Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

¿Quién eres tú?

Hace días hablaba con un amigo de toda la vida, el arquitecto. de Souza (tipo ilustrado, egresado del templo donde brilla la luz del saber), sobre la pobreza de las discusiones públicas en la actualidad.

Concretamente, cada uno en su trinchera -el abogando por Keynes, y yo por Mises y Hayek- coincidíamos en que no hace tanto tiempo las grandes mentes del planeta se prestaban generosamente para importantes contiendas intelectuales que no tenían otro objetivo más que el de mejorar las condiciones de vida en esta tierra. Eran discusiones fuertes, pero honestas, y con visión. Se pensaba y construía el futuro con amplitud de miras.

Algunos dirán que todo cambió porque el mundo es más dinámico, que las cosas son más efímeras, que la globalización y la inmediatez del conocimiento se han cargado todo lo que alguna vez fue esencial.

No creo que sea así.

No hay tecnología que en algún momento no necesite del hombre para ser verdaderamente eficiente, y en ese punto, en esa milésima de segundo previa a dar el click que puede determinar la eficiencia o la inutilidad, la fortuna o el desastre, el like o el unlike, lo que en definitiva se dirime en la conciencia o inconciencia de la persona que completa el accionar de la máquina, son valores y nada más que valores.

Por eso, estoy convencido que la filosofía y los valores que consideramos correctos nos circunscriben a quienes pretendemos dar la batalla por el bien común a la responsabilidad de debatir sobre temas de peso con inteligencia, y sobre todo con fundamento.

No me resulta natural coincidir con un batllista, pero estoy de acuerdo con el Presidente Sanguinetti cuando se preocupa de que en nuestro país hoy “se están discutiendo anécdotas y no grandes ideas”. Esto no es más que una consecuencia directa de una bien definida política del FA de banalizar lo fundamental marcando la agenda política con una lamentable deriva hacia lo accesorio o lo instrumental para compensar el marxismo perimido.

Hayek y Keynes, Herrera y Batlle, supieron dar batallas feroces donde por encima de todo primaba el fin compartido de hacer progresar a sus sociedades.

Cada uno defendía su punto de vista, algunos con inteligencia, consideración, e hidalguía, y otros de la forma en que su ego y carácter se los permitía.

Hoy el Partido Nacional presenta grandes ideas programáticas a la sociedad oriental, y claro está que donde no hay pienso sesudo es precisamente en el partido de gobierno que solo ofrece un discurso liviano y carente de resultados que no tiene como objetivo más que el de no hacer olas para perpetuarse en el poder.

El FA hace gala de una desvergüenza y carencia de decoro institucional que mete miedo y trata a toda costa de evitar el debate de lo importante. Y lo hace adrede. No hay que dejarles hacer su juego.

Una fuerza política basada en un voluntarismo galopante donde un Poder Ejecutivo soberbio se carga la institucionalidad ninguneando al Poder Judicial por los fallos que le resultan antipáticos, es un movimiento sin escrúpulos, donde todo da igual, y donde el individuo y la sociedad, no cuentan. Solo entienden la vida de la nación mediante el Estado, y eso es de una falta de reconocimiento y respeto a la dignidad del ser humano que de verdad debería preocuparnos, y hacernos pensar mucho.

Hacernos pensar a lo grande, como hicieron blancos y colorados del pasado que dieron a este país el desarrollo y las bondades que la izquierda gobernante se encargó de socavar.

Es por eso que en los tiempos que corren no hay lugar a medias tintas. Hay que levantar la voz y debatir por lo que importa. Dejar en evidencia que todo lo políticamente correcto que parece ser el FA es verso, y no es más que postureo.

En junio elegimos Presidente, y a la hora de elegir a quien llevará el timón de nuestro barco por cinco años hay que buscar candidato y equipo que representen los valores que consideramos fundamentales, y que además son absolutamente innegociables.

Esto es: respeto por el Estado de Derecho, cuidado de nuestra soberanía frente a otros Estados, organizaciones internacionales, multinacionales, y comunidades ideológicas, defensa irrestricta de las libertades y derechos fundamentales, ponderación del individuo y la sociedad frente al Estado.

Alcanza con someter a cualquiera de los pre candidatos del FA a un examen donde el bolillero tenga estos temas, para llegar a la siguiente pregunta como conclusión: ¿Quién eres tú? O mejor dicho: ¿Quién eres tú que no has entendido nada, para atreverte a decirme a mí que vas a gobernar diciéndome como debo vivir mi vida?

Porque son precisamente esas ideas ajenas a los candidatos del FA los conceptos que representan en mayor medida lo que los individuos y la sociedad oriental necesitamos que reúna nuestro futuro Presidente para sacarnos del bucle frenteamplista que nos ha dejado con un pie en el abismo. Porque en verdad ya es hora. Necesitamos otros y mejores.

Uruguay necesita pensar diferente, dejar de repartir limosnas y dar oportunidades, dejar de alimentar conflictos y buscar coincidencias, abandonar la mediocridad populista y apuntar a la excelencia de un gobierno que le preocupe hacer bien su tarea para todos.

Un gobierno que se dedique menos a decirnos como debemos vivir nuestras vidas, y más, mucho más, a facilitarnos la misma.

Porque si hay algo que es una verdad revelada, es que el Estado por más bien gestionado que esté siempre es un bicho de cuidado.

Nunca debemos olvidar que el Estado siempre es el problema. Recordemos lo que alguien dijo: “la primera obligación del Gobierno es proteger a la gente, no dirigir sus vidas”. El gobierno actual no entiende la cuestión porque nos subestima basado en su falsa superioridad moral de origen roussoniana.

Debemos votar por un partido, y por un candidato a Presidente que tenga esto bien claro. Que entienda que al Estado hay que ponerle coto y que los gobernantes deben tener límites bien definidos y hacerse responsables.

El Herrerismo y el Partido Nacional lo han sabido desde siempre. Nunca les ha resultado ajeno.

Siempre han estado primero las personas, su dignidad y su libertad.

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