cantidad de acuerdos logrados sin injerencia del Estado no quiere decir nada. Cualquiera sabe que muchos de esos acuerdos existen por evitar males mayores. Es decir que el consentimiento está viciado.

Por último, analicemos los valores democráticos de nuestros principales partidos.

Descarto comentar sobre Partido Nacional, dado que hasta con las recientes novedades de nuestra interna hemos demostrado que la democracia no nos es ajena a los blancos, y que la respetamos. Resultados a la vista.

Ahora bien, ¿qué onda con el Frente Amplio? Las instancias de elección de su candidata a la vicepresidencia nos han dejado un sabor amargo. Parece que no solo no existe democracia interna, sino que en su devenir voluntarista ya no entienden siquiera lo que es una verdadera democracia. En su delirio revolucionario aún creen que Cuba es libre, y que en Venezuela no pasa nada. Desconocen el informe Bachelet y miran para otro lado despreciando a una nación que en los momentos más duros nos tendió la mano.

Dicen que van por la huella de Seregni, y la verdad no me caben dudas de que lo hacen.

Siguen en la huella de Seregni, en aquella que dejó en el Filtro abogando por etarras.

A no dudarlo, este año el bien y el mal, definen por penal.

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