Tomás Linn
Tomás Linn

El votante ganó

Cada vez que se acercan las elecciones, surgen dudas sobre los mecanismos introducidos en la reforma constitucional de 1996, referidos a la realización de elecciones internas para que cada partido lleve un único candidato a la presidencia, la segunda vuelta para que la ciudadanía decida a quien darle la mayoría absoluta para gobernar y la separación de las elecciones municipales en el entendido de que en estas se vota por temas y preocupaciones diferentes a las nacionales.

Las principales objeciones vienen de los dirigentes partidiarios. El común de la gente no cuestiona el sentido de este mecanismo, pero sí le molesta que en el correr de un año haya que votar por lo menos cuatro veces, lo cual significa estar en estado de ruidosa campaña todo ese tiempo.

En otros países tantas elecciones no se concentran en un solo año, pero se reparten cada dos años (si hay renovación parcial del parlamento) a lo que se suman las municipales con calendario propio. Es decir que también viven en un estado de permanente elección. En Uruguay al menos el ruido se concentra en un año y luego quedan cuatro donde no hay nada.

Con el anterior sistema un presidente podía ser elegido por mayoría simple lo cual permitía que los partidos como tales tuvieran fuerza por la simple naturaleza de las cosas, no porque se trabajara para ello.

Sin embargo, no se trata de construir una democracia basada en el mínimo esfuerzo, sino de garantizar que el votante se exprese con claridad y que se comprometa con su decisión.

Se expresa con claridad cuando tiene certeza de quienes son los candidatos de cada partido. Por eso la necesidad de las internas previas, que por supuesto no pueden ni deben ser obligatorias: concurre quien se identifica con la contienda del partido al que adhiere.

Resuelto eso, al pararse frente a la urna en la elección nacional, el ciudadano sabe a quien vota pues su voto no termina ungiendo a un tercero dentro del mismo partido. Antes, la interna se dirimía a la misma vez que la nacional y el votante no sabía quien podía ganar.

Recuerdo que durante la presidencia de Luis Alberto Lacalle, si algún blanco disentía con su gestión diluía su responsabilidad argumentando que en realidad no lo había votado, pues había optado por Alberto Zumarán (el otro candidato blanco). Al final nadie parecía haber votado al presidente.

Lo mismo ocurre con la segunda vuelta. Será presidente quien sea elegido por más de la mitad de los votantes. Y estos deberán asumir la responsabilidad de decidir, aunque ello implique optar por el mal menor. El ciudadano asume la responsabilidad de definir esa votación. No hay lugar para luego encontrar excusas y coartadas.

Algo similar ocurre con las elecciones municipales en una fecha diferente a las nacionales. Lo que está en juego ahí es la comarca, no la nación. Son los pequeños pero genuinos intereses de quienes deben decidir quien administrará su departamento. Se vota según otros programas y propuestas. Por lo tanto es una elección a la que hay que prestarle una atención diferente.

Los estrategas partidarios cuestionarán por incovenientes las reformas realizadas en 1996. Pero lo cierto es que el ciudadano, como soberano, salió ganando.

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