Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Resiste, Madrid

La situación en España preocupa, y mucho. Intentaré hacer una reflexión apartidaria, entre otras razones porque si bien soy fiel militante del Partido Popular español, no mantengo con dicha fuerza una simbiosis vital como sí lo hago con el Partido Nacional.

Por decirlo en forma clara, no imagino mi existencia oriental siendo otra cosa que blanco y herrerista; como español, no vislumbro mi peripecia más que cumpliendo mi juramento de ser defensor de España, de Su Majestad Felipe VI, y de sus sucesores. Por esto digo que la presente no es una arenga partidista. En España, siempre las preferencias electorales deben ir tras aquel movimiento político que tenga como norte la unidad del Reino, el respeto a la Constitución, y la defensa a ultranza del Jefe de Estado, el Rey.

En las últimas décadas, a grandes rasgos ese panorama se definía, sin contar a los jugadores menores, entre el Partido Popular, y el Partido Socialista Obrero Español. Hoy la situación ha cambiado y para mal. Asistimos al deterioro que sufre la democracia en España de la mano del gobierno socialcomunista que asociado con bildu etarras y golpistas catalanes intentan cargarse las instituciones fruto de la brillante transición a la democracia que encabezada por Juan Carlos I puso a España en el podio de las naciones más desarrolladas.

El PSOE, devenido en una máquina de acumular poder a cualquier precio, no cesa en sus embates voluntaristas contra la mejor obra de la política española de los últimos doscientos años, ni le tiembla el pulso al buscar apoyo en los terroristas que hasta hace muy poco diezmaban a sus miembros, y a todo Cristo que se opusiera a los objetivos de su violento accionar. La memoria y la dignidad han sido desplazadas por una ambición tan grande, que solo se dedica a machacar cansinamente con una memoria histórica parcializada, caduca y únicamente afín al relato que pretenden construir.

Así las cosas España atraviesa una de las crisis más graves con las que se ha encontrado. Un problema con varios frentes. El gobierno no da pie en bola en el manejo de la pandemia, y como si fuera poco, falsea los principales datos. Utiliza la emergencia sanitaria para retacear libertades a golpe de estados de alarma, que más allá de las razones médicas se presentan como claros movimientos de control social. La economía se desploma a un ritmo argentino, y las reacciones que emanan del gobierno no son más que los reflejos típicos del síndrome bolivariano: más impuestos y más imposiciones al sector empresarial. Cuando es patente, que sin sector privado no hay sector público, y que al Estado lo bancan los particulares, y nadie más.

Y toda la impericia del gobierno puesta en un vergonzante pedido de ayuda a Europa para financiar seguros de desempleo y el auxilio a los autónomos. Atenta contra la tradición y la cultura de la nación española mediante la denominada ley Celaá, con la que ataca a la lengua madre pretendiendo quitarle sus condiciones de lengua común, universal, y vehicular de la educación.

Eliminar el castellano de la enseñanza es una conquista más del independentismo chantajista mediante el que se sostiene el gobierno, que los partidos constitucionalistas (entre los que ya no se puede contar al PSOE) no pueden tolerar. Como sostiene un grupo de escritores que se oponen a este dislate: “La Ley Celaá es un insólito ataque a nuestra lengua común que no debe ser interpretado como algo anecdótico, sino como una obra de ingeniería social, muy grata a todos los regímenes totalitarios, empeñados en experimentos de esa índole”. Nada más revelador de las circunstancias dramáticas que se viven.

En este panorama de avasallamiento de las libertades -como es usual- con el cuento de mayor justicia social, que siempre es el argumento de venta de los socialistas, brillan por su lucha personal Pablo Casado, José Luis Martínez Almeida, Cayetana Álvarez de Toledo, Jaime de Olano, Ana Vázquez Blanco, Carlos Iturgaiz, Bea Fanjul, y mi amigo Carlos García (en el duro País Vasco), Cuca Gamarra (formidable alcaldesa de Logroño), Conrado Escobar, y Carlos Cuevas (que dan también batalla desde La Rioja, tierra de tantos afectos), y destacan principalmente dos territorios que son oasis de libertad y cordura política en la península Ibérica. Galicia, cuándo no, centrada, seria, con un gobierno responsable que gestiona la crisis provocada por el Covid con mano firme, pero sin pisotear derechos, y cuyo experiente presidente Alberto Núñez Feijóo sigue la antigua tradición de aplomo de los grandes gallegos como Manuel Fraga, y por otro lado la Comunidad de Madrid guiada por Isabel Díaz Ayuso.

Al frente de la capital del Reino se ha vuelto un paradigma de resistencia a los embates de un gobierno central que se mueve al compás de sus titiriteros anti España. Ha plantado cara ante la justicia cuando se propuso instaurar un injustificable estado de alarma en la Comunidad de Madrid, obteniendo una victoria procesal en la que el Tribunal Superior de Justicia rechazó ratificar las restricciones aprobadas por el Gobierno como consecuencia de la pandemia, por entender que las mismas vulneraban derechos fundamentales.

Y como si esto fuera poco, en un valiente acto de reconocimiento al principal artífice de la democracia española que tan vapuleada está, dijo hace pocos días: “El Rey Don Juan Carlos ha sido un gran embajador de España. Reinó los años más prósperos y libres de nuestro país. El problema para algunos hoy es la Monarquía, que como la Constitución o Madrid, representan la unidad de todos los españoles. Lo que más odian”.

Desde la diáspora poco más que escribir unas líneas de reconocimiento y apoyo a quienes tanto hacen por mantener vigente la España que mucho costó construir es lo que podemos hacer, por ahora. Desde ultramar estamos atentos para defender la Constitución y la Corona. Desde fuera todos admiramos y seguimos de cerca el ejemplo de lucha que nos da la capital. ¡Resiste, Madrid!

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