Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

La hora de los Blancos

  

El clima y las circunstancias en que se dio el triunfo de Pedro Sánchez en las elecciones nacionales, y la muerte del histórico dirigente del PSOE Alfredo Pérez Rubalcaba han abierto en forma inesperada en España un ámbito de reflexión sobre el valor de la política tradicional y las características de la llamada “nueva política”.

Básicamente porque en los últimos años vimos como el desaparecido dirigente socialista junto con el presidente Rajoy terminaron de consolidar los acuerdos de la transición con una gestión impecable de la abdicación de Juan Carlos I a favor de Felipe VI. Esto es, la gestión mancomunada y exitosa de dos hombres de Estado, de dos adversarios representantes de la política tradicional, que significó el generoso legado final de ambos para con la nación española, y que por caprichos de la historia hoy podemos contrastar con la realidad y los magros resultados de la nueva política.

Esa “nueva política” española, encarnada por Pablo Iglesias, Monedero, Errejón, y el propio Sánchez Castejón tiene mucho de lo que podemos aprender desde aquí en el Sur para evitar sus males.

Vale la pena analizarlo en este momento previo a nuestras elecciones internas, porque ninguna sociedad - menos la nuestra- está exenta de caer en el peligro de asignarle a lo que se presenta con lo novedoso como principal atributo, propiedades o bondades que en verdad no posee.

No debió pasar mucho tiempo para que quedara en evidencia que los portavoces de la nueva política fundada en redes sociales, construcción de relatos, remarketing, y cuanto artilugio y artimaña la tecnología y la publicidad han puesto al servicio de los jefes de campaña, no era más que una ilusión óptica, y que donde aparentaba haber algo nuevo, en realidad lo único que existía era una fachada vistosa carente de cimientos coherentes con el sistema democrático y con los principales valores de Occidente.

Así fue como en un pispás Podemos reveló ser un títere del eje Caracas-Teherán, y como Sánchez demostró haber hipotecado a España con filo etarras e independentistas en pos de sus intereses.

La modernidad, transparencia, y cercanía con la gente que aparentaban tener estos actores políticos gracias a las formas de comunicación muy de vanguardia que utilizan, quedó hecha trizas ante la realidad incontrastable de que lo único que tenía de “nuevo” la nueva política era la forma de llegar al elector. Y que a poco de rascar, uno se encontraba otra vez con el voluntarismo dirigista, con el Estado glotón, y con la impertinente soberbia de una izquierda marxista-leninista convertida (por un puñado de pesetas) en chavista-madurista, y convencida de su (falsa) superioridad moral para imponer a los demás los dictados de la voluntad general de la que se considera iluminada e infalible interprete.

La fascinación de la izquierda por lo irreal, por lo imposible, otra vez en carrera, y como siempre de la mano de Rousseau y en desmedro de las libertades individuales. No hay nueva política, lo que existen son habilidosos que venden gato por liebre. De esto se ha enterado España súbitamente con la muerte de Pérez Rubalcaba y las consideraciones de Rajoy hacia su extinto rival. Fue como un cimbronazo que recorrió la península haciendo ver que los políticos profesionales serios son los que verdaderamente garantizan el funcionamiento de la democracia y del Estado, y que lo demás es cuento.

Y esto importa aquí y ahora en Uruguay. Porque también estamos comenzando a padecer las desventuras de la nueva política. Y para despejar dudas, aviso parroquial: hablo del Frente Amplio. De nuestro adversario. El que sin producir contenidos políticos con sustento se afilia cada vez más a la nueva política como estrategia electoral, vendiendo espejitos y bolitas de colores de moderación, modernización, certeza, e inclusión. Nada de esto es cierto, ahora gobierna el Frente Amplio y el país se cae a pedazos.

Uruguay es como una especie de Aldea Feliz donde parece que nada importa, pero en la que de a poco la utopía zurda nos va asfixiando hasta morir.

Es por esto, que al plantearnos a quien votar en las elecciones internas y luego en las nacionales, es relevante pensar primero en el país y en nuestro Partido Nacional. Debemos descartar a quienes practican la política líquida de la posmodernidad, y optar por quienes nos ofrecen política sólida, con fundamento. Pensar en todos, y después en nosotros los blancos, porque eso es lo que hacemos los blancos desde siempre. Preocuparnos por el futuro de Uruguay, que es en definitiva el porvenir de los propios.

Para esto se requiere lealtad, y en política la misma se demuestra pensando y actuando responsablemente en defensa de las buenas ideas. Las que prioridad al ser humano.

Es así que la primera conclusión de cualquiera que razone por ese camino es que el país necesita políticos profesionales con asesores vocacionales. No liderazgos inventados por un gobierno agotado e impuestos a puro Twitter y Facebook.

Tal como están las cosas y como parece que se pondrán, más que nunca debemos acudir a quienes portan la experiencia de mil batallas y el sustento de ideas y valores inmutables. Ideas y valores que no por inmutables son antiguos, sino que por esa misma razón están más vigentes que nunca: respeto a la libertad individual, defensa de la dignidad del hombre, y garantía del pleno goce del Estado de Derecho.

No hay política vieja o nueva, solo hay políticos buenos y malos.

A la hora de decidir a quien votar en junio para que de una vez por todas el FA empiece a irse, hay que buscar sustancia, pienso, equipo, y experiencia.

No hay sector político en el país que tenga una mejor combinación de todo esto que el Herrerismo. Sí, ese Herrerismo que es materia gris, columna vertebral, corazón, músculo del Partido Nacional, evolución, y germen de las victorias electorales blancas. Votar es un acto trascendente. Votar en una elección no obligatoria como la de junio es un acto de responsabilidad. Pensar lo que se vota es un acto de inteligencia y de conveniencia. No se puede desperdiciar el voto. El país necesita del Partido Nacional, y el partido para ganar necesita a los mejores.

Es la hora del Herrerismo, es la hora de los Blancos.

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