Tomás Linn
Tomás Linn

Que nunca se pierda

Los uruguayos hoy están votando a sus próximos gobernantes y a los representantes que desde el Parlamento, serán su voz y expresión.

Una elección libre y sin condicionamientos es el acto más emblemático de una democracia. Pero si bien es fundamental para su funcionamiento, no es lo único que la define. Hoy, una democracia constitucional, republicana y liberal es la forma de gobierno que pone a cada integrante de una nación como eje central de la vida política, le garantiza libertades y derechos y busca una convivencia pacífica, respetuosa y tolerante entre gente que piensa distinto, que tiene modalidades de vida a veces opuestos, que cree en ideas, religiones y posturas que no son, ni deben ser unánimes en una sociedad libre.

Esta democracia que los uruguayos disfrutan es un valor a defender y cuidar en un mundo en que, desde hace un tiempo muestra señales de desprecio a la democracia así entendida.

Muchos líderes ganan elecciones, es verdad, pero en ancas de esos triunfos se instalan como dictadores autócratas defendiendo ideologías totalitarias, racistas y ultranacionalistas.

Ello se mezcla con una nueva variedad del populismo de siempre, que poco cree en los pilares que sostienen una genuina democracia. Algo de ellos sabemos en este continente. Los Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa fueron ejemplo de ello. Hugo Chávez seguido de Nicolás Maduro llevaron ese tipo de experiencias a su extremo más cruel, una férrea dictadura que no piensa abrirse al reclamo popular por libertad. Los reflejos antojadizos de un Bolsonaro son preocupantes, aunque todavía muy lejos de parecerse a los modelos ya mencionados. Ojalá no sea una cuestión de tiempo.

A su vez, en estas semanas hubo violentos estallidos sociales en Ecuador, Chile y Bolivia, lo que marca una preocupante señal de alarma.

Mucha gente siente que el gran demonio de esta época es Donald Trump, alguien que desdeña la democracia en el país de la democracia. Sin embargo, Estados Unidos ha demostrado que sus instituciones funcionan y en más de una ocasión frenó los impulsos de un presidente imprevisible y antojadizo. Patotero y provocador sin duda, aunque curiosamente no bélico. Al menos no todavía.

Sin embargo, muchas de las cosas que alarman de Trump quedan opacadas por otros tiranos, los genuinos déspotas de este tiempo: Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, Maduro en Venezuela por mencionar solo algunos.

Lo preocupante de Trump, entre sus muchas facetas, es que por momentos más que sentirse el dueño del mundo, actúa como vasallo de quien sí quiere dominar este universo, que es el ruso Vladimir Putin.

He ahí el verdadero villano. Un zar ungido por los votos, que no tiene escrúpulos en eliminar enemigos y armar un espectacular relato a partir de una red de medios que en Rusia le es sumisa.

Es además un empecinado destructor de la Unión Europea. Unión que por cierto tiene contradicciones y disfuncionamientos, pero que desde los años 60 le dio al continente una innegable estabilidad democrática (en algunos países desconocida hasta entonces) y un también innegable bienestar social. Eso pretende destruir Putin. Imponer su modelo autoritario no haciéndolo bueno, sino destruyendo a los otros. No en vano, muchos de los líderes ultranacionalistas europeos que procuran la disolución de la Unión, son asiduos visitantes de Moscú y encuentran en Putin un buen aliado.

Esta doctrina antieuropea que cuestiona la democracia moderna, ha tenido logros. Los ultranacionalistas ingleses impusieron el Brexit, aunque les está dando trabajo concretarlo. En Polonia y en Hungría ganan los populistas sin vocación democrática. La ola amenaza con extenderse y horadar lo esencial de una Estado de Derecho y las libertades que garantiza. Esto ha sido evidente en varios países de nuestra región, en procesos que arrancaron casi con el inicio del milenio con un contagioso efecto que se expande por el mundo.

La democracia, el Estado de Derecho y la separación de poderes, prioriza y garantiza la libertad de sus ciudadanos, le reconoce derechos; entiende que quien gana elecciones debe gobernar y administrar, pero no usurpar un poder que no tiene. Todo lo que se aleja de ese modelo, aduciendo que cuenta con respaldo popular, deja de ser democracia.

Uruguay lleva ya 35 años de institucionalidad estable que hubo alternancia de partidos en el gobierno, en algunos casos marcando inflexiones históricas pero sin alterar la continuidad democrática ni el respeto a las libertades.

No es poca cosa. Es un valor que debe ser respetado. Y en este mundo contaminado de ideas que buscan horadar ese forma de gobierno, es imprescindible que los uruguayos defiendan aquello que en su momento tanto esfuerzo hicieron para lograr y mantener. Que no se contagien de esta preocupante ola que afecta al continente y al mundo. Por eso la jornada de hoy es importante. Porque en ella reafirmamos aquello que nos define como país. En una sociedad que respeta y tolera las formas diferentes de pensar, el día de las elecciones nos une ese derecho que es común a todos, el de expresar en libertad nuestras convicciones. Que eso nunca se pierda.

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