Tomás Linn
Tomás Linn

Sin plata y sin ideas

El cumplimiento de las rutinas institucionales a veces nos anestesia. Se procesan, se discuten, se cumplen. Pero en su ritual queda disimulado el trasfondo real, el mal endémico que esconden. Ocurre con el debate respecto a la Rendición de Cuentas. Se habla sobre cuánto va para cada quien, de dónde sale el dinero y al final, en cuánto queda el déficit. Resuelto eso, se vota y todo sigue igual hasta la próxima.

En el proceso se van diluyendo los reclamos, que resurgirán en la próxima. Aparentan pedir más recursos para los servicios públicos, pero en realidad solo demandan subas de sueldos y más empleados, sin siquiera saber cuan necesarios son y si esos funcionarios son los capacitados para cada tarea.

En el curso del debate aparece ese mal endémico, sin cura aparente y que nadie sabe cómo resolver. Es que no importa cuanta plata se recaude ni cuanto suben los impuestos, nunca alcanza.

La educación no logra tener un presupuesto suficiente; Salud Pública aduce que no tiene dinero para cubrir los costos de medicamentos cruciales pero carísimos; no hay fondos para recomponer a nuevo la red vial; la armada está tan apretada en su presupuesto que no puede custodiar nuestras costas; los tribunales no cuentan con recursos para que sus juicios sean eficaces y rápidos; no hay plata para solventar una fuerza policial efectiva; una larga lista de obras públicas debe postergarse por falta de dinero; el sistema previsional es deficitario; no hay recursos para la investigación científica ni para la innovación tecnológica. Y la lista puede seguir.

Nunca nada alcanza ni a nadie le alcanza. El resultado es contar con un Estado tremendamente costoso que no cumple sus funciones. Que no sirve. Un Estado que se lo paga entre todos, pero que todo se lo traga; además le quita recursos y energía a la actividad productiva. Ello genera un círculo vicioso sin salida.

A eso se suman los proyectos a los que el Estado apuesta e invierte y luego no tiene más remedio que abandonar porque eran ideas inviables. Se trata de drenajes absurdos de un dinero que pudo haber tenido mejor destino. Los derroches en Pluna, Alas U, la regasificadora y Ancap son ejemplo de ello.

Un Estado costoso pero estéril es un sinsentido. El dinero recaudado irá a pagar sueldos, no trabajo productivo o siquiera lo que corresponde por realizar funciones necesarias.

La solución impositiva solo agrava el problema. Se pide más, se recauda más, pero llega un momento que ya no hay de dónde rascar y la productividad tan abusada desciende. La solución buscada por un lado termina siendo una trampa por otro. El país lo está viendo en estos momentos con la inmensa frustración que muestran los sectores vinculados al agro. Dejaron de ser productivos por ninguna otra razón de que ya no aguantan la presión.

Este es pues el tema que Uruguay tiene pendiente desde hace décadas y que se agudizó con los últimos gobiernos frentistas. Parece bueno que, ante un clima de necesidad de cambio, sea hora de finalmente modificar esta perniciosa manera de discutir los asuntos presupuestales.

No es cuestión de entrar en la vieja discusión de si más estado o menos estado. La lista de funcionamientos defectuosos que señalé más arriba se observan en actividades donde, en líneas generales, solo el Estado puede actuar. Pero su presencia es inocua y por lo tanto cuesta dinero y no sirve.

Se trata de discutir un mejor uso de recursos y de disponer de la gente más idónea. No de repartir cargos a costa de impuestos, sino de pedirle a la gente que sabe y se formó, que haga bien lo que es necesario hacer.

Si no fuera porque la situación es dramática, la letanía de queja permanente por parte de diferentes jerarcas que no tienen recursos para cumplir sus tareas, parece de caricatura. Pero lo cierto es que están atados de pies y manos pues no tienen plata. Ninguno la tiene.

Se viene un año electoral, los partidos de oposición están reperfilando sus liderazgos y sus candidaturas, saben que hay una retórica oficialista gastada a la que ya le pasó su tiempo: lo ven en un oficialismo que no tiene respuestas. Esto ofrece una oportunidad única para que de una vez por todas se aborde este tema.

No es cuestión de refundar la nación, simplemente de reordenar la forma de gastar el dinero en beneficio de los ciudadanos y habitantes del país y no de los empleados públicos sindicalizados. Es hacer que el país funcione bien, que cada uno cumpla la tarea que le fue asignada, que se vean resultados.

Esto de vivir siempre bajo una manta corta que no cubre todo, en un país lleno de servicios que no marchan, de oficinas que no funcionan, empieza a cansar.

¿Será esta nueva instancia electoral una oportunidad para ordenar las prioridades? Las comparaciones con el pasado, los antecedentes en situaciones similares, no permiten ser demasiado optimistas.

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