Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Pobre arte

La verdad, estoy un poco harto de Gramsci y sus discípulos yogures. Lo arruinan todo, no dejan nada librado a la sorpresa y a la creatividad. Literalmente.

No sé si fue el tema de los auto convocados (que en mi opinión se quedaron cortos en el pataleo contra el Estado), la (s) variada (s) y mutante (s) respuesta (s) del gobierno, o el contra acto del Frente Amplio, pero ver tanta mezquindad e ideologización de la vida en general me cansó.

Dispuesto a desenchufarme de la política por unos días, buscando ahondar conocimientos en otras áreas, acepté una invitación a una charla sobre arte.

Y ahí mismo, sentado en una incómoda silla de plástico en un ámbito público que hasta huele a Estado (si, existe esa fragancia) en medio del sopor veraniego, con infantil ilusión me dispuse a deleitarme con una ilustrada exposición sobre el arte contemporáneo oriental, cuando sin previo aviso el viejo Antonio Gramsci, me pegó un par de hostias y me dejó tarado. Casi no había comenzado la disertación, cuando ya, así sin anestesia me habló de dictadura, razzias, caceroleos, y de cómo nada cambió en este país en casi cuarenta años; sí, en ese preciso instante el alma se me fue al piso. La pobre no bancó tanta uruguayez condensada en tan poco tiempo y espacio.

A veces parece que este país no tiene salvación.

Será que los que acarreamos ADN ibérico estamos predestinados a ver la vida con sentido trágico, pero resulta deprimente constatar como nuestra cortedad de miras nos hace ver todo en clave política, y como sufrimos de ceguera global.

Quería escuchar una charla sobre arte, que me explicaran algo nuevo, que me dijeran que tal o cual artista es vanguardia, que me contaran para donde van las cosas en el mundillo estético local y mundial. Pero no, en lugar de eso, otra vez a bancarse la versión oficial y maniquea de la dictadura.

¡Que pesadilla! Y que aburrimiento.

Entiendo que no es responsabilidad del artista, pues es legítimo que se exprese como le venga en gana, tiene todo el derecho del mundo, y creo que es una sincera manifestación la de su obra, además de ser buena (si de algo vale mi juicio); pero la responsabilidad sí es de los operadores de Gramsci. Donde quiera que se encuentren.

Han contaminado todo, a tal punto y con tanta intensidad, que le han quitado emoción hasta a los procesos creativos. Los volvieron grises y chatos como sus ideas.

Da pena que en muchos libros, canciones, obras de teatro, obras plásticas, sea casi cantado que en algún momento encontraremos la tragedia dictatorial, como si esta fuera el génesis de una generación de orientales.

Y no es que me moleste la lata anti dictatorial pero, aquello fue una macana horrible, se sabe, pero ya fue. Lo más triste es que ese episodio funesto sea el leit motiv de casi todo, el principal hito histórico que sea digno de ser causa de la inspiración creativa, como si nuestra vida nacional se remitiera únicamente a eso.

Deberíamos, por respeto a nosotros mismos dar vuelta la página, y pensar que los orientales todos, aquel 1 de marzo de 1985 matamos al silencio que nos oprimía, de una vez y para siempre. Aquel día murió el silencio en Uruguay. Esto, y no la dictadura debería ser la inspiración. Sería mucho más digno que nos motiven nuestros logros que nuestros fracasos.

Alguien comentó ahí mismo, creo que sin reparar en la profundidad de sus palabras (como tampoco lo hicieron los gramscianos, o si lo hicieron miraron para el costado, como enseñó Dylan que hacen), que el arte busca la creación de un mundo, un universo con reglas no explícitas, que crean incomodidad e incertidumbre donde todo parece resuelto. Y resaltó lo importante del arte en cuanto vehículo para generar cuestionamientos formales, sin dar trascendencia al rollo de la historia.

En cuatro líneas sintetizó la vida humana en sociedad, y su representación artística.

En esta patética realidad nominalmente inclusiva pero verdaderamente estúpida y ruin donde tenemos que vivir bancando que nos toqueteen hasta el lenguaje (que es de todas y todos, recuerden por favor), que alguien ajeno a la política revele en público que el arte como representación natural de lo humano debe generar cuestionamientos formales, dejar de lado la historia, y crear incertidumbre donde todo luce resuelto, es verdaderamente esperanzador. ¿No aprendimos acaso precisamente eso con los dibujos de Altamira? De esto precisamente trata la libertad del hombre, esa libertad imperfecta de la que goza desde la Creación.

Cosas raras del Uruguay, ¿no?. Por un lado te aplasta y asfixia hasta hacerte creer que todo está perdido, y justo en el momento en que así parece, te muestra la luz al final del túnel.

Una bocanada de aire fresco, un salvavidas en la tormenta, que te da la ilusión necesaria para seguir tirando pa delante esperando que los tiempos cambien.

Que ayuda a no perder de vista que este país no fue construido por gente gris mirándose el ombligo como hoy parece que somos todos, sino por gente de todos los orígenes que sabía subirse la vara cada día más. Protagonistas que no se contentaban con un segundo plano y se exigían buscando la excelencia. ¿O acaso no fue eso lo que hicieron Torres García, Dieste, Vaz Ferreira, o Emir Rodríguez Monegal? Ellos no se amedrentaron. No se marearon con ideologías. Pensaron y creyeron en ideas. No jugaron al achique. Fueron originales. Y en un mundo no globalizado, no conectado, y mucho más lejano y difícil, brillaron internacionalmente con luz propia.

¿Qué nos frena hoy? Nada. Absolutamente nada. Todo lo contrario. La mediocridad que campea por todos lados como consecuencia del discurso materialmente igualador imperante y metido a prepo oficia en muchos ámbitos, por contrario, como disparador de una creatividad inusitada que ante el anquilosamiento nacional busca con éxito merecido horizontes más allá.

Esto es buenísimo, y jodido a la vez.

Mientras tanto los que van al timón o no lo ven, o no les importa, porque esto al final los favorece. Siguen jugando a Gramsci, pero hoy solo lo hacen con los más débiles. Una ética a prueba de balas. Los otros zafan gracias a la globalización y a Darwin.

Mientras unos vuelan, y vuelan alto, algunos no se enteran, y ni siquiera carretean.

Pobre arte, pobre Uruguay.

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