Tomás Linn
Tomás Linn

De vacunas y burbujas

Fue una Navidad muy distinta. Cada uno en su “burbuja” celebró como pudo una fiesta tradicional que ha sido importante tanto para creyentes como para no creyentes, unos y otros viviéndola a su manera.

Se celebró a muy pocos días de que el gobierno dictara nuevas medidas y aconsejara una mayor restricción. Si bien lejos de ser una cuarentena absoluta, se trata del paquete más restrictivo adoptado hasta ahora.

Quienes desde la vigencia de esa ley se reúnan en fiestas, marchas y otro tipo de reuniones donde haya aglomeraciones, estarán en falta, violando una norma transitoria aprobada por el Parlamento. Si antes se les llamaban “fiestas clandestinas”, aunque en realidad no eran ilegales pero sí inconvenientes, ahora sin duda alguna serán clandestinas.

Las fronteras se cerraron. Aquellos que llegaron en auto a los puentes fronterizos no pudieron cruzar como tampoco venir quienes pretendían hacerlo en sus jets privados, pese al pronóstico de un periodista argentino (más bien un militante) que sostenía que acá con “los millonarios” se haría la vista gorda.

En medio de esto, se instaló en la agenda de noticias la eventual llegada de la vacuna. Uruguay, como buena parte de los países latinoamericanos, estaba inscripto en el Fondo Covax promovido por la OMS. Sin embargo, al ver que por esa vía la espera será más larga, el gobierno empezó a moverse para comenzar la vacunación cuanto antes. Lo mismo hicieron otros países del continente. Si bien algunos de ellos, los más poderosos y con recursos, están avanzados en sus procesos, el grueso de las naciones de la región están en una situación similar: negociando para empezar antes de lo que diga el fondo Covax.

Esto le generó algunos problemas al gobierno. Por un lado, se supo que un jerarca del Ministerio de Salud Pública hace un par de meses le anunció a un laboratorio, que Uruguay no estaba interesado en su vacuna. El presidente lo destituyó apenas supo lo ocurrido. Pero el episodio no deja de ser confuso. Y más que nada, ¿porqué a alguien se le ocurriría descartar una de las opciones tan tempranamente, cuando lo sabio hubiera sido estar abierto a todas?

Como en muchos de estos asuntos, Uruguay corre de atrás, para bien la mayor cantidad de veces (porque aprende de lo que pasa en otros lugares) aunque a veces también para mal, y debe tomar nota de los errores cometidos por quienes se adelantaron.

No puede, por ejemplo, repetir los tropiezos de Argentina. No puede anunciar fechas si no las tiene confirmadas, no puede anunciar qué vacuna traerá si no cerró el acuerdo, no puede traer una vacuna que no haya sido suficientemente probada o cuya aplicación (al menos en el país de origen) exija a cada persona hacerse pruebas previas, no puede embarcarse con una que no tiene confirmado si se puede aplicar a gente en “edad de riesgo”. Menos aún puede montar un gran espectáculo con un avión especialmente fletado a buscarlas.

Uruguay no necesita puestas en escena innecesarias ni promesas de poca credibilidad. Cuando el acuerdo se haya logrado, y ni un minuto antes, se anunciará y la vacunación empezará cuando la vacuna ya esté en plaza y el calendario de prioridades esté debidamente organizado.

Este gobierno se manejó con prudencia, con control y con discreción. En este tema, donde es tan fácil despertar falsas expectativas, es de esperar que siga actuando de igual forma.

Otro aspecto que afectó a la Navidad, en su faz más religiosa, es que no hubo celebraciones en los templos. Esto afectó a todas las iglesias cristianas que entienden que la festividad recuerda un hecho esencialmente religioso.

Una persona que se sentía perjudicada por la medida se lo reprochó al ministro Daniel Salinas que le respondió en forma muy breve, citando un texto evangélico en donde Cristo dice que donde haya dos o más personas reunidas en su nombre, el estará en medio de ellas.

El popular sacerdote Juan Andrés Verde se lo tomó mal y dijo que el ministro los estaba “toreando”. El ministro optó por ir en persona a conversarlo con el sacerdote para aclarar el malentendido y éste públicamente reconoció haberse sorprendido gratamente por el gesto.

No sé si el ministro es creyente o no, pero ciertamente demostró que podía expresar la fe cristiana mejor que el cura. Se supone que un creyente, aún en la burbuja causada por la emergencia sanitaria, puede sentir la presencia de Dios.

El episodio fue menor, casi anecdótico, pero muestra el mejor rostro de seres humanos que saben canalizar sus diferencias y entenderse.

Hay otra cosa que en esta realidad navideña queda clara. Ya nadie puede decir “en mi área no hay contagios”. Ese alarde que todavía algunos insisten en repetir, perdió vigencia y sentido. Con ocho muertes en un día (en el primer semestre de la emergencia era uno cada tres días aproximadamente), nadie puede ni debe asegurar con certeza que en su predio, en su actividad, en su rubro el virus no corre. El drama de esta pandemia es que al final se cuela por todas partes.

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