Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Cuidar a los repartidores

Son entre las once y las doce de la noche. El frío ya empieza a pegar, y lo ayuda bastante una llovizna finita de las que se cuelan por cualquier abrigo y dejan las calles como enjabonadas.

Voy por una avenida ancha entre el Cordón y Pocitos pero no puedo avanzar. Por la mitad va una bici que no me animo a adelantar. El ciclista, parado en los pedales para superar el repecho, no lleva casco, pero sí campera refractaria y una caja cubo en su espalda de medio metro cúbico, que se bambolea a cada lado con cada pedaleada. Mantener el equilibrio en esas condiciones es un arte. Mantenerse a salvo de accidentes en esas condiciones, es un verdadero milagro.

El País informaba hace pocos días que según estimaciones, 8000 personas se dedican a la tarea de ser repartidores, que el 80% están en la informalidad, que protagonizan 6 de cada 10 accidentes de tránsito, y que entran 3 por día con lesiones al BSE. También que el novel sindicato cargó contra las nuevas plataformas tecnológicas en la Comisión de Legislación del Trabajo de la Cámara de Diputados, sosteniendo: “en vez de aportar, precarizan el trabajo y nos hacen retroceder en derechos que ya habíamos conseguido”.

Dice el informe: “… con la intención de aumentar la fiscalización, a fines de 2018 la Inspección General de Trabajo y el BPS elaboraron un borrador de proyecto de ley que excluye del régimen de monotributistas a quienes realicen “actividad de distribución por cuenta propia, en cumplimiento de servicios de mediación o intermediación, prestados a través de aplicaciones en línea, cuya ejecución implique una elevada exposición a riesgos para su salud y/o seguridad”.

“El proyecto establece que será el Poder Ejecutivo quien determine las actividades alcanzadas por la norma e indica que las plataformas serán “solidariamente responsable de las obligaciones tributarias generadas en caso de verificarse el incumplimiento” de lo dispuesto. También serán consideradas como patrón “cuando un accidente o enfermedad profesional ocurra a causa o en ocasión de la actividad de distribución”.

Estamos en el S XXI, mucha agua ha pasado bajo el puente, y sin duda la revolución tecnológica ya es compleja, como para permitirle además cargar con los defectos inhumanos que tuvo la revolución industrial.

Un país que cuida de su gente no puede permitir que la tecnología se convierta en un factor esclavizante sin velar por dignas condiciones de trabajo.

Pero regular un problema nuevo con recetas viejas es un grave error. El peor.

La ley laboral debe buscar figuras que otorguen protección al débil pero que no generen interferencias con lo modelos de la nueva economía al golpe de la planificación ideológica.

Por ejemplo: un seguro contra todo riesgo, contratado por quien sea, y que no determine necesariamente la existencia de relación laboral con quien presta servicio en forma independiente, podría ser una gran solución.

Por lo menos una que cuida, protege, y que no recorta derechos a nadie. Y que tampoco es una pérdida de incentivo para las empresas que innovan y van a más velocidad que nuestro derecho del trabajo, anquilosado en la lucha de clases y el voluntarismo dirigista de Pla Rodríguez.

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