Tomás Linn
Tomás Linn

Sindicalistas suicidas

El aviso estaba bien pensado. Un hombre vestido con un overol rojo entraba a la casa. Sus dueños, una pareja, seguían mirando la televisión desde su sofá sin inmutarse. El hombre les dejaba una garrafa de supergás, se llevaba la otra, les hacía algún simpático gesto y se iba. Mostraba lo sencillo que era cambiar una garrafa ya usada, y cuan cercano, amistoso e incluso cariñoso era el servicio.

El aviso estaba bien pensado. Un hombre vestido con un overol rojo entraba a la casa. Sus dueños, una pareja, seguían mirando la televisión desde su sofá sin inmutarse. El hombre les dejaba una garrafa de supergás, se llevaba la otra, les hacía algún simpático gesto y se iba. Mostraba lo sencillo que era cambiar una garrafa ya usada, y cuan cercano, amistoso e incluso cariñoso era el servicio.

¿Cuánto se invirtió en hacer estos avisos ingeniosamente libretados y actuados? Vaya uno a saber. Lo cierto es que fueron al santo botón. El mensaje pareció corresponder con la realidad por solo un breve tiempo. Si hoy se repitieran esos mismos avisos, serían vistos como una burla, una bofetada al público.

Hace ya varios años, aunque éste quizás haya sido el peor, que se volvió una pesadilla conseguir una garrafa de supergás. Justo cuando más se la necesita es cuando no hay. A veces el cliente llama a quien hace el reparto y ni siquiera le contestan. En el mejor de los casos, una voz grabada anuncia que el servicio no será prestado.

La situación se empeora cuando empieza el invierno y crece la demanda. Y más en este invierno que fue largo. Es decir, cuando se inicia lo que sería la temporada alta, la zafra. Pasado ese momento, los clientes solo necesitan garrafas para sus cocinas y hornos para lo cual el recambio no es tan continuo. El negocio corre cuando hace frío.

Sin embargo, los sindicatos de las empresas de supergás están al acecho. No termina de resolverse un conflicto cuando empieza otro. A veces los paros son solo de una empresa, otras veces de otra, y al final, entran todas.

Es curioso, porque en el lenguaje militante la defensa soberana de las fuentes de energía son una gran bandera. No en este caso.

A nadie parece importarle un comino este continuo estado de conflicto, permanente y casi ininterrumpido. Y a nade afecta el daño que causa. Y hago la aclaración: daño que causa a la gente común. Otros, los más pudientes, tienen mejores formas de calefaccionar sus hogares y no dependen de las mentadas garrafas de 13 kilos.

Eso es lo vergonzoso del asunto. Los sindicalistas que se embanderan con causas populares en realidad perjudican a los sectores de menores recursos. Y a mucha gente le cuesta entender que los intereses específicos de los sindicatos (sean o no legítimos) no necesariamente coinciden con los intereses de la población. Por lo general se interponen y chocan entre sí.

Este es un caso. Para defender lo suyo (a veces por causas inauditas) los repartidores de supergás condenan “al pueblo” que tanto invocan a pasar frío. Frío real, no figurado. El peligro es que tanta hostilidad sindical se vuelva suicida.

La reiteración del hecho lleva a la gente a rebuscarse. No es fácil hacerlo. Hay fuentes de calor más baratas pero requieren una importante inversión inicial. Es el caso del aire acondicionado. Cada vez más hogares recurren a ese mecanismo. Da un calor inmediato, parejo, seco y sin olor. Y como el consumo de electricidad no es excesivo, tampoco es caro. Bien administrado puede ser más rendidor que el calefactor de supergás. Exige, sí, una erogación importante al comprarlo; es necesario contar con ese dinero inicial.

Como la gente no es tonta, sopesa ventajas y desventajas y en forma paulatina el proceso de recambio se está dando. La dificultad, año tras año, para conseguir las garrafas de supergás lo alienta y acelera aún más.

Queda una duda por cierto, propia de este país tan proclive a generar muchas incertidumbres y pocas seguridades. Todo indica que no hay, ni habrá en el futuro cercano, problemas de abastecimiento de energía eléctrica. Existen alternativas que cubren todo el espectro. Si falta por un lado, se suple por el otro.

Pero Uruguay fue siempre adepto a las apuestas de corto plazo. Hace 20 años todo indicaba que los radiadores de agua caliente con gas de cañería eran la mejor solución. Había en el horizonte promesas de grandes gasoductos que acercaban el producto con precios accesibles. Al final esa ilusión quedó trunca. Tan accesibles no eran.

El kerosene que alimentó estufas de todo tipo y calaña, era oloroso y riesgoso de manipular. Por eso se impuso el supergás. La modernización en su distribución (que el mencionado aviso ilustraba) ponía fin a un primitivo sistema anterior.

Pero los sindicatos están emperrados en matar la gallina de oro. El servicio nunca desaparecerá ya que hay que encender las hornallas y los hornos. Pero ante tanto incoveniente, mucha gente busca al menos reducir su dependencia.

Cuando el negocio se reduzca, alguna empresa deberá cerrar. Otras reducirán su personal. ¿A quién le echarán la culpa los trabajadores perjudicados? ¿A la patronal explotadora, al imperialismo, al capitalismo salvaje?

Los afiliados a los sindicatos, los que acataron lo resuelto por las asambleas, llegado ese momento, tendrían que ser honestos consigo mismos y señalar, sin pudor ni vergüenza, a sus líderes sindicales como los verdaderos culpables de la situación en que se encontrarán. Lo que están haciendo es suicida.


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