Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Mala leche

En los casi veinte años que llevo ejerciendo el derecho laboral siempre creí que entender las relaciones de trabajo en función de la lucha de clases no es bueno para nadie, y menos aún asistiendo a la cuarta revolución industrial que va en clave colaborativa.

Este concepto, que en forma simplista pone como enfrentados a los propietarios de los medios de producción (sin distinciones de tamaño o poder económico) con los trabajadores, carece de lógica empresarial con sentido incluyente de todas las partes.

El bien y el mal, la solidaridad y el abuso, el respeto y la avivada, el apego al trabajo y el desgano o la vagancia, son conceptos que atraviesan la sociedad en forma vertical y horizontal. Los virtuosos no están en un solo grupo, y tampoco los torcidos. Hay de todo, en todos lados. Arriba, abajo, y por los costados. Por eso resulta erróneo analizar temas co-mo la problemática actual del sector lácteo con base en ese razonamiento binario, que es tan antiguo como ineficientemente marxista.

¿Cómo decodificamos entonces el enfrentamiento entre productores y sindicato?

Lo primero que salta a la vista es la actitud de un colectivo que no ve otra forma de relacionarse con el mundo que no sea mediante el conflicto. Parece que no se enteran que la sociedad ya está harta de esta cultura, y que hoy eso ya fue, que metiendo la pesada podrán ganar en lo inmediato, pero no convencer a largo plazo, y que quien gana de esa forma, en realidad, al final pierde. El consenso en el mundo es que debe primar la cultura de la colaboración. Hay que ponerse al día.

En segundo lugar, es evidente la incoherencia para con sus pares de quienes dicen ser paladines de la solidaridad de clase, y que sentados en la comodidad de sus fueros y de la espalda de su empresa, se cargan sin dudarlo a la sanducera hermana menor que tambalea endeudada gracias a las incumplidas promesas gubernamentales de un paraíso venezolano que no fue. Todo bancado por el BROU (y por el país entero), como es de rigor y costumbre.

Lo tercero, es la irresponsable falta de sensibilidad para con el prójimo; sí, así de claro. Porque tomar de rehenes a los sacrificados productores, es simplemente eso, no caben eufemismos, ni palabras bonitas. Han puesto a los productores como víctimas de sus ambiciones y actitudes desmedidas e injustificadas, y eso es una forma de violencia y de represión, sin duda alguna. Que no lo decoren de libertad sindical, porque no es así.

En cuarto lugar, resulta evidente que todo ha llegado hasta aquí como resultado de que han gozado de una impunidad que ha dejado sin consecuencias decenas de desbordes, y que ha incentivado abusos que no deberían haber sido tolerados sin sanción de ninguna manera. Fundamentalmente por las autoridades competentes, que se deben a ambas partes de la relación laboral, y no a una de ellas. Lo que ha bancado Conaprole no tiene nombre.

Todo esto provocó un crudo y ruidoso sinceramiento público de una relación que desde hace años se venía desgastando. Dejó al desnudo las actitudes totalitarias de un pequeño conglomerado que solo sabe medirse por la fuerza; y la acción tuvo reacción como era de esperarse, porque hasta el más manso se cansa de que lo pisoteen. Y fue así como los productores se pusieron de pie, y bien plantados.

La pérdida de valores que corroe a nuestra sociedad la afecta en los rincones más insospechados. Un día nos sorprende la inseguridad, otro la falta de atención a los más débiles, hoy vemos cómo los códigos básicos de las relaciones laborales (mantener viable a la empresa y las fuentes de trabajo) se desmoronan ante una moribunda ideología que en sus últimos estertores no deja de tirar tarascones sin medir consecuencias.

Con las cosas claras, estamos en condiciones entonces de preguntarnos: ¿qué les pasa a los productores? ¿Por qué se pone así Conaprole? ¿Por qué es tan vital la solicitada cláusula de paz que provoca todo este zafarrancho?

Es sencillo. Si una empresa denuncia decenas de veces ante la autoridad los abusos que la acosan, si a pesar de esto un gobierno cargado de ideología (de clase, recordemos) mira para el costado, y ahí donde debía primar el derecho campea la impunidad, si los plazos se vienen encima y con ellos las obligaciones y quienes deben velar por el imperio de la ley se hacen los zonzos dejando pastar (cuando no los apoyan) a los intransigentes, se despierta el más humano de los sentimientos: la indignación. Aquel enfado que se siente ante un acto injusto.

Años de tolerancia, de soportar pérdidas injustificadas, de tragarse sapos concediendo lo que no se merecía, y de bancar varias injusticias, todo para cumplir con clientes, proveedores, productores, y empleados, manteniendo una calidad reconocida dentro y fuera de fronteras, han llevado a Conaprole a decir: BASTA.

Y este BASTA, dicho con serenidad y firmeza ha descolocado al gobierno y al sindicato, que una vez más no saben para dónde agarrar. No están acostumbrados a que la respuesta sea NO.

Diciendo BASTA, Conaprole ha cambiado la frecuencia del diálogo por una más digna, una propia de quien tiene el poder de dirección de la empresa y la potestad disciplinaria, una que reconociendo los consagrados derechos de los trabajadores de buena voluntad no cede a los abusos de poder de quienes se sirven de las relaciones de trabajo con otros fines.

Por esto la cláusula de paz que se requiere es vital para el futuro de la empresa, pero también es fundamental para abrir un nuevo horizonte a las relaciones laborales en Uruguay.

La definición de este problema, va más allá de las propias partes implicadas. Lo que suceda con esto puede llegar a abrir un tiempo nuevo. Ya es hora de abandonar el conflicto co-mo medio, y de tender puentes, abrazar el diálogo, y encarar con buena fe el porvenir.

Tiempo de pensar en no generar más daños, de que no se pierdan más jornales, en que las partes puedan otorgarse un voto de confianza, de buscar el camino del diálogo y la colaboración, de recomponer de una vez por todas un necesario consenso, y de resolver en forma bipartita algo que solo a ellas les atañe.

Que a fin de cuentas una vez más nos queda claro: este gobierno no es la solución a nuestros problemas, el gobierno es el problema.

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