Tomás Linn
Tomás Linn

Siempre titubeando

Los hechos internacionales que afectan al país solo sirven para entreverar al gobierno y al oficialismo, tal como ocurre desde que asumió en 2005.

Las incongruencias y contradicciones arrancaron el día mismo en que Tabaré Vázquez, en su primera presidencia, designó como canciller a alguien que le iba a llevar la contra en todo. Hasta hoy, los tropiezos y desatinos no han parado.

Basta mencionar dos episodios recientes que muestran el desprecio que siente el oficialismo hacia cómo el país debe ubicarse frente al mundo. Uno fue la pretensión del expresidente José Mujica, figura fundamental del grupo político que hoy gobierna, de ir a un encuentro en Buenos Aires al que fue invitado. Al final hizo pública una carta explicando por qué no iba. El otro episodio es la demora de la cancillería en “evaluar” qué hará con el expresidente peruano Alan García, asilado en la embajada uruguaya en Lima. Podría decirse que hay desorientación en el gobierno, pero en todo caso esta sería deliberada, pues el Frente Amplio sabe bien lo que hace. En realidad los desorientados son los que ven cómo una arraigada tradición de cómo llevar a cabo esa política exterior está siendo arbitrariamente alterada. También desorientado debe estar el propio presidente (el actual, no el anterior) al comprobar que cada vez que tiene una intuición correcta, su propia fuerza política lo obliga a desviarse por otro camino.

Para decidir si corresponde el asilo a Alan García, primero debe establecerse si Perú es o no una democracia, si hay separación de poderes y si la justicia es independiente. Una vez concedido el asilo a un supuesto “perseguido político”, Uruguay automáticamente estaría definiendo a Perú como una dictadura.

¿Quiere eso el gobierno? Al demorar su “evaluación” sobre la situación en Lima, muestra que aquello que es evidente para buena parte de la población, no lo es para quienes mandan. Sin embargo, ya hay antecedentes de esta forma de encarar sus relaciones exteriores. Basta recordar cómo ante otra complicada disyuntiva internacional, el entonces presidente José Mujica optó por seguir la espantosa premisa de que “lo político estaba por encima de lo jurídico”.

Uruguay integró la Unasur, un supuesto organismo de integración regional que en los hechos fue un club de presidentes amigos, que se apoyaban entre sí con desprecio a las instituciones que regían en los países socios. Defendían al presidente compinche, no la Constitución, el Parlamento y el Poder Judicial del país donde gobernaba ese presidente. Ese reflejo para persistir.

El presidente peruano no persigue a Alan García. Sí hay un juez que quiere indagarlo e investigar las acusaciones que lo involucran con corrupción. Esto ocurre en cualquier país donde las instituciones funcionan. La corrupción es delito y si se demuestra que existió, se procede como corresponde.

Uruguay tiene un acuerdo de extradición con Perú. Con este episodio, ello podría llevar a una situación absurda. Si el gobierno decide darle el asilo, García se instalará en Uruguay. Pero si por otra parte, la Justicia peruana comprueba que el expresidente efectivamente fue corrupto: ¿pedirá la extradición a Uruguay? ¿Qué hace en ese caso el gobierno?

Mientras la cancillería titubea, muchos peruanos están enojados con Uruguay. Sienten que nuestro país trata al suyo como una dictadura, algo que ni siquiera se anima a hacer con Venezuela.

Simultáneamente con este hecho, se hizo pública la carta de Mujica que explica por qué no fue a un encuentro en Buenos Aires, supuestamente académico, aunque muchos lo consideraban como una “contracumbre” en respuesta a la cumbre del Grupo de los 20 que se realizará en Argentina. El encuentro terminó siendo una acto para ensalzar la figura de Cristina Kirchner, acusada de grosera corrupción, pero que igual pretende volver a ser presidenta.

Mujica quería ir a este encuentro, pero alguien con buen tino le hizo ver que su presencia, justo antes de una cumbre a la que asistirán los presidentes de países con los que Uruguay tiene buena relación diplomática y en algún caso, buena relación comercial, podía complicar las cosas. Mujica no es una figura cualquiera: fue presidente y es un líder clave del Frente Amplio que sigue gobernando al país. No puede ser oficialista y rebelde a la misma vez.

En estos casi 15 años de gobierno, Uruguay dio hacia el exterior malas señales. No tiene clara su política hacia el Medio Oriente, que es una forma de disimular una política que sí tiene clara. Sigue coqueteando con los regímenes venezolano y cubano. No tiene una estrategia firme en cuanto a comercio exterior y no sabe cómo ajustarse a los cambios de gobierno en los países de la región. Su política exterior no es consensuada dentro del país, no tiene un rumbo claro, y se deja llevar por el grito de la tribuna proferido en los comités militantes.

Tampoco hay señal de que esto cambie mientras el gobierno siga en manos frentistas. Está en su matriz ideológica lograr que las cosas sean como son.

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