Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Acción humana en Uruguay

La crisis sanitaria global desatada por el Covid-19 generó inestabilidades en las estructuras económicas y políticas de muchos países. En varios de ellos se vio resentida la calidad democrática.

En concreto, el mundo apreció como la pandemia fue una excusa para recortar libertades e intervenir más la economía, ya fuera de manera transitoria, o permanentemente.

Fue así como asistimos una vez más, a la puesta en práctica de medidas voluntaristas con el pretexto de paliar la crisis. El mundo entró en una histeria de “mejorismo político” donde parecía que había que gobernar en clave de innovación -lo que fue solo un espejismo- dado que las políticas aplicadas en nada mejoraron lo conocido, y donde hubo que acudir rápidamente a los clásicos esquemas para enfrentar con seriedad la contingencia. Cuando el mundo parecía que se había olvidado de ella, la filosofía adquirió repentinamente una vigorosa vigencia, y el centro del debate se fijó en temas tan postergados de la agenda diaria como la dicotomía entre la libertad y la igualdad material.

La urgencia demostró que poco útiles eran a los efectos las ideologías de moda -muchas de ellas bien anacrónicas y anquilosadas, por cierto- y como la clave para enfrentar la crisis no estaba dada en esos desarrollos, sino en los antiguos valores interpretados a la luz de un contemporáneo pragmatismo sensible con foco en la dignidad de las personas. Algo, por cierto, muy alineado con la tradición cristiana occidental. Primero el individuo, después lo colectivo.

Quedó bien claro, que los problemas socioeconómicos de la humanidad no pueden ser minimizados a una visión que solo los concibe como objeto de optimización o maximización.

La crisis acentuó la realización de diagnósticos y la aplicación de recetas por doquier, pero también, en muchos sitios, favoreció que prevaleciera la libertad. Como medio, y como fin más importante de la realización humana.

Los orientales hemos tenido la fortuna de estar en una de esas islas favorecidas por el respeto y la defensa de la libertad. No hace mucho padecíamos los embates de la voluntad, la obsesión por la novedad foránea, y una simplificación absurda de nuestra realidad nacional, muchas veces cargada de teoría y sobre todo de desconocimiento.

Esta liviandad en el enfoque determinó la carencia de rumbo y el acometimiento en forma parcial y heterogénea de los problemas más acuciantes. Muchos de los cuales aún nos interpelan y nos desafían.

Ustedes lectores, saben muy bien que el título de esta columna no fue puesto al azar. Saben que la acción humana “es una conducta consciente, movilizada voluntad transformada en actuación, que pretende alcanzar precisos fines y objetivos; es una reacción consciente del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es una reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en la vida de las personas”. La acción, en conclusión, implica como nos han enseñado, siempre y en simultáneo, preferir y renunciar.

Y hacerlo por el desarrollo de un futuro mejor y cada vez más libre para nuestra patria. Para esta patria sobre la que amanecemos todos los días.

El 13 de marzo del año 2020 el Poder Ejecutivo declaró la emergencia sanitaria.

Se dispusieron determinadas medidas para paliar el riesgo sanitario inminente. Fueron tiempos aciagos, de dudas, de reflexión, de demandas y pretensiones, pero también de consenso. Tiempos de sostener firme el timón en el rumbo marcado. Mirando en perspectiva quedó claro que la antigua dicotomía entre las ideas liberales y la ideología voluntarista a la que refería anteriormente se hizo presente una vez más en nuestro debate público. La natural y legítima tensión entre libertad e igualdad material tuvo su correspondencia entre quienes defendimos y sostenemos el concepto de sociedad libre y abierta y quienes pretendían la imposición de un orden artificial que bien podemos simplificar en el ejemplo que nos dio la consigna sostenida de “cuarentena y renta básica”.

El destino enfrentó a nuestra nación a una dura prueba, que para sorpresa de muchos fue sorteada con éxito. ¿Cómo digo que fue sorteada si aún estamos inmersos en dicha problemática? Es sencillo. La prueba no era solamente enfrentar el flagelo biológico que todavía nos preocupa y ocupa, sino que era también cómo enfrentarlo. Cualquier persona estudiosa de la historia política de nuestro país, que conociera nuestra realidad de nación con gran impronta estatista y reguladora, y que atendiera el derrotero de los últimos 15 años podría haber pensado que el reflejo innato de los orientales sería el de enfrentar la pandemia optando por un sistema de control de las conductas públicas. Un sistema donde prevalecieran la imposición y la coerción.

Pero esto no fue así. Uruguay, con el firme liderazgo del presidente Lacalle Pou optó por un modelo de gestión de respeto y de defensa de la libertad. Un modelo sin base en dogmas, ni en determinismos, ni posverdades, ni agendas enlatadas. Tanto en lo colectivo como en lo individual. Pero por sobre todas las cosas, un modelo de gran respeto por la dignidad de su propio pueblo. Uruguay eligió gestionar la crisis sanitaria con fundamento en el concepto de la libertad responsable.

Idea sin duda alguna basada en el reconocimiento de la importancia de que los individuos puedan tomar para sí mismos las mejores decisiones, y que la sumatoria de estas conforman el bienestar general. Concepto, según mi punto de vista, con una honda raíz en lo mejor del pensamiento liberal contemporáneo que se nutre de las ventajas de una sociedad autorregulada, de una sociedad libre y abierta que se reconoce a sí misma su naturaleza diversa, y por ende, la inutilidad e ineficiencia de las interferencias estatales.

Fundamento además, de un verdadero y sincero respeto por los derechos humanos. En momentos en que la academia retoma el debate filosófico, es oportuno recordar que el liberalismo es siempre la mejor opción.

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