Tomás Linn
Tomás Linn

De legados y herencias

Para algunos políticos y analistas, la muerte de Jorge Larrañaga deja huérfana de liderazgo a la corriente wilsonista dentro del Partido Nacional. La realidad es más compleja y no es ahora que se produce este vacío, sino que existe desde mucho antes.

La “Alianza Nacional” que Larrañaga creó en 1999, empezó a desintegrarse lentamente a partir de las elecciones de 2014 y tal vez aún antes. Diferentes dirigentes hasta entonces identificados con Larrañaga, comenzaron a formar sus propios grupos con miras a la campaña de 2019 donde el liderazgo de Luis Lacalle Pou se afirmó con innegable firmeza.

La pregunta no es determinar quien será el sucesor de Larrañaga en esa corriente, sino qué implica que haya una corriente wilsonista en la realidad actual del Partido Nacional y del país.

Larrañaga, con su presencia y una voz que hacía recordar al caudillo, aglutinó a muchos blancos que se identificaban con un wilsonismo que encarnó una época muy específica. Esa época ya pasó. Por eso importa la pregunta que dejó planteada Martín Aguirre en su columna del domingo pasado: “¿Qué es ser wilsonista en 2021?”

Hay hoy personas con ideas extremadamente conservadoras en lo político, social y hasta religioso que dicen ser fervientes wilsonistas. En 1971, el momento de apogeo de Ferreira, mucha juventud se sintió seducida por su propuesta de izquierda encuadrada en una visión democrática liberal y alejada de las ideas marxistas leninistas en boga, justo cuando surgía el Frente Amplio.

Estas dos maneras diferentes de ver el wilsonismo hablan de distintas épocas y de posturas encontradas aunque con una común “sensibilidad wilsonista”. ¿Cómo se traduce eso en una ideología o un ideario coherente y consistente, trasmitido de generación en generación? No parece fácil y Aguirre en su columna argumenta que “el propio Wilson Ferreira fue una figura tan compleja, tan rica en matices y tan cambiante que es imposible definirlo hoy 100 por ciento”.

Ferreira fue protagonista central de una época tremendamente complicada del país. Actuó, definió e incidió con su poderoso carisma, en una encrucijada irrepetible que no puede entenderse sin su presencia. Sin embargo, no dejó un ideario perdurable. Fue un firme defensor del Estado de Derecho, un político que creía en la democracia liberal y republicana. Pero no era el único que pensaba así, aun en tiempos en que muchos proponían salidas opuestas a esas convicciones.

No todos los grandes líderes de la historia dejaron un legado a continuar, ni crearon un “ismo” a seguir. Pasaron a la historia por ser protagonistas en momentos críticos. Un ejemplo clave, porque se trata de una figura gigantesca, es el de Winston Churchill. No existe “churchillismo”. No hay una corriente política que continuó con su pensamiento tras su muerte y sin embargo es considerado uno de los grandes líderes de la historia mundial porque enfrentó una coyuntura dramática para el mundo. Fue un hombre de acción y tuvo el coraje necesario de enfrentar una situación de extrema gravedad y gracias a ello cambió el curso de la historia. Por eso es recordado: no por un presunto legado ideológico.

Tampoco Luis Lacalle Pou y su equipo (muy distinto al de su padre) es una expresión ortodoxa del herrerismo. Tal vez contenga algunos ingredientes, pero expresa otra cultura política propia de su generación.

Logró algo que hace más de un siglo no lograban los blancos: hoy el Partido Nacional no es uno solo con dos grandes alas conducidas por líderes contrapuestos. Es un partido con múltiples corrientes no tan distintas entre sí y un único líder. Si eso es bueno y si perdurará, es otra discusión.

Históricamente los blancos se dividieron entre herreristas e independientes, entre el wilsonismo y el herrerismo, entre Zumarán y Lacalle Herrera y luego entre este y Larrañaga.

Hoy ese corte no existe. Los presuntos herederos del wilsonismo están repartidos en diferentes corrientes, y todos en sintonía con Lacalle Pou. Sus referentes más notorios son quienes fueron jóvenes en el proceso de apertura democrática, no en la gesta del 71: Pablo Iturralde, Jorge Gandini, Javier García, por mencionar solo a algunos. El propio presidente del Directorio del Partido Nacional, Pablo Iturralde, reconoce esa realidad al declarar a El País: “el partido está viviendo un momento superador de las dos grandes corrientes nacionales”.

Es que la elección de 2019 implicó una inflexión profunda en la vida del país. Dio paso a una nueva generación con formas distintas de pensar la política y eso lo refleja el Partido Nacional. Un solo líder aglutina a la totalidad. Hay sí, diversas corrientes cada una con su perfil. Pero al menos por el momento (en política las cosas siempre pueden cambiar) todos se sienten expresados por un liderazgo joven, distinto, despojado de preconceptos por el simple hecho de que mira para adelante.

Sobre esa realidad, los blancos (y en especial sus dirigentes más jóvenes) deberán estructurarse si es que piensan consolidar su actual rol en el quehacer del país.

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