Tomás Linn
Tomás Linn

De libros y librerías

En estos tiempos de pandemia mucha gente debió abastecerse por vías no convencionales.

Desde llamar al minimercado de la esquina y pedir un envío por teléfono, hasta entrar al sitio web de un megacomercio para buscar y pagar en la pantalla y esperar a que la compra llegue a la casa.

Estos mecanismos funcionaban antes pero la pandemia los aceleró. Al no poder salir a la calle, la distancia social se mantiene gracias a un “delivery” que llega gracias a requerimientos muy básicos o muy sofisticados.

Hay quienes dicen que las formas tradicionales son mejores, que permiten el contacto personal y facilitan una elección personalizada. Eso es verdad. Pero en los tiempos en que vivimos (antes, durante y después de la pandemia) el otro tipo de compra también abre posibilidades. Al final se trata de aprovechar lo bueno de los dos mundos sin entrar en la intransigencia.

Algo de este se trasluce en una interesante entrevista hecha la semana pasada por la sección cultural de este diario al autor español Jorge Carrión, respecto a su cruzada contra el sistema de compra de libros que hizo famoso a Amazon. El libro se llama, sin más vueltas, “Contra Amazon”. El objetivo de Carrión, según la nota, es “salvar a las librerías, el último reducto para disfrutar del encuentro con los libros”. El autor, nacido en Tarragona pero que vivió en varios lugares, entre ellos Buenos Aires, cuestiona a Amazon por ser una de esas “empresas logísticas que no creen en la cultura y los libros son como fetiches u objetos de lujo”. Dice: “Amazon te puede traer un libro a casa en un tiempo récord, pero no te puede dar una historia previa a esa lectura, ni una épica ni una lírica, ni un contexto”. Lo interesante, agrega, “es recordar cómo llegué a un libro, quién me lo recomendó, dónde lo compré, dónde lo empecé a leer y por tanto a subrayarlos”.

Tiene razón Carrión: lo lindo de una librería es hurgar entre los estantes y dejar que el libro lo encuentre a uno. Hay algo personal, íntimo y hasta conmovedor en esa búsqueda donde el libro y su nuevo propietario van trazando una historia.

En la entrevista cuenta cuales librerías lo enamoraron. “The English Bookshop de Upsala”, responde sin un atisbo de duda. Ha de ser un lugar excepcional, con libros excelentes y atendido con calidez y calidad. Pero ocurre que Upsala queda al norte de Estocolmo en Suecia y muchos nunca tendremos oportunidad de ir. También se enamoró de la librería “Clásica y Moderna” en la avenida Callao de Buenos Aires, de la cual era habitué cuando vivió ahí. Como turista entré una vez de pasada y no tuve tanta suerte. Se dieron cuenta que no era de la cofradía y fui fríamente tratado.

En Montevideo hay lindas librerías, un par de ellas muy bien puestas y es un placer recorrerlas. Pero esta es una plaza chica y no todo lo que uno busca se encuentra. Viajar a Buenos Aires o a otras ciudades y recorrer sus librerías es una alternativa. Pero para el común de la gente, eso no ocurre con frecuencia. Y si a veces Buenos Aires se nos complica, las posibilidades de ir a Upsala son aún más remotas.

No sé si Jeff Bezos, dueño de Amazon, hizo una “apropiación simbólica” del negocio del libro. De lo que sí tengo certeza es que cuando busco libros que no están en este reducido mercado, descubrir en la pantalla lo que acá no hay, es una solución. Como lector, Amazon me ofrece una salida y por lo tanto no se me ocurriría ir en su contra.

Imagino que tendrá un gigantesco galpón en algún lugar ignoto de Estados Unidos y que apenas sus computadoras reciben mi pedido, alguien irá con un montacargas hasta una góndola donde habrá cientos de ejemplares del libro que requerí. Una persona que nunca sabré quién es, lo embalará, lo pondrá en el correo y un día, como por arte de magia, aparecerá en la puerta de mi casa.

No es la transacción perfecta ni la librería ideal, lo sé, pero me trajo lo que necesitaba. Y más aún, cada vez que abro su sitio y se ponen en marcha los algoritmos, aparecen recomendaciones valiosas de libros sobre temas que me interesan pero cuya existencia desconocía. Ese acceso, de otro modo imposible, me permitió abrir una ventana más amplia al mundo.

Hace poco Amazon anunció que pensaba abrir una librería, real y física, de esas que uno recorre, en Los Ángeles. Un amigo sintió que la noticia merecía celebrarse. Me pareció bien que lo hiciera y le pregunté si pensaba viajar a los Angeles. Me respondió que no. Por lo tanto, el Amazon que nos sirve a los que buscamos lecturas desde este sureño y lejano rincón montevideano, donde hay oferta pero no toda la que uno desearía, es ese: el Amazon virtual. No tiene ningún encanto, pero sirve. No nos “enamora” como dice Carrión, pero resuelve.

La intransigencia ante estas modernizaciones, además de caer en un puritanismo sin sentido, es inconducente. Hay cuestiones que se resuelven recurriendo a las viejas formas y hay soluciones que solo vienen por estos nuevos mecanismos. Lo sabio sería disfrutar de unas, aprovechar las otras y mantenerse abierto al mundo.

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