Tomás Linn
Tomás Linn

Replegarse y embrutecerse

Muere gente, se desvalijan casas, se frustran proyectos, el miedo se extiende. Esas son las consecuencias más obvias de la inseguridad imperante.

Hay otras, no tan visibles, no tan dramáticas en principio, pero que terminarán cerrando a la gente, cerrando a la sociedad, haciéndola cada vez más primitiva y más tosca. Más bruta.

Basta ver las consecuencias de los asaltos con explosivos, que permitieron destruir y desvalijar los cajeros automáticos. Los que funcionan casi nunca tienen plata por razones preventivas. A algunos los cambian de lugar o los cierran a ciertas horas. Todo lo que implicó ese modernizador servicio que debía simplificarle la vida a la gente, empieza a desaparecer. Sacar plata se vuelve una pesadilla, una distorsión a las simples rutinas cotidianas de la gente. Las soluciones, a falta de otras, terminan convirtiendo a este en un país que va para atrás, que se atrasa: una sociedad rehén de los ladrones.

Quizás este sea un ejemplo emblemático de algo que hace rato viene pasando. Para no ser víctima (o al menos ser lo menos víctima posible) la gente toma sus propias medidas de seguridad y estas tienden a ser regresivas, claustrofóbicas e incómodas. Se sale con la menor cantidad de dinero posible, las tarjetas (imprescindibles con la creciente bancarización de la economía doméstica) se esconden, la costumbre de las mujeres de andar con carteras donde (para su gran comodidad) llevan todo lo necesario, va desapareciendo o en todo caso ya no cargan con todo lo necesario. Las casas empiezan a encerrarse. Rejas, puertas blindadas, alarmas cada vez más sofisticadas y otros elementos que para el común de la gente implican desembolsos costosos e irritantes.

Mientras tanto, el negocio de la droga se expande y mete miedo (eso de que algunos asesinatos son "por ajuste de cuentas" no atenúa su gravedad), a los ladrones nadie los atrapa. Cuando ocurre, su castigo no pasa de ser un breve paseo por alguna cárcel. El botín no se recupera. Menos aún se recuperan las vidas perdidas. A lo cual se añade esta absurda e imperdonable tragedia de hombres que matan a mujeres, porque sí.

El mensaje dice que es fácil hacerlo. Si se roba o se mata, en realidad no pasa nada. Por eso ocurre con tanta frecuencia. Si se roban los cajeros, se los saca del camino pero no se atrapa a los ladrones. La noticia cruzó fronteras y quizás por eso vino una banda de mexicanos para cometer un espectacular atraco en una joyería en Punta del Este. Claro, como en el cuento para niños, dejaron su rastro de migas por todos lados y cayeron. Venir a robar será fácil, pero no es regalado. Hay ciertos recaudos que deben tomarse. Códigos que los de acá conocen bien. Por eso zafan.

Este repliegue de la sociedad ante una criminalidad que gana terreno, alienta los pedidos de mano dura. Por eso surgen ideas como la de apelar a los militares o poner pena perpetua o reclamar en las redes que se instale la pena de muerte. El problema, sin embargo, no está en determinar cuál es la solución final, sino en cómo dar correctamente los primeros pasos.

Si una fiscal da una orden de allanamiento para atrapar a un criminal prófugo y siempre se llega al lugar unos minutos tarde, hay un problema en el arranque mismo de las cosas.

Si un juez enfrenta a un delincuente detenido en un procedimiento policial confuso y con evidencias endebles, es poco lo que puede hacer. Para cualquier juez, peor que dejar libre a un asesino es mandar preso a alguien que no lo es. Ante la duda, se frena.

Luego están los jueces benignos, que los hay. Es verdad que no hay pena perpetua en Uruguay, pero un juez puede recurrir a las sentencias más largas ya previstas en la legislación actual. Sin embargo muchos no lo hacen, prefieren ir a menos y además otorgan la libertad anticipada por buena conducta. Con lo cual, por grave que sea el delito, la prisión será muy corta. Si hoy hay quienes aplican penas bajas pudiendo recurrir a las más altas, ¿qué hace pensar que un juez cambiará de actitud por el solo hecho de que exista la pena perpetua?

A esto hay que sumar otra larga lista: las condiciones de las cárceles, las salidas transitorias, los que se fugan. Lista que desmiente el clásico mensaje de que el delito no paga. Los delincuentes saben que al final se saldrán con la suya. Y actúan en consecuencia.

En la medida que encuentran el terreno preparado para sus acciones, avanzan. La respuesta de la sociedad es la ya mencionada. Retroceder. Cada vez un paso más.

El resultado es alarmante. El repliegue implica pérdida de libertad. Libertad básica y esencial, y la libertad cotidiana que vienen dadas por algunas modernizaciones. Muchas cosas dejan de hacerse. El miedo campea. En los hechos se impone una suerte de toque de queda. Nos encerramos, no salimos, volvemos a formas de vida más primitivas.

En medio de eso, la delincuencia campea y si algo se interpone en su camino, nunca es tan serio como para desalentarla. Se corrió la voz: en Uruguay se puede, es fácil, no hay sanción.

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