Tomás Linn
Tomás Linn

Nuevos tiempos

Hay algo diferente en esta campaña, algo que marca una suerte de quiebre. Surgen nuevos liderazgos y el tono de la campaña cambia respecto a las anteriores. Se percibe una interesante inflexión en la vida política de un país que lleva ya casi 35 años de estable continuidad democrática.

Todo indicaría que, sin traumas ni sobresaltos, el largo período pautado por la salida de la dictadura llega a su fin y ahora empiezan a hacerse cargo otras figuras y otros modos de hacer política. Habrá quien diga que el triunfo del Frente Amplio en 2004 fue un inflexión importante y eso es cierto. Pero también puede aducirse que su llegada al gobierno fue la prueba final que necesitaba aquella transición iniciada sobre los años 80. Su triunfo cerraba un ciclo más que abrir otro.

En esta elección, en cambio, todo parece distinto. Los candidatos de las tres grandes colectividades políticas se presentan con un estilo novedoso, concreto, poco afín a plantear las grandes utopías y más concentrados, diría Ortega y Gasset, en ir “a las cosas”.

El ejemplo más claro es el del Partido Nacional, el más confuso es el del FA y el que estaría en camino de consolidarse es el del Partido Colorado.

Si bien Luis Lacalle Pou emergió como una novedad llamativa en la elección de 2014, es ahora cuando consolida un liderazgo firme que pauta el ritmo de la campaña y a la vez permite vislumbrar cómo sería un eventual gobierno presidido por él.

Se desenvuelve con serenidad y aplomo y tiene un mapa de ruta al que se atiene con asombrosa firmeza: ningún sacudón de los que suelen aparecer, lo altera. Sabe que no son más que distracciones menores y lo que importa es lo que viene después.

El Partido Nacional, como todo partido, tiene sus discrepancias internas y la compulsión a que unos y otros se hagan zancadillas. Los blancos, en una letanía que aburre, dicen que eso es parte de su ADN. Pero si uno mira al resto de los partidos, esos mismos patrones de conducta se repiten y a veces con más crudeza.

Lacalle logró bajar el perfil de esa diferencias, ponerse al frente de todos los grupos y mostrar capacidad para articular lo que es diferente y encauzarlo bajo una misma bandera. La forma en que su partido negoció un programa común entre las diferentes partes, enseguida después de las internas cuando todavía estaban abiertas algunas heridas, es una muestra de esa adusta serenidad que exhibe su líder, cualidad necesaria para los tiempos que vienen.

Por otra parte, lo que está ocurriendo en el Partido Colorado es también interesante. No puede decirse aún que el liderazgo de Ernesto Talvi está consolidado, pero sin duda ya pisa firme. Para empezar se legitimó con un hecho palmario: emerge como candidato porque le ganó al referente histórico, a un imbatible como Julio Sanguinetti. No accede a la candidatura porque Sanguinetti se hizo a un lado, como ocurrió en otros momentos: accede porque compitió con él.

Su discurso se liga a lo que llaman el “batllismo histórico”, el de José Batlle y Ordóñez, que poco tiene que ver con el “Talvi histórico” tan alejado del dirigismo estatista del batllismo. De todos modos, con ese mensaje intenta aglutinar a los colorados dispersos como a los que se fueron al Frente Amplio y ya no ven ahí una alternativa.

Como todo liderazgo emergente, Talvi tendrá que pasar sus pruebas, pero no hay duda que dio vuelta una página en el devenir político uruguayo y su sola presencia es una señal de que va quedando atrás el Uruguay de la transición para volcar las mirada a las nuevas generaciones. Eso también es bueno.

Si bien muy confusas, las señales que da el Frente Amplio van en la misma dirección. Por un lado, el candidato Daniel Martínez quiere marcar una impronta personal y diferente a la que ha tenido el Frente Amplio desde la salida en 1985. Sus referentes, sus asesores y la manera de tomar decisiones salen del molde tradicional.

Como contrapartida es notorio que a Martínez se lo ve muy solo. Tiene una compulsión a tropezar seguido pero además, muchos de sus compañeros de ruta muestran una similar compulsión a dejar sus fallas en evidencia. Hay gente en el Frente que está haciendo todo lo que un manual recomienda para perder. Ante el desgaste y lo difícil que parece llegar a un cuarto período, un sector de la izquierda prefiere prepararse para volver al llano y desde ahí reagruparse mirando a un futuro que será distinto.

De ese peculiar modo, con tropiezos y reproches, el Frente Amplio también se encamina hacia tiempos nuevos, aunque es difícil saber cómo lo hará ya que los sectores que pretenden predominar, siguen atados a una asombrosa aunque readaptada ortodoxia ideológica.

Como sea, esta elección, sin alterar la saludable continuidad democrática del país, recambia a sus viejas figuras y marca una inflexión en los tiempos políticos, dejando atrás aquello que se dio en llamar “la transición”. Es que aunque algunos se resisten a aceptarlo, hace más de tres décadas que terminó la dictadura.

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