Tomás Linn
Tomás Linn

El socio clave

La renuncia del ministro de Turismo volvió a encender una luz de alerta en un Partido Colorado que no termina de salir de su mala racha. Con las elecciones de 2019 creyó encontrar la posibilidad de ampliar su espacio gracias a un candidato que llamó la atención, pero la ilusión fue efímera.

En recientes semanas escribí sobre el Frente Amplio, la coalición de gobierno y el Partido Nacional. Ahora toca analizar al principal socio del gobierno, y más a la luz del episodio señalado.

Desde la elección de 2004 el Partido Colorado sigue buscando un lugar desde donde proyectarse. En dos oportunidades contó con candidatos que parecieron ofrecerle una salida, pero eventualmente no lo lograron. Pedro Bordaberry fue uno: consiguió que su partido obtuviera 17 por ciento de los votos en 2009 (una remontada después del 10 por ciento alcanzado en 2004) pero retrocedió en la siguiente elección. Fue fundamental para mantener al núcleo duro del partido durante estos años, pero no pudo sobrepasar ese techo. Eso lo llevó, quizás apresuradamente, a dejar la política después de varios períodos donde tuvo una vigorosa actuación en el Senado.

La segunda expectativa emergió con la candidatura de Ernesto Talvi, que aunque no tenía trayectoria política siempre estuvo cerca de ella. Se impuso en la interna y se llegó a pensar que podría eventualmente alcanzar a Lacalle en la elección nacional. No fue así, los colorados volvieron a sacar un 12% de votos, casi empatados con Cabildo Abierto. Talvi trasmitió durante la campaña cierta frialdad con la propuesta de la coalición que a esa altura parecía no solo inevitable, sino indispensable.

Una vez en el gobierno, no se adaptó a las reglas de la política y casi enseguida renunció a su cargo de ministro, a su banca y a la actividad política. Fue un duro golpe para un partido que prácticamente volvió al primer casillero justo cuando tenía la ilusión de haber comenzado un camino de recuperación.

Un error serio cometido tanto por Talvi como por Sanguinetti fue negarle a Bordaberry la posibilidad de presentar una lista propia al Senado. Bordaberry había renunciado a seguir en política y no participó de las internas. Pero en un reflejo tardío se le ocurrió que tal vez fuera buena idea abrir esa lista. Hubiera votado bien y si de especular se trata, tal vez le hubiera aportado votos a su partido (por pocos que fueran), restándole algo a Cabildo Abierto y convirtiéndolo en el socio fuerte de la coalición.

Hoy la figura referente del Partido Colorado sigue siendo Julio Sanguinetti. Tal como se vio en las internas, no tiene muchos votos, pero ejerce una poderosa influencia hacia adentro de su partido y hacia el gobierno, al ser un convencido defensor de la coalición. La forma serena y discreta con que manejo la breve crisis en torno la renuncia de Cardoso, así lo demuestra.

Tras las elecciones de 2019, se le prestó atención a las figuras nuevas para ver que potencial tenían. Carmen Sanguinetti, Conrado Rodríguez, Carolina Ache, Adrián Peña, Andrés Ojeda (por mencionar algunos) aparecían como posibles promesas. Pasó el tiempo (en medio de una paralizante pandemia) y esas figuras, dos años después, siguen siendo eso: potenciales promesas. No han crecido ni decrecido.

A nadie sorprendería que quien fue candidato a vicepresidente, Robert Silva, emerja como precandidato. Su actual cargo le da visibilidad pero le impide tener actuación partidaria. Sería un problema serio si a causa de una eventual aspiración política, se volviera demasiado prudente en su actual función en un momento en que está obligado a actuar con firmeza en el tema educativo.

En este incierto contexto, se opta por mirar lo que ya hay. Por eso resurge el nombre de Bordaberry, otro convencido propulsor de la coalición. Es una buena opción para una estrategia de “mantenimiento”, pero si se trata de darle un empuje fuerte al partido Colorado, se necesitaría a un Bordaberry muy renovado. Algo que no es impensable, pero no está en el horizonte.

La crisis desatada por el ministro Germán Cardoso, puso en evidencia las divisiones internas, lo cual parece un exceso para un partido que no pasa de tener 12 por ciento de los votos. Es llamativo ver en las redes las fervorosas discusiones entre sus militantes, que no conducen a dar la imagen de un partido proyectado hacia el futuro. Se discute mucho sobre la vigencia de aquel batllismo de comienzos de siglo XX sin adaptarlo a un mundo tan diferente como el actual o se levantan las banderas laicistas con legítimo orgullo, sí, pero con un fundamentalismo que a veces asusta.

La coalición necesita de los colorados y los colorados también necesitan de la coalición para mantener su vigencia y eventualmente crecer. De eso no debería haber dudas, aunque a veces no es ese el mensaje que trasmiten.

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