Tomás Linn
Tomás Linn

La rutina sindical

Si el comienzo de año es oportunidad para evaluar, corregir y empezar de nuevo, debería ser un buen momento para que el movimiento sindical revise su discurso y procedimientos.

Le ayudaría a disminuir el agudo distanciamiento que tiene con el resto de la sociedad. Hay hartazgo, hay enojo y los sindicalistas no se dan cuenta de ello.

Su modus operandi es seguir adelante contra la corriente como si nada importara. Pero llegará el momento en que deberán pagar por tanta arrogancia y soberbia.

El proceso de alienación empezó hace mucho tiempo y fue paulatino aunque en tiempos recientes se aceleró. Habría que remontarse a la huelga municipal de 2002, en medio de la peor crisis económica que recuerde el país. El entonces intendente Mariano Arana había pactado un generoso acuerdo con Adeom, pese a que sabía, como lo sabía el país entero, que se venía un temporal devastador. Cuando llegó, la Intendencia no pudo afrontar los compromisos asumidos. Nadie en el país los podía afrontar. Las empresas se fundían, la gente perdía su empleo, el que no lo perdía aceptaba una reducción sustancial de su sueldo. Sin embargo, en medio del desastre, los empleados municipales querían que se cumpliera un acuerdo imposible. Podían pensar que bastaba subir los tributos municipales. Pero si ya había gente que no podía pagarlos, menos lo haría si estos subían.

Hubo una irritada reacción popular contra la agresiva actitud sindical. Pero no pasó de ahí y los sindicatos no recibieron el mensaje. Un fallo judicial, unos años después, les dio la razón con lo cual el presupuesto municipal se vio seriamente afectado y hubo un largo período en que nada se hizo en la ciudad.

Al no percibir ese malestar, siguieron en la suya. Se los escucha hablar y no se entiende lo que dicen. Su agresiva jerga es incomprensible.

No tienen, ni quieren tener, paciencia para negociar como hace cualquier sindicato en el resto del mundo. Empiezan por atrás tomando la más dura de las medidas para luego anunciar que están “dispuestos al diálogo”. ¿Cómo dialogar cuando la actitud es, por así decirlo, chantajista? El perjudicado siempre es, para usar una expresión que les es cara, “el pueblo”.

Son autoritarios. Es cada vez más evidente que una parte de quienes trabajan en un lugar en conflicto, no quiere la huelga. Pero la prepotencia se impone y hace que el resto acate en silencio, aunque su bronca lo carcoma por dentro.

Muchas veces sus paros y la ocupación de lugares de trabajo (una manera de impedir que ingrese quien sí desea trabajar) responde a causas confusas, por decir lo menos. Hubo situaciones en que apoyaron a compañeros sancionados que no merecían ser defendidos, mostrando así sus flancos y contradicciones. El sindicato está, sin duda, para responder por los intereses de sus afiliados. Pero cuando alguno de ellos incurre en inconductas indefendibles, lo decente es que el sindicato lo reconozca. De otro modo, en lugar de una organización que representa a los trabajadores, se vuelve en una suerte de mafia que recurre al método del chantaje para salirse con la suya.

Algunos episodios en distintos lugares del país evidenciaron ese hartazgo. En Salto, un grupo de mujeres con coraje y a voz en cuello, recriminaron a los dirigentes sindicales que no las dejaban entrar a trabajar. Eso fue filmado y trasmitido. Con una retórica incomprensible, cargada de modismos ideológicos sin sentido, les bloquearon la entrada. Estas mujeres reclamaron con firmeza, con sensatez, altura y en clara defensa de sus derechos, sus intereses y sus verdades. No tuvieron suerte pero quedó en evidencia que el sindicato no representaba a los trabajadores ni expresaba sus necesidades.

Otro episodio fue el de una estación de servicio en un pueblo de Tacuarembó. La población entera, trabajadores, peones, productores, comerciantes y familias arremetieron contra una estación de servicio ocupada por sindicalistas, algunos importados desde Montevideo. Ese fue un “basta” bien clarito que todavía no ha sido debidamente digerido por esta obtusa dirigencia.

En Montevideo, al ser más grande y compleja, todavía hay cierta sumisión a los dictados de los dirigentes. Pero no hay que hacer encuestas para percibir el creciente fastidio que sus actitudes generan, o como su obcecada manera de trabajar atenta contra los asalariados, o como se encerraron en un mundillo ajeno a la realidad. Todavía creen que con solo alardear de su condición de sindicalistas, lograrán solidaridad inmediata. Ya no.

Este hartazgo seguirá creciendo por la simple razón de que los dirigentes no escuchan, no atienden, no aprenden.

En toda sociedad libre es bueno que los asalariados recurran a sindicatos bien plantados, liderados por gente que sabe canalizar sus reclamos y conseguir los objetivos propuestos. Por eso, el desgaste y desprestigio del movimiento sindical en Uruguay, se convierte en un problema para todos, y en especial para quienes viven de sus sueldos.

La cuestión es que sus dirigentes no se dan cuenta ni les importa.

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