Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Sindicatos de acá

Cuando en Ciencia Política estudiamos los grupos de presión y los de interés como eventuales actores del sistema político, damos por entendido que los mismos, por contrario de los actores principales (partidos y sus candidatos) no intentan hacerse con el poder, sino influenciarlo.

Diversas posiciones discuten en que categoría situar a los sindicatos, y algunas esbozan teorías más jugadas en cuanto la actividad sindical se adentra más o menos en la política. Aquí mismo las hemos escuchado.

En los típicos discursos binarios, según desde donde se la mire, la actividad sindical en tanto grupo de presión o interés, suele ser alabada o criticada a ultranza.

La teoría, pero sobre todo la práctica enseña que en la vida de las sociedades libres las cosas nunca son binarias, y que generalmente tienden a ser complejas y por ende requieren razonamientos también más atentos y sensibles.

Para comprenderlas, y para que los diversos actores se entiendan y todo el sistema funcione y se desarrolle, todas las partes (Estado, empleadores, empleados, y sindicatos) deben poner voluntad de dialogo, pero sobre todo reconocer las fortalezas que agrega cada una a la colectividad.

Siempre he sostenido (y me ratifico) que en materia de relaciones de trabajo la política debe quedar afuera, que los actores de las mismas (sin claudicar de sus ideas) deben esforzarse por hacer foco en lo que hace estrictamente a lo laboral y a las normas que marcan las reglas de juego, en acuerdo o desacuerdo con las mismas. Porque de eso tratan las negociaciones en la materia precisamente, de discutir el marco que las partes quieren darse.

Se acerca un nuevo tiempo, y si queremos que Uruguay recupere terreno y se consolide en el ámbito internacional como el país serio que siempre fue (a pesar de todo lo que queda por hacer, enmendar, y mejorar) debemos entender que hay cosas que están mejor de lo que pensamos. Porque las hemos construido así entre todos, y porque hacen a nuestra propia esencia de gente mesurada. A pesar de algunas excepciones.

Los conflictos sociales en Chile nos han abierto los ojos en muchos sentidos. Chile no es lo que parecía. Nosotros tampoco. Desde el punto de vista de las relaciones laborales individuales, dicho país tiene un Código moderno, bastante equilibrado y garantista. Es un mito que el derecho chileno no protege a sus trabajadores. Ahora, es bien cierto que su entramado sindical es débil y desintegrado. Estoy seguro que si Chile hubiera tenido un sindicalismo vigoroso como el nuestro, el mismo habría amortiguado la crisis, canalizando y planteando las demandas sociales en forma legitima y ajustada a derecho.

El Instituto Cuesta Duarte nos alerta de la pérdida de empleos en el ultimo quinquenio, y que la recuperación es el gran desafío para 2020.

El buen talante que han demostrado tener el gobierno electo y los principales dirigentes sindicales abren una puerta a la esperanza.

Como herrerista, nunca creí en aquello de la Suiza de América, pero estoy convencido que en nuestro ADN oriental está bien afianzada la seriedad en las relaciones de trabajo, la institucionalidad, y el amor por la democracia republicana. Todos juntos haremos futuro.

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