Tomás Linn
Tomás Linn

¿Cuál es el límite?

Las escenas del informativo son elocuentes. En Chile un piquete policial detiene a los autos para corroborar que sus pasajeros tengan el correspondiente salvoconducto. Si no lo tienen, las sanciones pueden ser durísimas.

En un parque de Bruselas, la policía reprime con palos y carros lanza-agua una aglomeración. En Buenos Aires y algunas provincias argentinas, se dispuso el toque de queda y la Policía detiene a todo el que ande por la calle a esa hora.

Adoptar más restricciones para reducir los contagios implica llegar al tipo de medidas que deben imponerse por la fuerza e incluso, como anunció el presidente argentino, con la colaboración de las Fuerzas Armadas.

El gobierno uruguayo no quiere llegar a eso. En su última conferencia de prensa, el presidente dejó bien claro cual era su límite.

Aun así los contagios, las internaciones en CTI y los fallecimientos siguen aumentado pese a las muchas medidas vigentes. La pandemia no cede, ni aquí ni en toda la región.

El Partido Colorado, socio clave en la coalición, sugirió aplicar más medidas para ver si se reducen los casos mientras se espera que el proceso de vacunación muestre resultados, lo cual tomará su tiempo.

Si Lacalle Pou considera o no esas sugerencias, es otro asunto. La pregunta es cuantas más medidas vale la pena poner y si servirán de algo o no. En buena parte del mundo, los embates de la pandemia no ceden más allá del rigor o no de las restricciones aplicadas. A eso se suma que la gente no acata. En Uruguay la oposición protesta porque cree que las medidas son insuficientes; en Argentina protesta porque son excesivas.

En este contexto, la sociedad parece dividida en tres partes. Por un lado están los que cacarean reclamando medidas estrictas, aunque luego apoyan o participan en marchas multitudinarias. Por otro, los que callan pero se cuidan y son prudentes. Y en un tercer lugar están los que nada les importa, hacen lo que quieren y cuidarse no es una opción.

¿Cuál es el punto de inflexión? ¿Hasta dónde se puede llegar?

Ante esa realidad, no hay respuestas sencillas y radicalizar el debate es contraproducente, en especial para quien provoca la radicalización. Es muy fácil decir que hay que cerrar más y compensar con subsidios, cuando no es uno quien lo decide ni quien paga.

Uruguay no es un país rico y hace tiempo viene cubriendo un déficit heredado del anterior gobierno. A eso se suma todo lo que ya se gastó con la pandemia: gastos extras para camas, respiradores, instrumentos y medicamentos. También para mantener de la mejor forma posible los cursos en todas las ramas de la enseñanza. O en la compra de vacunas y en un vasto operativo para aplicarlas. O en subsidios de todo tipo, seguros de paros, seguros de salud y otros gastos de tipo social.

Es inmensa la cantidad de dinero que se fue solo en eso y es imposible saber en que momento se detendrá tanto drenaje. Y cuando esto termine, habrá que pensar en la recuperación, que también tendrá un costo.

¿Pedir más préstamos? Parece casi inevitable y es lo que el Frente sugiere cuando hace sus reclamos. La deuda la pagará la generación siguiente y conociendo los antecedentes es lícito preguntarse si cuando llegue el momento, el Frente no recreará su legendaria consigna de “no pagar la deuda externa”: hoy hay que pedir, mañana no pagar.

Es evidente que la estrategia del Frente es paralizar al gobierno y desprestigiar cuanto antes a un presidente que muestra tener un temple que no se había previsto.

Por eso los reclamos frentistas son inconsistentes, sin que les importe. Que haya menos movilidad hubiera implicado votar la ley que impide las aglomeraciones: no la votaron. Piden toque de queda solo si es acordado con ellos. Si no, no les sirve. Si sucediera algo parecido a lo de Chile, Bélgica o Argentina dirían que hay desborde policial. Pero para aplicar más medidas como demandan, es necesario una “firmeza” que se parecerá mucho al presunto desborde.

¿Quién los entiende? Ellos. Ellos se entienden porque se han dado cuenta que se instaló en Uruguay un fenómeno político que, como dije más arriba, no tenían previsto y necesitan pararlo. Tienen que dinamitar la coalición antes que se consolide y tienen que cortar con la fuerte imagen trasmitida por el presidente y sus ministros. Creyeron que aún perdiendo sería fácil hacerle frente al nuevo gobierno y descubrieron que no lo era.

Optaron por el todo vale para lograr su objetivo. El problema es que suben la apuesta en forma caótica y no les da resultado. Quizás porque carecen de un liderazgo que piense con claridad.

El debate no pasa por como dinamitar al gobierno. Tal vez pase por si es o necesario aplicar alguna otra medida (aunque no hay espacio para muchas más) sin violar derechos esenciales ni fundir al país. Y pasa por fortalecer la estrategia de vacunación (cuanto más masiva mejor) en la esperanza de que recién ahí el país pueda salir de esta pesadilla y caminar hacia su más pleno crecimiento.

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