Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Decadente relatividad

La agenda política de las últimas semanas ha dejado nuevamente en evidencia la decadente relatividad en la que casi sin excepciones ha caído la discusión pública en nuestro país. Reflejo de la devaluación de nuestros valores como consecuencia del relativismo materialista imperante. Y reflejo de la falta de pienso y espíritu crítico de la opinión pública y de algunos de los actores políticos.

La agenda política de las últimas semanas ha dejado nuevamente en evidencia la decadente relatividad en la que casi sin excepciones ha caído la discusión pública en nuestro país. Reflejo de la devaluación de nuestros valores como consecuencia del relativismo materialista imperante. Y reflejo de la falta de pienso y espíritu crítico de la opinión pública y de algunos de los actores políticos.

Hay por lo menos tres hechos destacables que merecen un análisis más a conciencia de lo que nos pasa como sociedad, de cómo manejamos algunos valores, y que pueden ser disparadores de reflexión:

1- El estéril debate acerca de si es relevante o no la existencia del título académico del VP, la gravísima y patética patoteada del Gobierno y su partido contra todo el que dude o contradiga el relato oficial (aunque el mismo tenga la voz narrativa de un cuento infantil), y la lamentable conclusión: en la vuelta hubo una mentira o por lo menos una confusión intencionada. En cualquier caso, por cierto que con muchísima menos gracia y rock’n roll que en el affaire Clinton.

Para meditar: ¿es la mentira una constante en nuestra política?

2- El berrinche laicista contra la propuesta de colocar una imagen de la Virgen María en la rambla.

Parece que reavivar el debate del laicismo (insisto con que los promotores del mismo nunca ponen el foco en la laicidad) decimonónico les resulta revitalizante en la agonía y es la doble marca de los batllistas de ley. Hablan de historia superada, de la evolución que significó separar la Iglesia del Estado (fue así sin dudas, pero no fue invento de ellos y mucho menos de Batlle), del liberalismo y de la República. Parece que todo lo que sea manifestación religiosa pública también hace temblar las instituciones.

Es verso.

Omiten por los menos:

a- que la primera y única revolución verdaderamente liberal incluyó la palabra Dios en la primer frase de su Declaración (la otra, como una fiel manifestación de su carácter, lo hizo en la segunda oración, pero con seudónimo, como si eso disminuyera la Divinidad),

b- que el liberalismo del que hablan es el continental o constructivista, más centrado en la igualdad material que en la libertad del individuo, como lo es el clásico o inglés (que sí tolera las manifestaciones religiosas dentro de la neutralidad del Estado, y

c- que lo secularizado es el Estado, no la Sociedad. El Estado debe ser neutral, la Sociedad no tiene porqué. Espabile lector: este es el partido que quieren jugar en el Siglo XXI, van a por la secularización de la Sociedad, van a por vaciarla de los valores que todas las creencias religiosas (o no) pueden aportar a la misma para mejorar la convivencia.

Eso es laicismo, no es laicidad. Y es además materialismo puro.

Es lo que esconde la vertiente continental del pensamiento al que refieren, por esto no son fieles a la verdad cuando invocan la libertad y la república.

Es una invocación ideológica. Y el mundo de las ideas se divide básicamente en dos: liberalismo (el clásico que pregona haga usted lo que quiera mientras no perjudique a otro) versus voluntarismo (yo gobierno, intérprete de la voluntad general, sé lo que es bueno para usted y le digo cómo vivir). Este último es el de los laicistas preocupados por la imagen de la Virgen. Cualquier similitud entre batllismo y gobierno no es mera coincidencia. Piénselo y encontrará muchas respuestas a este y otros temas, incluido lo de Ancap.

Para meditar: ¿afecta su libertad la manifestación religiosa de otro en un espacio público? ¿Debe ser neutral la Sociedad o solo el Estado? ¿Nos gobierna un partido batllista?

3- Mar bravo requiere capitán con carácter y marineros que acaten órdenes. Ante el panorama de tormenta imperante el presidente tendrá que apañarse para que su tripulación le responda. Navegar con viento de popa como hasta hace un tiempo era fácil, pero con dificultades… se necesita gente dispuesta a mojarse y hacer los rizos que sean necesarios. El problema es que el presidente sabe de rizos, pero tiene una tripulación heterogénea. Hay marineros trabajadores y responsables que se treparían al palo si fuera necesario bajar la vela, pero también hay de los otros…

Los lineamientos para las negociaciones salariales propuestos por el Poder Ejecutivo, pueden resultar inadecuados (en el entendido de la distorsión de mercado y competencia que provocan), pero no pueden considerarse (en términos generales) desmedidos.

No obstante, el Pit-Cnt ya mostró sus cartas de siempre: salario real, acuerdos de precios y controles, fondo de insolvencia patronal, y que los despidos deban ser justificados. Nada menos. Estos cuatro puntos de su última demanda nos llevan otra vez al escenario ideológico mencionado: liberalismo versus voluntarismo. ¿Con qué legitimidad el gobierno puede indicar cuánto se debe pagar de salario o el precio de algunos productos? ¿Con qué fundamento y con cuáles recursos se solventará un fondo de insolvencia patronal? ¿Con qué legitimidad la OIT puede obligar a que un despido sea justificado? ¿Debe justificarse un despido? ¿Hasta donde debemos bancar las sacrosantas indicaciones de las organizaciones internacionales?

Para meditar: la constricción al trabajo, tanto de empleados como empleadores es un valor, pero ello ¿amerita intervenir la vida privada de las personas para asegurarlo? ¿Amerita garantizar determinadas condiciones aún en desmedro de valores fundamentales que atañen a toda la sociedad como la libertad y la propiedad? ¿Qué consecuencias a largo plazo pueden traer para nuestra sociedad esas seguridades?

Los tres tópicos referidos, mentira, ataque a la manifestación pública de lo religioso, e intervención en la economía y la vida de las personas, tienen directa vinculación con lo mencionado al principio: valores en decadencia, relativizados, y por ende una discusión pública sin sustento, producto de una pobre agenda.

Basta recordar las consideraciones éticas esgrimidas en el caso Clinton, o los argumentos que históricamente los diferentes actores nacionales han manejado para defender posiciones en temas como la laicidad (no el laicismo), o la intervención de la economía, para ver la decadencia de la calidad de nuestro debate público y sus fundamentos.

Decadencia causa de la relativización de los valores que han quedado fuera del debate. Ya que no es lo mismo decir la verdad que mentir, o reconocer un error, no da igual respetar a quienes el 2 de febrero de cada año festejan Iemanjá aunque para mi sea el día de la Candelaria, que no hacerlo.

Pensarlo, meditarlo, es obligación de todos. Por nuestra convivencia.

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