Tomás Linn
Tomás Linn

Pasado y presente

Si alguien nació en los días en que ocurrió la tan mentada toma de Pando, hoy tendría 51 años; 47 si nació cuando el golpe de Estado; 36 años los que llegaron al mundo el día que asumió Sanguinetti y volvió la democracia.

Se trata de gente que ya tiene una vida hecha aunque nunca vivió esos cruciales acontecimientos. Además están los que hoy asisten a sus primeros años de universidad, nacidos cuando cayeron las torres gemelas o cuando estalló la brutal crisis de 2002. Son grandes pe-ro no vieron a Jorge Batlle actuar como presidente.

Sin embargo de todo eso se habla como si hubiera ocurrido ayer nomás. Generaciones enteras que nacieron mucho después de esos hechos, deben vivir como presente lo que no es presente. Cada vez que el país quiere arrancar hacia adelante, aparecen estas sombras del pasado que lo frenan y envenenan.

Parte del problema es que los protagonistas de esa época dejaron expuestos problemas a los que nunca dieron respuesta. La guerrilla tupamara tejió un relato fantástico de lo que consideraban sus proezas. Mucho mito y leyenda, poca verdad. Lo cierto es que se alzaron en armas contra una democracia, no contra una dictadura, derramaron sangre y hoy, aunque no entonces, generan una simpatía que no existió en su momento.

Tampoco los militares dieron respuesta por sus violaciones a los derechos humanos ni por haber dado el golpe de estado. Los viejos oficiales de aquella época ven revolver la tierra en los cuarteles buscando restos de desaparecidos y callan. Callan sabiendo que lo que buscan está cerca o está lejos.

Muchos partidos y organizaciones sindicales cuentan la historia olvidando que ellos también querían una revolución a la cubana que terminara con la democracia.

En la medida que el tiempo pasa y no aparecen respuestas, los relatos se arraigan y los mitos campean: el pasado no cierra. Nadie sale a explicarlo, se milita por él como si todo hubiera ocurrido anoche.

Así por ejemplo se rinde homenaje a un gran fracaso, la llamada toma de Pando, ocurrida un 8 de octubre de 1969. O sea, hace más de medio siglo. ¡Vaya si eso es historia! Ni siquiera califica para llamarla “reciente”.

Pando fue atacada por los tupamaros es verdad, pero no fue tomada, ni ocupada, ni conquistada. Llegaron, armaron un desparramo y huyeron. En el camino murieron policías, tupamaros y un civil que tuvo la mala suerte de estar en el lado equivocado y cayó en el fuego cruzado. Pese a los muertos, incluidos los propios, al terminar su acción los tupamaros se fueron a tomar una cerveza, según cuenta José Mujica en la película de Kusturica.

Si eso es verdad, eriza pensar que en caliente, se hayan tomado a la ligera un asunto tan dramático. Y si es inventado, asombra la liviandad con que semejante banalidad se busca registrar hoy como cierta.

En definitiva, así optaron los tupamaros por narrar su propio pasado. Basta leer los viejos libritos sobre su historia escritos por Eleuterio Fernández Huidobro. La irresponsabilidad y la frivolidad con que describe sus acciones, sorprendería a muchos. Porque en realidad, para quienes los sufrieron, de frívolas no tuvieron nada.

Ahora apareció en un liceo un cartel de la JUP defendiendo la LUC y atacando a la izquierda. Más de tres cuartas partes de la población debió buscar en wikipedia qué era esto de la JUP, la Juventud Uruguaya de Pie.

Fue un efímero grupo de derecha, tan radicalizado como lo fueron varios grupos de izquierda que hubo en aquellos años. Su objetivo era hacerle frente desde la ultraderecha a los “ultras” de izquierda, por lo general con violencia. Vino, fue y pasó. Por eso su presunto resurgimiento llama la atención. Nada de lo que pasa hoy tiene que ver con los hechos de fines de los 60 y comienzos de los 70, aunque algunos frentistas quieran creer que sí.

El sindicato de los profesores, Fenapes, exigió que el cartel fuera removido del liceo. Por supuesto, debe ser removido sin chistar. ¿Pero por qué lo reclama Fenapes? Hace unos meses reaccionó airado cuando prohibieron a sus afiliados entrar con mini-pasacalles a los liceos: en sus tapabocas exhibían leyendas contra la LUC.

Por la misma razón que muchos estamos en contra de los carteles de la JUP, antes estuvimos en contra de los tapabocas propagandísticos de Fenapes. Pero si Fenapes quisiera evitar el cinismo y ser coherente consigo misma, debería aprobar que esos carteles se mantengan con el mismo argumento que usó para sí misma: no violan la laicidad, dijo en ese momento, son un puro ejercicio de la libertad de expresión.

Así estamos pues. Viviendo el pasado como si fuera actual. Exacerbando la historia para crear en forma artificial el mismo clima de crispación de aquellos años, aunque las circunstancias son bien distintas.

Parecen esos grupos que se disfrazan de época y con lanzas y sables recrean batallas y hechos de una historia remota. Solo que aquellos los hacen como mera recreación con fines de entretenimiento y estos con la absurda pretensión de pensar que es parte de nuestro cotidiano presente.

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