Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

No ser Dios

Un día como el de ayer, un Viernes Santo, terminó con su muerte en la Cruz el periplo humano de Jesús. Finalizaba allí la etapa en la que se podría decir que Cristo aún no era Dios, por lo menos para la mayoría de sus contemporáneos dado que estos casi no lo percibían así.

Las discusiones sobre la Encarnación, la naturaleza humana, divina, o las dos juntas de Jesús, y la Santísima Trinidad, vendrían después.

Su tránsito terrenal, que culminó con los hechos que celebramos los cristianos en Semana Santa, puso la piedra sobre la que se cimen- tó la Iglesia, y también marcó el hito histórico en función del cual Cristo (hombre/Dios) sería estudiado por creyentes y no creyentes.

Sin embargo, y a pesar de los milagros que realizó en su vida, es claro que durante el período que pasó en la Tierra, a primera vista, para los que lo rodeaban no fue un dios. Fue un igual.

Nació, creció, aprendió, socializó, trabajó, descansó, tuvo calor y frío, rió, lloró, caminó, sintió hambre y sed, amó, se enojó, perdonó, se tentó, sangró, y finalmente murió como cualquiera.

Por esto, teología aparte, está bueno mirar la figura de Cristo en retrospectiva, co-mo si estuviéramos aquel viernes a última hora de la tarde en el Gólgota, apesadumbrados y tristes por la terrible muerte de un buen amigo que dio todo de sí por lo que creía, y que además de eso luchó por una justa y generosa causa.

No es necesario repasar la vida de Jesús para saber que su itinerario como persona de carne y hueso despertó y aún lo hace, simpatías de por sí. Es difícil encontrar a alguien que no comulgue directa o indirectamente con alguno de sus principios, con su vida de entrega y solidaridad en función de valores de bien universalmente aceptados. Pensar a Cristo así, desprovisto de la construcción teológica e institucional que llegaría más tarde, es una buena manera de tomar conciencia de la dimensión humana de su figura, y de su ejemplo. Y estoy seguro que también así puede ser fuente de inspiración para muchos, sobre todo para aquellos hombres bien intencionados que no forman parte de su Iglesia.

Es difícil encontrar un personaje histórico tan influyente o que represente tantas cosas buenas como él. La cronología de su vida, cumple paso a paso el derrotero del héroe que existe en el inconsciente colectivo de cualquier sociedad, de cualquier comunidad, pero con dos fundamentales salvedades en comparación con dichas construcciones mitológicas: 1- no es un mito ni una construcción, en tanto existió y por ende su persona y sus actos son verdades históricas; 2- en este caso el héroe no busca fama, fortuna, ni personal redención: su único y central objetivo es salvar a otros con su entrega. Con gran originalidad y desapego prescinde entonces totalmente de sí mismo, se ignora, su plan (que dando un salto teológico sabemos es también el del Dios que lo integra) no cuenta con él como hombre, más que como medio para rescatar a una humanidad que se encuentra perdida.

He aquí la fundamental diferencia con todos los grandes héroes anteriores y posteriores a Cristo: ninguno tuvo su visión, ninguno contaba con la verdadera inspiración divina de su generoso y ambicioso plan de salvación; todos, excepto él, por mejor intencionados que fueran, en algún punto fueron egoístas. Él, no.

Su presencia en el mundo cumplió mediante su total sacrificio con la doble misión de ser a la vez salvadora y redentora para todos los hombres.

Así mirábamos a Jesús recién muerto, no siendo Dios, siendo hombre. Un hombre cercano, como cualquiera, pero muy virtuoso.

¿Qué pasa entonces desde la Resurrección para adelante? ¿Cómo debemos entender a Cristo a partir de ese instante en el que se nos revela como sobrenatural? ¿En función de qué debemos tratar de comprenderlo?

Constatada la Resurrección nos queda claro que Jesús es el Hijo de Dios. Siendo así es lógico pensar que es subsistente desde el principio de los tiempos, y que mediante la Encarnación adquirió la naturaleza humana en su persona cargada de divinidad. Es fácil concluir entonces en lo que decía antes, es decir que esto sucedió por algo: básicamente para lograr nuestra salvación.

Pero, ¿qué lleva a Dios a enviar al mundo a su único Hijo para salvarnos? Lo determina el amor de este por los hombres, en tanto Dios es amor. Y esta última afirmación que cristianos y no cristianos, sobre todo después del Concilio Vaticano II hemos escuchado como un mantra, encierra a mi juicio una de las claves, ahora sí teológicas, fundamentales del cristianismo contemporáneo: la gracia increada. Y sin este concepto, en la línea (en cuanto a esto) definida por Segundo, resulta difícil entender a Jesús "no siendo Dios", y también integrando la Santísima Trinidad.

Dice nuestro compatriota teólogo que históricamente se ha estudiado y comprendido el concepto de "gracia" en función de sí mismo en cuanto configura un "obsequio". Obsequio con directa relación al destino del hombre según el estado en que se encuentre en el momento de su muerte: estado de gracia versus estado de pecado mortal.

Refiere que se ha fijado entonces la atención en la misma, considerándola en tal sentido, y solo en un segundo estadio, se ha fijado el objeto de análisis en "quien da" la gracia, es decir Dios.

En relación a esto (la virtual dicotomía existencial Dios Hombre) se desglosan para este autor los conceptos de gracia creada (la que afecta la vida del hombre), y gracia increada (el don otorgado por Dios mismo).

No sería posible entonces prescindir del origen necesariamente divino de la gracia (por tanto, increada), es decir del concepto Dios es Amor (como definición llana de la gracia increada), que es el que lleva a los hombres a vivir plenamente su Fe en Cristo como salvador y redentor enviado por su Padre, en cuanto miembros de la Iglesia.

Pero este origen divino, este concepto Dios es Amor, es inclusivo no exclusivo, (la salvación es para todo el que la quiera) y permite, incluso a quienes no practican la Fe, pero son consistentes con sus valores, vivir más cerca de la verdad y de la justicia.

Esta bueno considerarlo en este Uruguay que felizmente va cambiando y donde en cada otoño, con la humildad del Cristo que no era Dios, se suman más escaleras para subir a la Cruz.

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