Tomás Linn
Tomás Linn

El unicato que ordena

La dictadura se consolida en Venezuela, pese a su desastrosa situación económica y a lo mucho que sufren los venezolanos.

En Argentina, el decaído (pero no caído) kirchnerismo hace todo tipo de trampas para mantener su obsoleto relato y que sea visto como tirano un gobierno que mostró ser más respetuoso del Estado de Derecho que sus infames antecesores.

Una estructura de pensamiento supuestamente racional pero apoyada en la mentira, en el invento y en la falsedad, soporta esa defensa de dictaduras y una resistencia tan trasnochada. Los Maduro, los Chávez, los Correa, los Kirchner y antes de ellos, muchos otros construyeron una realidad basada en la más pura mentira.

No es fácil construir un relato, y luego, imponerlo. Hace falta una forma de entender la militancia y un aparato que lo avale.

Sin llegar a los extremos de ninguno de estos dictadorzuelos elegidos, también en Uruguay hay, desde hace muchos años, constructores de relatos.

Son los dueños de la cultura, de las artes y (hasta cierto punto) de la academia. Fueron elaborando una forma única de ver y entender el mundo. Ninguna otra visión tiene cabida en este monopolio de la verdad y guay del que se atreva a cuestionarlo.

En un tiempo los escritores usaron su prestigio para imponer una verdad que no aceptaba alternativas. Autores de novelas y cuentos, algunos buenos otros no tanto, analizaban la política como si supieran y aparecían ante su público como profetas bíblicos. Los que no pensaban como ellos no tenían cabida en ese mundo de la cultura. Y como se habían apropiado de las secciones culturales de todos los medios, decidían quiénes eran aptos para ser parte de ese club y quiénes no.

También ganaron terreno en la vida académica. En Uruguay eso fue fácil. Había una única universidad, pública y gratuita, y con el cuento de que ella tenía que estar "comprometida con la sociedad" establecieron también su monopólica manera de leer, interpretar y explicar la realidad. Quien tuviera otra versión y otra lectura, debía ser excomulgado, denostado, denigrado y deshonrado. Sus ideas no podían colarse por rendijas indeseadas.

Es gracias a esa consistencia que el "relato" se impuso en tantos países. En Argentina, intelectuales y académicos reunidos en algo que se llamaba "Carta Abierta" dictaminaban no solo qué era la verdad, sino quién debía ser excluido de cualquier cofradía intelectual.

Porque hicieron eso hoy son capaces de insistir en su relato de resistencia y desprestigiar a quien piense de otra manera, afectando incluso la gobernabilidad de ese país.

En Uruguay todo es más sutil, sofisticado y con apariencia "civilizada". Pero el fenómeno existe.

Ante la muerte de un cantante inmensamente popular en su momento como fue Daniel Viglietti, era denostado quien se atreviera a cuestionar su forma política de pensar expresada en sus canciones. Lindas, por cierto, con una voz privilegiada y un talento especial para tocar la guitarra. Pero eso no quitaba que su mensaje fuera de una radicalizada militancia ideológica donde valía convertir en mitos, hechos que no ocurrieron como él los cantó.

Recordar eso y decirlo no estaba permitido. Por eso hubo una dura reacción contra una escritora que expresó su desacuerdo con la forma de pensar del cantante: escritora popular sin duda (ese era el problema), autora de novelas de temas originales y de estilo por cierto discutible, por decir lo menos. Pero que a mí no me guste como escribe es una opinión menor, si se tiene en cuenta el alto número de lectores leales que piensan lo contrario. Otros autores, también populares, recurrían a fáciles efectismos de estilo pero quizás no fueron tanto mejores.

El tema, en definitiva no era ese. Era que no podía pensar diferente a lo que la nomenclatura establece. Para que quedara claro que pensar por su propia cuenta estaba prohibido, hubo un patotero movimiento que intentó despojarla de un reconocimiento oficial concedido hace unos años.

Había que decapitarla y el mensaje debía quedar claro. En Uruguay funciona un único club que tiene el monopolio en las formas de pensar. Quien disiente, no debe siquiera existir.

En tiempos pasados la Iglesia Católica confeccionaba una lista de libros prohibidos (el "Index") y era pecado leerlos. Eso ya no corre más para los católicos, pero sigue existiendo para los intelectuales de la región. Hay textos, autores, artistas prohibidos en una suerte de "Index" por ellos confeccionado e impuesto para así ejercer una eficaz coerción social.

Esto todavía subsiste pese a los esfuerzos de algunos intelectuales más jóvenes que piensan, escriben y actúan con saludable independencia y sentido crítico y pese a los mayores espacios de libertad que emergen desde las nuevas universidades.

Pero no alcanza. En la medida que se fortaleció ese "unicato" intelectual, académico y cultural, la democracia uruguaya quedó severamente comprometida. No importa quién gobierne en el futuro, será rehén de esa rígida concepción de la realidad que contaminó y envenenó a muchas áreas de la actividad nacional.

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