Tomás Linn
Tomás Linn

Nos toman el pelo

Nos toman el pelo, nos subestiman, están tan cerrados en su verdad que poco les importa lo que el resto del país piense. Me refiero en concreto a la postura (o presunta falta de una) del Plenario del Frente Amplio respecto al Tratado de Libre Comercio (TLC) con Chile. Hasta el más chicanero de los abogados haría las cosas con otra elegancia.

Tiraron la pelota para delante, que es como decir que les importa un bledo si el Parlamento no aprueba un tratado ya firmado por el presidente Tabaré Vázquez y quien en su momento gobernaba Chile, Michelle Bachelet. También es como decir que les importa un bledo el propio presidente de la República (aunque sea correligionario) ni lo que su gobierno considere prioritario.

La reacción airada y preocupada, tanto del ministro de Economía Danilo Astori como del canciller Rodolfo Nin Novoa muestra que para el gobierno, el tratado es importante. Quienes siguen de cerca la agenda de Vázquez saben que la aprobación del tratado estuvo desde el primer día entre las prioridades de su gestión. Asimismo, la cancillería ha venido trabajando en el mismo sentido e instaló la idea de que para Uruguay es vital avanzar en diferentes tratados de libre comercio, pues esto le abre puertas al país en un mundo competitivo donde el que se queda quieto pierde.

El gobierno frentista no quiere quedarse quieto, pero el frentismo sí.

Hace ya rato que todos los mensajes emitidos desde el Frente Amplio son para argumentar que el aislamiento es bueno, que está bien que el país se encierre sobre si mismo y que retroceda. Aunque eso tenga un duro efecto sobre la calidad de vida de los uruguayos.

Al tirar la pelota hacia adelante, reclamaron más información para evaluar no tanto los impactos positivos del tratado, sino los negativos. Como si en todos estos meses no hubieran tenido tiempo para asesorarse. Como si recién ahora se interesaran en el tema. Ya nadie les cree, ya nadie se toma en serio sus tontas puestas en escena.

Todo Uruguay sabe que esa información la tienen y que de hecho no les sirve para nada porque decidieron bombardear el acuerdo desde el primer día. Se oponen al tratado porque la sola idea les eriza.

¿Por qué entonces no lo dicen a cara descubierta, en lugar de andar con vueltas? ¿Por qué no reconocen de una buena vez que son un grupo de reaccionarios, profundamente conservadores y retardatarios, que rechazan toda posibilidad de progreso y desarrollo? Qué lo digan, que se confiesen abiertamente, que admitan que en estos temas tienen los peores reflejos.

El enojo de Astori y de Nin Novoa demuestra que el TLC es importante y el país lo necesita. La población observa con atención ese enojo, porque de modo alguno puede ser la expresión de una frustración sino el anticipo de una advertencia: si no hay mayoría del Frente para votar ese acuerdo, pero la hay en ambas cámaras, el acuerdo se somete a votación. Qué también ellos hablen con claridad. Porque se sabe bien que con el apoyo de la oposición sumado al sector frentista que cree en el acuerdo, está representado el sentir de la mayoría del país en este tema concreto.

No hay otra alternativa. El presidente mostraría una enorme debilidad si uno de sus principales objetivos se diluye en las tácticas de postergación. Esta ha sido su gran propuesta en materia de política exterior; es la marca de identidad de su gestión. Si no lo hace, si no lo logra, su gobierno va camino a ser uno que pasó sin hacer nada, sin pena ni gloria, sin nada para escribir en los libros de historia. Y será sí, el gran responsable de haber dejado pasar una oportunidad única para el país.

El presidente, más que el Frente, deberá responder por este fracaso. Porque sabiendo que podía lograr apoyo, cayó rehén de un sector interno de su partido y fue débil.

No es ninguna deshonra, ni un gran drama que una ley por la que tanto bregó un presidente, se apruebe con votos cruzados. Pasó en los años 90, durante la presidencia de Bill Clinton en Estados Unidos. Clinton, que era demócrata, impulsó un tratado de comercio (el Nafta) con sus dos vecinos: Canadá y México. Pero no tenía los votos suficientes en la bancada demócrata, tradicionalmente proteccionista. Se jugó igual. Muchos de sus correligionarios demócratas lo rechazaron, pero la suma de los pocos que sí lo votaban junto con los de muchos republicanos que estaban de acuerdo con el Nafta, permitieron que el acuerdo saliera. Ni Estados Unidos se desestablizó, ni las instituciones entraron en crisis, ni la presidencia de Clinton se desmoronó. Recién ahora un presidente republicano como Trump, contra lo que ha sido una tradición consecuente de su partido a favor de una mayor libertad comercial, se propone revisar ese acuerdo.

Vázquez tiene que asumir el riesgo. Que los que quieren el TLC lo voten en el Parlamento y los que no lo quieren que voten en contra. Sin forzar conciencias ni falsas disciplinas partidarias. Tendrá éxito, el país se lo agradecerá y su presidencia, al menos en esa área, se salvará.

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