Tomás Linn
Tomás Linn

El milagroso caudillo

Hasta hace unas horas, era el Comandante en Jefe del Ejército. Sin embargo, de un día para otro y con su sola destitución, pasó a ser “el gran caudillo nacional”.

¿Cómo ocurrió esta milagrosa transformación? Quizás el extraño clima electoral da pie a procesos raros, potenciados por los debates, a veces delirantes, que suelen darse en las redes sociales.

Las razones que movieron al general Guido Manini Ríos para incursionar, desde su cargo, en el terreno político y cuestionar decisiones del Poder Judicial, serán opinables, pero por el solo hecho de ser el Comandante en Jefe no le corresponde pronunciarse sobre tales temas.

Las razones del presidente para relevarlo no son opinables. Al hacer el general algo que le está vedado, era natural que lo removiera. Está dentro de sus potestades hacerlo y ante los hechos consumados, no tenía otra alternativa.

Sin embargo su decisión tuvo repercusiones sorprendentes. Mucha gente, alguna que no sabe bien quién es Manini Ríos, reaccionó en forma airada como si se hubiera cometido un crimen. Esa reacción, multiplicada en las redes, transformó súbitamente al general en un caudillo.

A su vez, esa misma gente salió a cuestionar a los precandidatos opositores por haber sostenido que más allá de lo que se piense de Manini (y si tenía o no razones para decir lo que dijo), Vázquez estaba en su derecho de sustituirlo. Todos los precandidatos entendieron, como es lógico, que de ser ellos presidente algún día y puestos ante una disyuntiva similar, procederían de la misma manera. En definitiva, el presidente de la República tiene “el mando superior de todas las Fuerzas Armadas” como bien sostiene la Constitución.

El general Manini Ríos es un militar de sólida formación, con un claro sentido profesional, sofisticado, inteligente, articulado para expresarse y con mucha ascendencia en las Fuerzas Armadas. Por eso fue un comandante tan destacado. Pero sabía lo que hacía y tenía muy claro que sus declaraciones llevarían a su destitución. Es probable que incluso haya buscado generar un hecho político.

Ya se habla de una eventual candidatura suya y hasta hay un partido nuevo constituido para apoyarla. Es imposible saber hoy, cuanta suerte tendría tal lanzamiento. Poca gente lo conoce y solo se conoce su visión de las Fuerzas Armadas, no del país en su conjunto.

Por momentos su certera defensa de la institución que lideró, se pareció a la de un sindicalista que defiende reclamos de los empleados públicos que representa. Con la diferencia que los sindicalistas no tienen impedimentos constitucionales para opinar de política y los militares sí. Eso vale aun cuando los planteos de los sindicalistas hayan hartado a buena parte de la población. No se trata de determinar quiénes agradan y quiénes no, sino de atenerse al funcionamiento de un Estado de Derecho.

Si se confirma que Manini Ríos quiere ser candidato, se estaría consolidando la tendencia a que surjan candidatos caídos del cielo, haciendo ruido y anunciando generalidades.

Manini al menos vivió en Uruguay y lo conoce en profundidad. Pese a ser un militar de raza, tiene condiciones y vocación política. ¿Pero por qué de pronto parece tan viable su candidatura y se empezó a admirarlo de un día para otro?

Las redes, donde tanta gente interviene para bien y para mal, han dado voz a un sector que asegura no querer más nada del Frente Amplio pero considera blandas las ofertas opositoras. Por lo tanto en sus intercambios las bombardean sin pudor. Cierran toda alternativa. No quieren ni lo que hay ni lo que pueda sustituirlo.

Por cierto, es difícil cuantificar qué cantidad de gente está en esto. Pero hace ruido.

En un país donde no se aprecia un Bolsonaro a la vista, hay en cambio votantes que mueren por tener un candidato de ese perfil. Por lo tanto, todo lo nuevo que surge les llama la atención y salen a promoverlo.

No es que Manini sea un Bolsonaro. Más bien no lo es. Es demasiado inteligente y tiene claro que esas ofertas no funcionan en Uruguay. Pero su porte militar y su claridad para expresarse seducen a algunos votantes que de la nada, descubren en él a ese caudillo milagroso que suponen salvará a la patria.

No es que los candidatos opositores sean blandos, moderados, tibios, prudentes y pacatos. No lo son. Sí tienen algo muy claro: no pueden ensuciar la cancha, pasar por encima de las reglas de juego, incumplir con lo que la Constitución establece, o creer que con una arbitraria prepotencia ganarán a su rival.

Uruguay funciona como una democracia liberal. Rige el Estado de Derecho, y por lo tanto exige que una competencia electoral sea dura, sea enérgica y frontal pero siempre dentro de lo que suele llamarse: “lealtad institucional”.

Algunos argumentarán que el oficialismo muchas veces se ha salido de la línea. Si eso fuera cierto, no autoriza a la oposición a caer en lo mismo. Más bien debe demostrar lo contrario. Las alternativas opositoras necesitan mostrar que su conducta será otra, pese a que estos radicales no quieran entenderlo.

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