Tomás Linn
Tomás Linn

Quincena agitada

  

Ni bien arrancó a funcionar el nuevo gobierno, se encontró imprevistamente con un mundo convulsionado y lleno de incertidumbre por efecto de la pandemia del Coronavirus, con su impresionante cadena de consecuencias sobre la convivencia, la economía y toda actividad que implique movilizarse y reunirse.

Se trata de un verdadero terremoto a escala universal, que hace imposible pronosticar y planificar nada: ni en Beijing, ni en Milán, ni en Washington, Buenos Aires o Montevideo. El petróleo baja, el dólar sube, nadie viaja, la gente no sale de su casa, las bolsas caen, los vuelos se suspenden, la actividad comercial, industrial, productiva, deportiva, turística y hasta educativa se paraliza en un mundo donde nadie quiere moverse de donde está ni nadie salir hacia donde pensaba hacerlo. La posibilidad de hacer pronósticos y tomar previsiones en el área que sea, parece hoy desbordada.

En ese contexto de absoluta incertidumbre universal, empezó a funcionar el nuevo gobierno.

De inmediato debió enfocarse a tomar enérgicas medidas ante la llegada de la enfermedad a Uruguay, lo que era inevitable, así como afrontar los efectos económicos que la pandemia produce: por un lado la sostenida suba del dólar que empezó lentamente en febrero, pero que se aceleró en los últimos quince días; por otro lado la baja del precio del petróleo, quizás la única buena cosa en medio de tantos sacudones.

El Ministerio de Salud Pública está en alerta permanente y aconseja a la población que medidas tomar. El tema es que el hacerle caso a esas recomendaciones llevó a que el stock de alcohol en gel se agotara. Eso debería resolverse lo más rápido posible. Uruguay está preparado según el ministerio, pero en otros países los hechos demuestran que cuando el virus llega, los preparativos previstos rápidamente quedan desbordados.

Junto con el Ministerio de Educación y Cultura se han estado previendo contingencias como el cierre de escuelas, según como avance la pandemia, y el pase a cursos a distancia con el apoyo del plan Ceibal. El Ministerio de Relaciones Exteriores trabaja sobre la situación de uruguayos que quedaron varados en el exterior.

Pandemia o no, el país no se detiene y más allá de lo referido al coronavirus, el gobierno debió empezar a funcionar y lo ha hecho con inusitada energía.

Como estaba previsto y pese a que no era lo que quería hacer de acuerdo a las promesas electorales, anunció los aumentos de tarifas de todos los servicios menos los combustibles. Al recibir empresas públicas con tarifas que no fueron aumentadas en el momento en que correspondía, se vio obligado a hacerlo ahora. De todos modos, apuesta a reducir el costo del funcionamiento de estas empresas para en el futuro evitar nuevas subas.

Tampoco el Ministerio de Interior perdió tiempo ante el reclamo popular para actuar con energía y eficacia. Eso le ha generado problemas por cuanto el “relato” frentista ya empezó a elaborar sus cuentos con inusitada agresividad. Hace bien la Policía en grabar sus procedimientos (como lo hizo en un polémico caso que quedó rápidamente desvirtuado) y es de esperar que lo haga en todo tiempo y lugar. Evita los malentendidos y las zancadillas que a veces el relato pretende imponer. También sería bueno que en cada procedimiento los agentes se atengan a hacer las preguntas de rigor y sean parcos aunque correctos. Demasiada conversación no ayuda. Ante la provocación, que la habrá y mucha, una amable parquedad evitará caer en trampas que algunos están ansiosos de tender.

Asimismo el Ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Talvi, empezó a actuar con claridad y firmeza y ya dio algunos pasos que importan por su valor simbólico. Por lo pronto, decidió que Uruguay saliera (finalmente) de la Unasur. E hizo bien. No era éste un organismo internacional que asociaba a un grupo de estados como tales. Era apenas un club de presidentes amigos y cómplices, que se defendían entre si con total desprecio a las otras instituciones que conforman un país. Ya casi no funcionaba, es verdad, pero el solo hecho de no haberse borrado antes era un motivo de desprestigio para Uruguay.

Asimismo, el canciller anunció que en pocos días viajará a Washington para asistir a la Asamblea de la OEA que elegirá (o reelegirá) al próximo Secretario General de la OEA. Uruguay quiere la reelección de Luis Almagro. Si se consideran las demás opciones, no hay otra alternativa. La ecuatoriana María Fernanda Espinosa se presenta casi como una vocera del chavismo en la OEA y el peruano Hugo de Zela no parece que mostrará la misma firmeza de Almagro en lo que se refiere a los tres países latinoamericanos que ya ni siquiera pueden ser calificados de democracias imperfectas, sino lisa y llanamente de dictaduras.

Así las cosas, el gobierno se está moviendo y en estas dos semanas de gestión, ni la comarca ni el mundo le ha dado tregua. El coronavirus trastornó todo, y tal como decía aquella afamada serie televisiva, “se nos viene el invierno”.

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