Tomás Linn
Tomás Linn

Ni omisión ni asfixia

Si este siempre fue un país gruñón, la pandemia lo empeoró. Los que pedían más medidas ahora las cuestionan. Los que no querían medidas, ahora reclaman más. Los que le tenían miedo a la presencialidad en escuelas y liceos, ahora exigen que la haya.

Los que suplican restringir la movilidad, no quieren disolver aglomeraciones. Los que protestaron porque se demoró la llegada de la vacuna, ya no se quieren vacunar. Se reciben unos 400 médicos por año pero ninguno quiso ser intensivista.

En un país donde sobran empleados públicos, siempre faltan justo en la oficina que pidió turno para quejarse. “Falta gente, faltan recursos” es el llanto plañidero que recorre dependencia por dependencia para justificar su incapacidad para hacer lo que hay que hacer. Cuando se restringen determinadas actividades, casualmente son esas donde no se propaga el virus. Parecería que hay quienes no se enteraron que el virus está en todas partes y no se detiene ante protocolo o aforo alguno. ¿Por qué no cierran los shoppings?, se preguntan los que no tienen obligación de ir a uno. Si preocupa que sigan abiertos lugares no alcanzados por las restricciones, bastaría con no ir. Nadie está forzado a visitar los shoppings, los casinos ni a congestionar la rambla.

¿O es que hay que esperar la orden del presidente para acatar?

Enfrentar una peste, una plaga, una epidemia y más aún, una pandemia es un enorme desafío para toda democracia que se precie de serlo.

Cunde el miedo, lo cual hasta cierto punto es deseable porque es lo que lleva a que la gente se cuide y proteja. Son necesarias medidas que defiendan a la población de una enfermedad contagiosa como el Covid-19, fea de sobrellevar y de la que no siempre se sobrevive. Pone a prueba los sistemas de salud y presiona sobre los científicos que deben estudiar algo que hasta ayer era desconocido.

A eso se suman las estrategias que diseñan los gobiernos para controlar una epidemia. Son medidas que pueden terminar en formas despóticas de controlar nuestras vidas. Hasta en sus más mínimos detalles. He ahí el otro peligro de la pandemia.

Algunos países imponen el toque de queda o lo que se dio en llamar el “lockdown”. Cierran fronteras y aíslan provincias, estados o municipalidades según lo que urja hacer. En Alemania se quiso cerrar todo en Semana Santa, incluso comercios de abastecimiento básico, pero la canciller federal Angela Merkel retrocedió y pidió disculpas. En Argentina, para circular por ciudades y rutas, hubo que tramitar un permiso especial y la Policía detenía autos para ver si sus ocupantes lo tenían.

Estas medidas rígidas se explican, pero solo hasta un punto, por lo dramático de la situación. Si se hubiera aplicado un paquete duro en Uruguay quizás habría que haber recurrido a instrumentos constitucionales extremos como las Medidas Prontas de Seguridad. De hecho, para disolver aglomeraciones se aprobó una ley especial para aplicar una excepción prevista en el artículo 38 de la Constitución: una ley con plazo, por lo que su extensión exigió votar otra ley, también con plazo.

Resolver medidas tan severas para contener la epidemia implica recortar derechos, libertades y trabar la economía al punto de paralizarla con todo lo que ello significa. Muchos comercios que funcionan bien en el día a día quizás nunca más abran. Habrá oficios y tareas que desaparecerán para siempre y se instalará un desempleo endémico. Son daños que afectan la salud de la gente y destrozan la calidad de vida de familias enteras. Nada de eso se arregla con subsidios ni transferencias sociales, aun cuando sean imprescindibles.

Ni las medidas más severas logran parar la pandemia. En Argentina hubo cuarentena obligatoria y el virus se expandió como si nada.

En la norteña provincia argentina de Formosa, las medidas para evitar contagios llegaron a extremos dictatoriales. Lisa y llanamente hubo violación flagrante de derechos humanos básicos y se aplicaron medidas de inusitada crueldad.

Por eso, si bien ello alimenta la plañidera queja de los que nada les conforma, debe reconocerse como un hecho positivo que Uruguay manejó bien la situación. Tomó medidas restrictivas, sí, y algunas dañaron a los sectores afectados, sin duda. Pero las tomó con prudencia y equilibrio, ajustando hoy a un sector, aflojando la presión a otro en un constante ir y venir. No apostó al confinamiento total, no se dejó llevar por la tentación autoritaria que seduce a gobiernos de escasa vocación democrática. Con cuidado, con prudencia y con visible liderazgo, fue llevando las cosas lo mejor que pudo. No estuvo omiso, tampoco asfixió.

El resto quedó en manos de cada uno, como corresponde.

Es bueno tener miedo ante una pandemia porque el miedo protege. Pero no es bueno caer en un pánico tal que lleve a un sendero autoritario y rígido del cual después no es fácil salir, aunque la pandemia haya pasado.

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