Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Rituales de resistencia

El Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de la Universidad de Birmingham, publicó en 1975 una de sus principales obras, Rituales de resistencia.

El Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de la Universidad de Birmingham, publicó en 1975 una de sus principales obras, Rituales de resistencia.

Desde una perspectiva multidisciplinaria, pero con una visión marxista, dicho trabajo es una recopilación de estudios que retratan la sociedad británica de la segunda posguerra. Especialmente el comportamiento de los jóvenes, desentrañando las formas culturales de resistencia contenidas en sus patrones de sociabilidad. Vale la pena leerlo aunque uno no comulgue con el determinismo económico. Algunos estudios tratan sobre No hacer nada, Conciencia de clase y conciencia de generación, El significado cultural del uso de drogas. Todos temas bastante conocidos y sufridos por los orientales…
Al margen de que el foco de los trabajos son los jóvenes, en los mismos se esbozan diferentes conceptos que resultan interesantes de ser pensados mirando a nuestra sociedad, sobretodo, considerando que uno de los temas que subyace es la incapacidad de los políticos conservadores de interpretar la realidad en la que se encuentran inmersos.

Partiendo de esta premisa, me planteo estas cuestiones:

¿Nos gobiernan progresistas, o conservadores?

¿Interpretan nuestros gobernantes la realidad?

¿Existen en Uruguay rituales de resistencia?

Para contestar la primera pregunta resulta válido enumerar cuales son los principales problemas que enfrenta el país, y cual es la reacción del gobierno ante ellos.

El país tiene entonces tres frentes principales de que ocuparse, y donde los gobernantes necesitan entender que se necesita creatividad, visión de futuro, y soltar viejas amarras para avanzar:

1. Educación.

2. Seguridad.

3. Productividad.

Educación y seguridad son temas vinculados, donde el gobierno no mira, no escucha, no quiere entender lo que pasa, no propone soluciones de fondo, y prioriza lo electoral al bien común. Que la fractura social es herencia maldita ya no lo cree nadie, es la consecuencia directa del accionar de las corporaciones sindicales gobernantes sobre la educación, priorizando la seguridad laboral de unos pocos y el emparejamiento ramplón de una enseñanza de mala calidad y a veces hasta tendenciosa, que abre trincheras en la sociedad en lugar de tender puentes a la movilidad. Esto incide directamente en la seguridad. Esta actitud en materia de educación y seguridad es puramente conservadora. Tiende a mantener el orden imperante, su statu quo. De progresista no tiene nada.

No se es progresista por imponer manuales de historia que vindican a determinadas personas por el camino del héroe, ni por imponer una visión ideológica para regular los temas sensibles de la sociedad, ya sea el aborto, el matrimonio igualitario, el consumo de alcohol, de sal, de marihuana, la inclusión financiera, etc.

Se es progresista cuando se garantiza al individuo su libertad, sin cercenar la de otros, algo que aquí no ocurre. No se es progresista por manejar un catálogo ideológico de supuestos derechos y deberes.

Por otra parte, la productividad, ese tema que desvela a algunos sindicalistas, y que es medular para el futuro del país, no parece estar en la agenda de gobierno. Enrique Iglesias remarcaba hace pocos días en la Cámara Española de Comercio Industria y Navegación de Uruguay que el tema del futuro en América Latina es reformar su modelo productivo para ser menos dependiente de las materias primas. Uruguay no dedica a la productividad más que ríos de tinta oficial en programas de gobierno y declaraciones, los que invariablemente terminan secos ante la prepotencia sindical que clama por más salario real en desvirtuados Consejos donde se maneja un abanico tan grande de condiciones subjetivas de trabajo, que la regulación legal de salarios y categorías a veces hasta pasa desapercibida. Y donde la productividad siempre queda de lado, como si ser productivos no fuera una virtud. El país ha ido en los últimos años de expansión económica por un camino de transición dañina como dice Mc Guigan, hemos caminado del “modelo dialéctico de producción-consumo, a una preocupación exclusiva por el consumo”.

Nos hemos olvidado del ahorro. Y esto también ha sido con el visto bueno de gobernantes, incluido Mujica, quien mediante sus diatribas contra el consumo en realidad minó las bases del referido modelo producción -consumo, dejando a la primera fuera de juego. Los países de verdad progresistas, se preocupan por innovar, por producir, y por establecer nuevos modelos de producción más eficientes. Comprometiendo para esto grandes sacrificios. Nuestros conservadores gobernantes prefieren poner la mira en mantener el salario real, sin importar el costo, ya sea económico, social, o de perspectivas futuras. Productividad no reporta votos, salario real sí. A mantener el status quo entonces.

Podemos afirmar entonces que el partido de gobierno al igual que los conservadores británicos de posguerra no interpretan nuestra realidad. No se enteran de la decadente educación, no relacionan la mala educación con la pérdida de valores y la inseguridad, y un par de gritos sindicales hacen que al tan mentado Uruguay Productivo se le pegue el carpetazo en un pispás.

¿Apreciamos en Uruguay rituales de resistencia que se opongan al conservadurismo gubernamental?

Entiendo que sí, y bien variados.

Muchos de los que como consecuencia del asistencialismo voluntarista y la mala educación han quedado fuera del mercado laboral que como todo mercado es individualista y competitivo, prefieren ganar reputación de malos antes que de losers. Así vemos la proliferación de guettos de pobreza y violencia, y de nuevas modalidades delictivas. Ojalá la frustración de estos jóvenes los llevara a convertirse en mods o hippies… quizá no campeara tanta inseguridad.

En el otro extremo, vemos que quienes aún bregan por ser productivos, también encuentran formas de resistir el conservadurismo gubernamental que los encorseta en viejas fórmulas reguladoras. Un gobierno estático, con un mercado laboral regulado por principios de derecho del trabajo distributivos y no protectores, hace necesariamente que los capitales migren o sean más volátiles. Alcanza con ver la cantidad de hectáreas de campo propiedad de uruguayos en Paraguay y Bolivia, para entender que algo pasa. Eso es resistir.

Ojalá el caso Uber sea el progenitor de un nuevo espíritu emprendedor en el Uruguay, un espíritu de resistencia que respetuoso del derecho, aún del no escrito, no se deje avasallar por la prepotencia del voluntarismo dominante.

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