Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Perdiendo el miedo

Hace días, tomando un café con un amigo periodista le pregunté cómo elegía los asuntos sobre los que escribir. Me dio una respuesta simple: en este país alcanza con salir a la calle y los temas fundamentales se te caen arriba, basta con estar atento y decodificarlos, dijo. Y me dejó pensando.

Hace días, tomando un café con un amigo periodista le pregunté cómo elegía los asuntos sobre los que escribir. Me dio una respuesta simple: en este país alcanza con salir a la calle y los temas fundamentales se te caen arriba, basta con estar atento y decodificarlos, dijo. Y me dejó pensando.

Es verdad, como habitantes de este país (no sé siquiera si aún somos nación dado lo fracturada que esta nuestra sociedad) nos la pasamos anhelando lo que vendrá, un futuro promisorio que nunca llega, y por el que poco hacemos. A veces lo que queremos nos resulta lejano. ¿Pero qué hacemos por alcanzarlo? ¿De que sirve analizar nuestro modelo si su decadencia y obsolescencia son obvias? Cuando las cosas no funcionan, no funcionan, y de nada sirve aferrarse a antiguas recetas ideológicas.

Por nuestra generación, y por la que vendrá hay que cambiar, y hay que hacerlo ya. Pero tomar esa decisión no es changa. Hay que cortar con lo políticamente correcto y decir las cosas como son, y hacer lo que hay que hacer. Todo tiene precio, y años de progresismo batllista-frenteamplista, nos han acostumbrado a patearla pa’delante haciendo de cuenta que podemos zafar de los costos del cambio, y contentando al mundo entero. Puro verso. O pagamos el precio de cambiar, y atendemos los problemas fundamentales, o nos quedamos fondeados en el mismo lugar viendo cómo el barco hace agua. Y si es así, a apañarse con lo que toque y a llorar al cuartito.

Alcanza con salir a la calle y observar:

Observación N° 1: asunto Sendic. Telenovela larga (con costosa producción, eso sí), aburrida, y de final abierto a nuevas contingencias por ahora. Actores varios, donde pesan más los de detrás de cámara que los principales, que ha tomado ribetes por momentos tragicómicos, pero que denota algo verdaderamente malo: se sigue poniendo el foco en lo accesorio (la mediatización del caso, los dimes y diretes de los actores), y no en lo principal. El VP tiene un dilema ético que resolver, y todo lo demás es cuento chino. Tanto da lo que diga el tribunal del FA, o quien sea, lo que nos interesa a los orientales es la conciencia de Sendic, lo que esta sienta y le indique, y cómo lo valoremos. ¿Honrará la dignidad de su investidura o preferirá atornillarse a ella? Es su última chance de acertar. Y es la última oportunidad que tenemos de espabilar y darnos cuenta que detrás del tema Sendic, hay algo muy serio, está en juego un valor vital del sistema político y de la democracia: la ética.

Observación N° 2: obligación financiera y otros. ¡Es la libertad la que está en juego! Ni más ni menos. Ya cansa escuchar a tantos defensores acérrimos de la ley de inclusión financiera dando explicaciones simples y populistas de la misma. Difunden su verdad cual apóstoles de la solidaridad, la inclusión, y la participación, cuando en verdad solo rinden pleitesía a las corporaciones, a la OCDE, y a su sacrosanta voluntad de entrometerse en la vida privada de las personas. Poco importa que nos hagan meter nuestro dinero en un banco por el dinero en si mismo, importa sí porque nos obligan (y no deberíamos tolerarlo como corderos), y lo hacen dentro de un sistema esquizófrenico de control que nos impone esto, nos quita la sal de las mesas, pero nos dice que tenemos que tener la mente abierta a la marihuana, a las ocupaciones, y a la ideología de género. Que no es lo mismo claro está, que respetar la libertad de género, que eso sí es de la esfera privada de cada individuo, y en lo que nadie, nadie, debería entrometerse, como con el dinero que cada quien se gana decentemente. Por eso digo: ojo que a puro cuento inclusivo se cargan lo poco que nos queda de libertad, y hasta la de género.

Observación N° 3: los actores políticos.

Asistimos a un circo montado por el FA y su satélite sindical (como no es claro quién orbita alrededor de quién, quizá esté incurriendo en un error astronómico al hacer esta afirmación) donde la campaña electoral parece haberse adelantado. En el FA la interna está que arde y todos toman posiciones de largada a codazo limpio, mientras el MPP juega sus cartas para intentar someter al país a un lustro más de decadencia, amiguismo, y deterioro. El Partido de la Gente, promete gestión y más gestión, como si gobernar se tratara de llevar una contabilidad. El Partido Colorado intenta desesperadamente hacerse necesario a para justificar su existencia, apelando a los viejos valores batllistas como si estos fueran garantía de algo... de aquellas aguas batllistas, estos lodos frentistas…

¿Qué nos queda? Los que haciendo gala de sentido institucional y respeto por el Estado de Derecho no se han metido en ese baile. Y ahí vemos organización, equipo, estudio, seriedad, renovación y muchas ganas de hacer las cosas bien en el Partido Nacional, sentido común en el Partido Independiente, y la esperanza de que adeptos sin prejuicios de todos los partidos con principios democráticos sólidos, indecisos, y votantes en blanco entiendan que hay que apoyarlos en su rol de contralor ahora, ya, y que nos irá la vida en la próxima elección.

Ya no es un tema de ideologías apoyar y elegir bien a los actores políticos serios, es un tema de supervivencia y de futuro. No hay que dormirse.

Observación N° 4: perdiendo el miedo. Si a la devaluación ética, al peligro en que está la libertad, y a la necesidad de apoyar y elegir bien a los políticos, le agregamos la educación tercermundista de nuestros niños, la inseguridad que campea de la rambla para arriba, y la ¿incomprensible?, cuestión bolivariana, ¿qué nos queda?

Queda algo buenísimo. Los orientales están perdiendo el miedo. Luego de tres lustros de prepotencia del FA, la gente empieza a expresarse, a quejarse. Y cada vez levanta más la voz. Se oye en la calle. Lo que era políticamente incorrecto (criticar los disparates impuestos por el FA a pura ley), comienza a mutar en una actitud de rebeldía popular.

Uruguay se apresta a dar por finalizado el proceso de dominación voluntarista al que ha sido sometido, a darse cuenta que la ley está antes que la legislación, y a sacudirse sin complejos el síndrome de Estocolmo que padece.

No todo ha sido malo, pero tampoco tan bueno como para seguir bancando.

Es hora de ir poniendo punto final.

Lo mejor está por venir.

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