Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

No quiere decir nada

La vida esta plagada de situaciones en las que una actitud que supuestamente no quiere decir nada dice todo lo contrario, o anima precisamente a lo opuesto a lo que "nada" significa, es decir revela las verdaderas intenciones de las personas. Las naturales.

Diciembre es a mi juicio el mes que simboliza más la ceguera que ha tenido este país a lo largo de su historia. Negando lo evidente: por ejemplo entre otras cosas, que somos un país laico pero no ajeno a Dios.

Es la época del año donde el espíritu voluntarista yorugua demuestra su máxima expresión, haciendo gala de todo lo que pudo dar en su incansable lucha por modificar la verdad natural a golpe de leyes positivas en una cruzada (valga la denominación por oposición) en la que como ovejas que marchan inconscientes al matadero cayeron y caen soldados de todos los bandos por temor a desmarcarse de lo que le podría gustar a la hinchada.

Conviven en estos últimos 31 días del año el "día de las playas" y el "día de la familia", resabios del jacobinismo progre imperante a principios del siglo XX, cuando las fiestas de la Inmaculada y la Navidad, fueron rebautizadas para colarlas dentro de lo que algunos consideraban políticamente correcto en aquella época de oportuno divorcio entre la Iglesia y el Estado.

Pero no quiere decir nada. Veamos.

La fiesta de la Inmaculada Concepción de María, no perdió su significado ni trascendencia teológica porque unos iluminados orientales por ley rindieran homenaje a las playas en su día; todo lo contrario, María, muy a pesar de ellos continúa tan "llena de gracia" como siempre, incluso iluminando cada vez más este rincón del fin del mundo donde una vez cada tanto arbitrariamente algunos la ningunean porque sí. Muchos se han vuelto y se vuelven cada día hacia ella en este Uruguay del siglo XXI, como muestra tangible de que la negación laicista excluyente y censuradora, no puede con lo natural. Todos en algún momento acudimos a ella, y sino, ella igual mira por todos nosotros.

El día de la familia, nunca dejó de ser Navidad, y hasta el más dormido sabe en el fondo de su corazón que ese día, lo que se conmemora no es que en una de esas llegará Papá Noel con regalos, sino el nacimiento de Jesús. Ni los herederos de aquellos jacobinos denominan a esta fiesta por su nombre de derecho positivo, lo hacen por el natural; mirarán de reojo a los que van a misa, pero saben bien, que mientras comen turrón y toman sidra festejan la Navidad.

Otra "nada" cargada de un significado contrario, pero llena de amor por el otro en diferente manifestación.

Es precisamente por esto de que las apariencias creadas en forma artificial no quieren decir nada, que como sociedad deberíamos reflexionar. Y darnos cuenta que las construcciones colectivas se hacen incorporando lo positivo del diferente abierto al diálogo. Que hay tradiciones y valores que se suman. Es por esto que lo que nos quieren hacer parecer que "es" o "debe ser", no es ni debe ser.

El relativismo que a la fuerza deja los valores fundamentales librados a la oferta y la demanda de los hombres según las circunstancias de cada uno, de la época, y del entorno, abriendo el juego al vale todo, es la peor de las elecciones que una sociedad verdaderamente libre puede hacer para autorregularse.

En la esfera de la libertad individual hay márgenes para que cada quien haga lo que le parezca de acuerdo a su conciencia, siempre que no perjudique a otros. Ahí los límites son de cada uno. Pero cuando la cosa es colectiva, los límites deben ser consensuados, y nunca relativos, porque se trata precisamente de un sistema de convivencia.

Todos coincidimos en que hay parámetros morales que permanecen inmutables en el tiempo, que son inconmovibles. Y que hay que cuidarlos.

Quien no se conmueve por el padecimiento ajeno, por la inocencia de los niños, o la debilidad de los ancianos, simplemente no es normal. Por esto debemos poner el foco en hacer a nuestros ciudadanos responsables, productivos, solidarios, comprometidos con el futuro, conocedores de derechos y sabedores de que enfrentarán responsabilidades. Seres humanos plenos en todos sus aspectos. Dignos, tal como fueron concebidos, iguales, ni marginales económicos, ni marginales sociales.

Para esto necesitamos humildad y decisión para actuar contra lo que esta mal. Firmeza para evitar los dislates dialécticos inconducentes que aburren de parte de algunos hombres de un gobierno derrotado, prepotente, y sin rumbo, que solo busca producir lo que C.S. Lewis denominaba "Hombres sin Corazón". Generados por individuos que se autoimponen en el lugar de intelectuales, para tener la facultad de decir que quien los contradice, embate contra la inteligencia, o contra lo políticamente correcto. Se acabó su tiempo, es hora de que dejen el pedestal. Ya nadie les cree. Han fracasado una vez más. Como en tantos otros lugares tantas veces.

Decía Lewis: "Es difícil abrir un periódico sin que te venga a la mente la idea de que lo que nuestra civilización necesita es más empuje, o dinamismo, o autosacrificio, o creatividad. Con una especie de terrible simplicidad extirpamos el órgano y exigimos la función. Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que sean fecundos".

Por esto no me parece mal ir poniendo punto final a la era de la relatividad en la que hemos vivido los últimos años. Una era siniestra en la que una multinacional goza de beneficios que no tienen el resto de los orientales, una era de impunidad donde la ética parece ser un valor accesorio, una era donde lo político vale más que lo jurídico, una era donde para algunos el bien y el mal se mezclan como algo difuso, y no como valores absolutos y antagónicos donde las posiciones deberían estar claras.

Se acaba el tiempo de esta realidad virtual a la que nos han sometido desdibujando artificialmente lo natural de forma, que a veces, hasta podemos haber creído no estar aquí. Creído vivir levitando en una realidad paralela, ajena al mundo del siglo XXI.

En este diciembre, tengamos fe en los hombres con corazón, que no se ríen del honor y que están dando batalla, y confiemos en su virtud e iniciativa.

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