Tomás Linn
Tomás Linn

Sumisos y entreguistas

Los gobiernos anteriores a la primera presidencia de Tabaré Vázquez fueron todos entreguistas y mandaderos sumisos del imperialismo, del FMI y del Banco Mundial. Así lo decían los frentistas desde la oposición.

Los gobiernos anteriores a la primera presidencia de Tabaré Vázquez fueron todos entreguistas y mandaderos sumisos del imperialismo, del FMI y del Banco Mundial. Así lo decían los frentistas desde la oposición.

Para ellos, blancos y colorados no hicieron nada con genuina convicción. Siempre estuvieron a la orden de los poderosos de afuera, que les dictaban las políticas a adoptar. No aceptaban la posibilidad de que las decisiones se hubieran tomado por la simple razón de tener la certeza de que eso era lo correcto.

Por eso lanzaron consultas populares para frenar lo que veían como una continua entrega del patrimonio. Siempre había un “cangrejo bajo la piedra”. Nunca imaginaron ni los frentistas, ni los que gobernaban entonces, ni la población en general, que ceder, ser sumisos y entregar, sería exactamente lo que haría la izquierda una vez en el gobierno. Y que además lo admitirían a cara descubierta.

Muchas de las medidas tomadas en estos trece años fueron explicadas con la abierta confesión de que hubo concesiones. No es que creían en ellas: o se tomaban o habría consecuencias negativas para el país.

Aquello que tanto criticaron a otros y que anunciaron que jamás harían, hicieron.

Si se hurga en los archivos se comprobará que la lista es larga. Pero basta con detenerse en algunos casos emblemáticos.

Uno muy claro ocurrió cuando Paraguay fue suspendido del Mercosur porque su parlamento le hizo un juicio político al entonces presidente Fernando Lugo. La jugada del parlamento paraguayo fue dura y tosca pero más allá de la controversia provocada, se atuvo al procedimiento constitucional previsto. El problema de fondo estaba en que ese parlamento era reacio a aceptar el ingreso de Venezuela al Mercosur. Suspender a Paraguay, automáticamente facilitaba la entrada venezolana. Y era eso, no la pureza democrática guaraní, lo que importaba.

El canciller de Mujica, Luis Almagro, entendió que no era conveniente ni tenía sustento legal expulsar a Paraguay y así asesoró al presidente.

Mujica se reunió con las presidentas de Argentina y Brasil a puertas cerradas y cedió. Salió del encuentro con cara compungida, como diciendo que no era lo que hubiera querido y se justificó con su tristemente célebre: “pesó lo político sobre lo jurídico”.

Esa sola justificación dio a entender que en el fondo el entonces presidente no tuvo más remedio que dar el brazo a torcer.

Mujica también protagonizó otro episodio donde abiertamente admitió que debió ceder. Fue cuando acordó con Estados Unidos dar refugio a seis personas detenidas en la base de Guantánamo. Apresadas durante la guerra de Afganistán, junto con otros casi 800 sospechosos en una situación jurídica anormal, sin juicio ni condena, estas personas fueron traídas a Uruguay en un acuerdo con el gobierno de Barack Obama, que quería dejar de usar la base como cárcel.

El entusiasmo inicial mostrado por Mujica llamó la atención de los más radicales. ¿Por qué le hacía este favor al tan denostado imperialismo? Las cosas empeoraron cuando quedó en evidencia que el operativo estuvo diseñado con la más absoluta improvisación, como todo lo que hizo durante su gestión. La explicación de Mujica fue simple: cambió los presos por naranjas. Es decir, si queríamos exportar cítricos a Estados Unidos, primero y como contrapartida debíamos recibir a estas personas. O era eso, o nada.

Mujica hizo lo que siempre se acusó a los otros gobiernos de hacer. Doblegarse a los deseos de la gran potencia a cambio de alguna prebenda. Venderse al imperialismo. Y, parafraseando a Artigas, hacerlo “al bajo precio de la necesidad”.

El caso más reciente de una decisión tomada por presión externa, y confesada como tal, fue la decisión del gobierno de acompañar a los demás socios y suspender a Venezuela del Mercosur por no cumplir con la cláusula democrática.

La reticencia oficial a cuestionar al régimen dictatorial chavista estaba generando irritación en la gente. Por eso celebró que el gobierno, ante la irrefutable evidencia de lo que ocurría en Venezuela, haya votado esa suspensión. Si bien algunos sectores del Frente cuestionaron a su propio gobierno, quedó la idea de que el presidente había actuado por convicción.

No fue así. A los pocos días en una entrevista concedida al semanario “Búsqueda”, Vázquez confesó que Uruguay debió votar esa suspensión por temor a las represalias que pudieran tomar los demás socios del Mercosur.

No hubo convicción, hubo miedo. Una vez más Uruguay tomó una decisión en función de presuntas o reales presiones externas. Tal como lo ha venido haciendo desde que gobierna el Frente.

Los puros de la intransigencia, los que nunca cederían ante las presiones, los que no se doblega- rían, lo hicieron en forma confesa. Los que presumían que las decisiones de otros gobiernos no eran por convicción sino por sumisión, resultaron ser los más sumisos.

Esto no es una presunción. Una y otra vez ellos mismos lo han admitido y confesado. A la vista está.

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