Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Un acto de fe

Recién finalizada la segunda guerra mundial, en 1946, Borges escribió un ensayo titulado "Nuestro pobre individualismo". En el mismo, que como todo lo doblemente bueno es corto además, refiere con lucidez a la relación de los argentinos con el Estado.

Parece que nada ha cambiado en casi setenta años en la otra orilla (tampoco aquí), pero está bárbaro para utilizarlo como disparador de una autocrítica sobre nosotros por oposición. Comenta que los argentinos no se identifican con el Estado y que son más individuos que ciudadanos, atribuyendo esto a gobiernos que suelen ser pésimos, o "al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción". Casi al final dice "El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha contra ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil o perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes".

Al contrario de tanto cabezota voluntarista oriental que ve en el individualismo una maldición, Borges hace más de medio siglo apelaba a este para poner coto a las siniestras ideologías (provenientes de la misma rama del pensamiento, no nos engañemos con el verso de izquierda y derecha…) que habían sembrado destrucción y muerte, y que tanto ayer como hoy solo han tenido un objetivo: cercenar la libertad del hombre.

Los extremos nunca son buenos, pero si que nos vendría bien en Uruguay una dosis fuerte de ese individualismo antiestatista.

Décadas y décadas de batllismo (el primero y el segundo) y frenteamplismo nos convirtieron en una sociedad de zombies donde todo se espera de un Estado omnipotente, prepotente, caro, meterete, opresivo, y ahora para colmo devenido en inútil y gastador.

Tenemos un Estado tan gordo y tan ineficiente que asustaría al mismísimo Leviatán. Con su peso nos ha hundido en un lodazal de miserias al que nos hemos ido acostumbrando casi sin chistar. Como el sapo del cuento al que lo cuecen despacito sin que se entere ni espabile. Pagamos como en Estocolmo, París, Madrid, o Berlín, por servicios de doble tatuaje tercermundista.

Padecemos un Estado que no educa, no sana, no protege, y no proyecta a futuro nada más que control, intromisión, fractura social, tarifas e impuestos más gravosos, y deuda. Este Estado ya no es merecedor de la consideración que tantos años de cultura política conservadoramente batllista aún le brindan.

Es hora de pensar y apoyar a quienes pueden romper con esta hegemonía de patético conservadurismo mediocampista, cortar con "la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo" y darles para adelante. No calienta de dónde vengan, cuenta el compromiso, importa que toda una generación se entere que se nos va el barco. Y que afuera el mundo cambió, que cayó solito el muro de Berlín, que los Castro quedaron gagás, y que el hombre nuevo era solo un verso.

Los orientales debemos hacer un acto de fe en nosotros mismos, en silencio, con aplomo y coraje, y animarnos de una vez por todas a dar el salto liberador hacia lo que nos merecemos.

No podemos seguir esperando milagros. Lamento decirlo hoy: los Reyes son los padres.

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