Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Ni prudentes, ni cautelosos

Desilusión, y nerviosismo ante la falta de rumbo en mitad de la tormenta, esto es lo que nos deja la reciente decisión del gobierno de cambiar las pautas salariales a instancias del Pit- Cnt.

Desilusión, y nerviosismo ante la falta de rumbo en mitad de la tormenta, esto es lo que nos deja la reciente decisión del gobierno de cambiar las pautas salariales a instancias del Pit- Cnt.

Hace unos días, analizando la cuestión decía que la misma tenía dos aristas que conectaban con la desmedida plataforma de la central (que a la hora del último paro, entre otros temas no distinguía eventuales consecuencias entre empleados y funcionarios públicos).

Una era la posición del Presidente y la otra la del Ministro de Trabajo.

La posición del Presidente ante el contexto económico del país, cuando se inclinaba por mantener las pautas salariales era sin lugar a dudas la más acertada. Mostraba mesura, no cambiaba las reglas de juego, y daba una buena señal otorgando certeza al deprimido mercado laboral.

Por otra parte, la posición del Ministro de Trabajo era comprensible, aunque no se la compartiera. Su actitud de silencio ante la respuesta del presidente en el Consejo de Ministros fue una potente señal, más fuerte aún de lo que interpretamos en ese momento. El ministro estaba en el centro de la tormenta, y vaya si salió airoso de la misma: ¡se nos vienen las nuevas pautas!

Esto importa y mucho, pero lo que más importa es la lectura que podemos hacer de toda esta telenovela, de lo que todo esto nos revela más allá de los juegos de poder en la interna del partido de gobierno y su satélite sindical.

Así como el país sufre grandes carencias en materia de educación, salud, y seguridad, también sufre grandes carencias en materia de relaciones laborales.

Son escasos los trabajos de calidad, y también son escasos los trabajadores calificados. Todo esto consecuencia de una impronta cultural batllista cuyo testigo tomó y sostiene en alto el Frente Amplio, donde la gente aún se prepara y anhela el trabajo público, eterno, sin inseguridades. Pero sin perjuicio de esto, estas carencias están basadas en el pilar que sustenta nuestras relaciones de trabajo: el derecho laboral.

Tenemos un derecho laboral que tanto en lo individual como en lo colectivo cada vez más se ha ido alejando del sentido vertebral de todo sistema jurídico: la justicia entre las partes.

Ha ido derivando de lo protector hacia lo redistributivo al calor de variadas ideologías bancadas por todos los partidos, y en su errático rumbo de doble imposición ha logrado de a poco sembrar y ver florecer el verso de que la democracia es un sistema político concebido para brindar seguridad económica en lugar de garantías individuales.

Así lo vemos tanto en la teoría (leyendo a Plá & Co.) como en la práctica (dándole para arriba a las pautas salariales). El sistema jurídico laboral trabaja forzado por el voluntarismo que lo corroe, no da más; y la prueba de esto es la máxima popular que reza que ante un problema laboral siempre es mejor buscar la transacción.

¿Por qué es así?

Básicamente, porque con el afán de redistribuir por esta vía se cuecen en la misma olla los viejos y caducos principios del derecho laboral, principios generales del derecho, derechos constitucionales, las recomendaciones de los organismos internacionales ajenas a nuestra realidad y a nuestra idiosincrasia que a veces se nos cuelan por la ventana, y los intereses político-sindicales, todo en un combo fatal que termina minando las reglas necesarias para la generación de empleos de calidad.

Traducción: los que generan empleo se vuelan a países donde se los trata mejor, donde hay más certeza jurídica. Certeza con seriedad y protección con el foco en la persona. Y no me refiero a China y su capitalismo salvaje, ciego ante el padecimiento humano y ajeno al derecho laboral, me refiero a vecinos muy cercanos. Esta inseguridad en la aplicación del derecho afecta a todos los actores, con grandes riesgos para el “rule of law” o imperio de la ley, es decir para la base de nuestro sistema jurídico y convivencia.

El imperio de la ley se ve distorsionado por la valoración que se hace fundamentalmente de los principios laborales, en virtud de las diferentes visiones de la justicia, las que obviamente son personales, y que terminan afectando la propia norma en cuanto esta se desdibuja con la subjetividad de cada decisión de cada actor, en cada momento de la relación laboral, exista o no conflicto.

Y esto no puede ser, dado que es así por pura ideología, y las ideologías son terribles cuando contaminan el derecho. Han sido muchos los regímenes que legitimaron su sistema laboral (en los dichos, no en los hechos) mediante los principios como el in dubio pro operario, el de la irrenunciabilidad, o el de la norma más beneficiosa… muchas veces, las más, abusando de la originaria nobleza intrínseca de los mismos.

No podemos permitir que esto nos pase.

Los principios de derecho propiamente dichos, como los obsoletos principios del derecho laboral que aún nos rigen (y que deben ser reformulados), en un sistema republicano como el nuestro, no pueden ser jamás una directriz de índole “clasista” que afecte o determine la suerte aunque sea económica, de los que no integran esa clase. Esto es lo que algunos pretenden.

No es así en una democracia, dado que esta debe otorgar garantías a todas las personas, sin distinción de clase como es ley fundamental.

Los principios informan para dar justicia entre individuos, no para hacer compensaciones entre clases.

En materia de derecho laboral se debe buscar ese ideal de justicia, de protección de las personas, de su dignidad, pero nunca de redistribución o de equiparación social.

Para ello existen otros mecanismos, ¡y vaya si aquí funcionan! Es por esto que el ideal de justicia que contienen los principios y que trata de ser reflejado en la norma, no puede ser evaluado en términos de “conquista” social, en cuanto una conquista siempre determina un conquistador y un conquistado, un vencedor y un vencido.

Si esto se pondera de esa forma sin duda se resiente la calidad de nuestra democracia, la debilita, la daña de la peor manera como el óxido que corroe un casco, lentamente. Esto es lo que está haciendo la central con la connivencia de algunos en el partido de gobierno, debilitando nuestro sistema democrático aun inspirados en la lucha de clases.

Gobiernan hace unos cuantos años, ya sería hora que maduren y se enteren que todo eso ya fue, el tren de la revolución lo perdieron en los sesenta y no pasa otra vez, ya no existen las vías por las que carreteaba.

Así es que deberían ser más cuidadosos.

El aumento “prudente y cauteloso” de las pautas salariales en “beneficio de los trabajadores” puede terminar precisamente en lo contrario, generando mucho daño.

No es agitar fantasmas avizorar que la consecuencia de esto puede ser más paro, es ser realista.

El mercado se ajusta, por un lado, o por otro.

Los muros tarde o temprano siempre caen porque al desconocer al hombre tal cual es, sus cimientos son bien flojos. Al final del día, la libertad siempre prevalece.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)