Tomás Linn
Tomás Linn

Política y políticos

Durante demasiado tiempo han circulado comentarios despectivos aludiendo a la pobre calidad de los políticos y en especial a la de los dirigentes opositores.

Ha sido tan insistente esa prédica que melló la confianza de mucha gente hacia quienes gobiernan o quienes desde la oposición, intentan mostrar posibles alternativas a lo que el oficialismo propone.

Los políticos cometen errores, dicen cosas a contrapelo, tropiezan, y hacen enojar. Está bien que la población se fastidie y que la prensa lo señale. En definitiva, toda persona que asume responsabilidades, comete errores y debe dar cuenta de sus actos. Pero no por ello una sociedad puede prescindir de quienes tienen tareas asignadas y están ahí para cumplirlas. Los políticos son quienes nos representan, son parte de esta sociedad y son tan buenos o tan malos como somos el resto de los uruguayos.

El constante ataque a los políticos, y en especial a los opositores, pudo haber generado cierta confusión en mucha gente pero el resultado de las elecciones internas demostró que los votantes optaron por los tan denostados políticos antes que por las mesiánicas figuras de último momento, que si bien no les fue tan mal, igual quedaron abrumados por la masiva votación a los políticos de siempre.

Es verdad que durante estos años a la oposición le fue difícil responder a todo aquello que no le gustaba del oficialismo. Pero también es verdad que el FA tuvo durante tres períodos una mayoría parlamentaria que le quitó a los demás espacio. Las leyes salían porque así lo quería el Frente y ni siquiera existía la posibilidad de que los grupos opositores negociaran cambios para darle un mayor respaldo a esas mismas leyes y que además estuvieran mejor presentadas. Al oficialismo no le interesaba; siempre prefirió pasar la aplanadora y celebrar su victoria.

Por otro lado, la población se enfrascó un clima de complacencia hacia la prédica oficial, que prácticamente paralizó los discursos opositores. Por lo tanto, como pasa en cualquier democracia, lo mejor suele ser practicar aquella vieja máxima de “desensillar hasta que aclare”. Más que desensillar, los grupos opositores midieron cuándo hacer ruido y cuándo replegarse, más con un oficialismo despiadado al cuestionar a sus adversarios.

Aún así, se siguió trabajando. Luis Lacalle Pou presentó una vez por año, 20 medidas para aplicar en lo inmediato. No eran propuestas electorales pensadas para el futuro, sino medidas para enfrentar situaciones candentes en ese momento. Tampoco las propuso para sí mismo, sino para que el gobierno las pudiera usar como insumo. Nunca fueron tenidas en cuenta. Sin embargo, esa práctica puso fin a la cantinela oficialista de que “a la oposición no se le cae una idea”.

Cuando Lacalle se dio cuenta que una comisión multipartidaria convocada por el presidente Vázquez para combatir la delincuencia planteaba buenas ideas que nunca serían apoyadas por la bancada frentista, la de del propio presidente, decidió que su sector debía retirarse. En su momento fue criticado, pero demostró tener razón.

Por lo tanto la oposición, en el escaso margen que contó para moverse, estuvo. Hubo buenos legisladores en todos los partidos. Pedro Bordaberry se destacó como senador. También Pablo Mieres. La bancada blanca actuó en sólido bloque. Se investigaron casos escandalosos, como Ancap y los manejos en ciertas áreas de la salud. Trabajaron, denunciaron y de paso fueron adquiriendo experiencia.

El problema surge cuando algunos votantes empiezan a decepcionarse de los gobernantes a los que venían votando elección tras elección. ¿Cómo evitar que los desencantados voten a otros? De ahí surge eso de impulsar la idea de que los del bando opuesto eran malos políticos. ¿Para qué votarlos entonces?, ¿porqué no seguir con lo ya conocido, pese a sus notorios defectos? Esta idea prendió en filas frentistas y más aún en quienes diciendo que jamás votarían al Frente, igual empezaron a cuestionar a quienes sí podían votar.

En sus recientes columnas en El País, Pablo da Silveira se refirió a este fenómeno al que llama la “antipolítica” y también celebró que las elecciones internas dejaran claro que para buena parte de los votantes, los políticos importan.

La idea de que los políticos no dan con la talla, que no tiene propuestas, que muestran una gran pobreza intelectual, alimenta la antipolítica y empieza a dar lugar a aquella temeraria consigna argentina de comienzos de este siglo, “que se vayan todos”. Cuando se van todos, solo hay lugar para las dictaduras.

Incluso un precandidato no frentista, al procurar defender uno de sus insostenibles proyectos, lanzó una durísima crítica al Parlamento como tal, creyendo que con eso obtendría el favor de un público enojado con sus representantes. No tuvo eco. Un país sin Parlamento, es un país sin libertad. Eso ya la sabemos por experiencia.

La votación clara y serena en las internas dio la señal de que era hora de terminar con estas acusaciones y empezar a valorar a los políticos que hay en el escenario. No serán los de la época de la transición, sin duda, pero reflejan un nuevo tiempo, expresen a las nuevas generaciones y han consolidado su legitimidad.

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