Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

El ecosistema político

El mundo emprendedorista distingue con claridad dos formas o dos visiones de hacer negocios.

Una es la del tradicional egosistema, con fundamento en el ego del propio empresario que se hace a sí mismo y sale adelante solo contra viento y marea, y otra es la visión contemporánea del ecosistema, con base en la colaboración, donde las interrelaciones son verticales y horizontales, y todo el sistema se enriquece.

Como dice un artículo que leí hace un tiempo en La Nación, la diferencia no solo es una letra, en el egosistema "se exaltan los propios atributos, lo que conduce a la segmentación y el aislamiento", mientras que en el ecosistema se da "la relación de distintos actores, entre sí y con el entorno".

Ambos sistemas son legítimos (cuando se trata de empresas, dado que no está en juego el bien común), pero no obstante, el último es mucho más eficiente en cuanto enriquece a todo el entorno (que comulga en determinados valores esenciales), por eso no es casualidad que el modelo sea Silicon Valley.

¿Esto es aplicable a la política?

¿Puede entenderse el sistema político oriental en clave de egosistemaecosistema? ¿Son nuestros partidos políticos iguales en este sentido?

La política, que es ejercida por actores que pugnan con el objetivo de hacerse del poder, tiende sin lugar a dudas a ser proclive al modelo de un egosistema fuerte, que opaca o minimiza las posibilidades de desarrollo de un ecosistema político eficaz. Está en la naturaleza humana, aquella de la que con diferentes visiones hablaron Hobbes, Locke y Smith. Pero como ya sabemos el determinismo es cuento, y siempre hay excepciones. Pensar que los sistemas políticos tengan que basarse sí o sí en el ego de sus propios actores o colectividades ya fue. Es tiempo de líderes rodeados de buenos equipos. Los iluminados no existen, y si existen, a la larga o a la corta fracasan, y esto es así desde Atila a Chávez.

Como dice María Eugenia Estenssoro haciendo referencia a su experiencia personal en la actividad política: "donde lo que prevalecía era hablar sin escuchar demasiado a los demás", a veces los sistemas políticos pueden comportarse como un diálogo de sordos. Un gobierno que hace mal su tarea y no escucha en nada a la oposición, es un ejemplo de arcaico egosistema. Pero hay excepciones.

Es viable el ecosistema político cuando los actores coinciden en cuidar determinado entorno: rule of law, garantías, libertades, derechos, cohesión social, unidad, etc. Lo vimos con claridad actuando en respuesta a la crisis secesionista llevada adelante en España por Puigdemont y su banda. El éxito de Rajoy (al margen de su habilidad intrínsecamente gallega) al desbaratar el disparate, se basó precisamente en la salud del ecosistema político español. En el mundo contemporáneo un sistema político éticamente sano debería enfocarse en ser un ecosistema, nunca un egosistema.

Sin embargo, nuestro sistema político dominante (el del gobierno y su mayoría parlamentaria) lamentablemente aún funciona al son del vetusto egosistema. El Frente Amplio ha sido corto de miras para generar y abonar un ecosistema político en el que convivan el resto de los partidos, ni siquiera en estos años ha sido capaz de hacer que mucha gente vuelva a creer en la política. Con su inoperancia y prepotencia cada vez abona más el peligro del descreimiento. Y esto, que es terriblemente dañino para una democracia sana, es la consecuencia de que el partido de gobierno ni siquiera tiene un ecosistema político en su interna, sino todo lo contrario. Dominan la misma los egos consolidados de los veteranos de siempre (aún con mucha cuerda), amenazados por los egos descollantes de la nueva camada que pide paso a puro codazo y con poco fundamento.

Lo singular, es que no comulgan entre sí en nada bueno para el país. Ven el mundo en forma diferente, lo interpretan distinto, haciendo gala de una soberbia sin límites lo quieren moldear cada uno a su manera, y lo que es peor, creen arbitraria y ciegamente que ordenar la vida de los orientales según los designios de "izquierda" está bien. (Tampoco estaría bien ordenarla según designios de "derecha", aclaro).

Lo único que los une es la férrea voluntad de no largar el poder, y con eso no se construye un ecosistema político, porque para esto, necesariamente hay que compartir algo más, con propios y ajenos. Tener principios y respetar valores que se consideren transcendentes, por lo menos. Y todo esto le falta al Frente Amplio, en grandes cantidades. Es claro que al partido de gobierno no le interesa relacionarse con el entorno, le interesa únicamente atornillarse donde está, y así no se construye nada verdaderamente inclusivo a largo plazo.

Pero no todos lo partidos son como el Frente Amplio.

El partido Independiente, el Colorado, y el partido Nacional, conforman un gran ecosistema que tiene como base los fundamentales valores de respeto al Estado de Derecho y republicanismo.

Simplemente con abrazar estos dos valores, los mencionados actores inyectan al Uruguay una gran dosis de esperanza en un posible futuro mejor.

Y así como los emprendedores aggiornados se rompen el alma tratando de cambiar cabezas para que los empresarios entiendan que crear compañías de alto impacto solo se logra mediante ecosistemas, los líderes de los partidos políticos de nuestro país que sí conforman un ecosistema de valores tienen la responsabilidad de transmitir en forma disruptiva el mismo mensaje.

Algunos ya lo han hecho así, incansablemente, derribando muros y tendiendo manos, "ennoviados con el ideal", pero este gran esfuerzo de construcción debe ser correspondido por los demás, adentro y afuera. En este juego se compite y comparte al mismo tiempo. La confianza y reciprocidad consecuencia de una visión común y de la comunión en valores es la base de la política moderna con real foco en el desarrollo y el bien común.

Hay que seguir firmes al timón, leales a los principios que históricamente han marcado identidades, pero unidos en no permitir el avance y consolidación de un egosistema voluntarista que solo busca perpetuarse, sin que le tiemble el pulso mientras hunde al país en la mediocridad, la inseguridad, la pérdida de libertades, la fractura social, y el aislamiento.

Hoy, como ayer, como anteayer…

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