Tomás Linn
Tomás Linn

Ahora le dicen gobernanza

Después de una década de silencio, mucha gente vuelve a interesarse por lo que sucede con el Estado. Hubo complacencia y silencio, pero ahora algunos malos resultados hacen resurgir la preocupación.

Después de una década de silencio, mucha gente vuelve a interesarse por lo que sucede con el Estado. Hubo complacencia y silencio, pero ahora algunos malos resultados hacen resurgir la preocupación.

Lo de Ancap funcionó como un disparador. Al comprobarse el escandaloso despilfarro, al terminar la fiesta de las empresas públicas, al anunciarse que pa- ra tapar esos agujeros se aumentará el impuesto al trabajo (el IRPF y el IASS), los uruguayos empiezan a salir de su letargo y ver con alarma como se manejaron en estos años, los asuntos del Estado.

Hay un sector del país que siempre entendió que el Estado era ineficiente, costoso y poco amable. Pero esa idea convive con otra aún más consolidada: los que creen que aunque maltrate a la gente, en realidad la protege y le da certezas. Si bien puede a veces ser fastidioso, su alcance debe extenderse a todos los ámbitos posibles.

Esta última visión es la que predominó en la década pasada. No hubo expresiones públicas de disconformidad ni se vio urgencia por cambiar lo mucho que debe ser cambiado. Recién ahora emerge un sentimiento que estuvo acallado y soterrado.

Un panel organizado por la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa, una presentación hecha en la Universidad de Montevideo y la tradicional exposición de Ernesto Talvi organizada por Ceres, pusieron el tema sobre la mesa. También despertó interés y enojo lo realizado por la comisión parlamentaria que investigó el enorme déficit de Ancap que necesitó un rescate del gobierno para recapitalizarla. Rescate que pagarán los uruguayos con aumentos tributarios y una nafta más cara.

Se buscan mecanismos para gobernar las empresas públicas con mejores resultados. Talvi habló de integrar los directorios con técnicos. El término de moda es la “gobernanza”, similar a lo que antes era la “gestión” cuando también se insistía en la necesidad de “rendir cuentas” por cada decisión tomada.

Lo de rendir cuentas, sin embargo, no fue tenido en cuenta por los directivos de Ancap. Ante cada disparate expuesto, explicaron con solemne frivolidad: “Sí, pero eso que hicimos no fue ilegal”. Jamás se les ocurrió que ante tanto drenaje, por legal que fuera, su responsabilidad era detenerlo.

Los partidos históricos sabían que muchos de los vicios instalados en aquel viejo Estado los desprestigió ante la población en los años previos a la dictadura. Había que desandar el camino y eso intentaron cuando regresó la democracia en 1985. Nunca pensaron que la oposición frentista llegaría al gobierno usando la misma retórica y las mismas prácticas que a ellos tanto daño les habían hecho.

Se usó el concepto de estado benefactor de colorados y blancos y con igual clientelismo se repartieron dádivas y empleos públicos. El esfuerzo hecho para reducir el alto número de empleados públicos, fue revertido por los gobiernos frentistas al punto de superar el número que había cuando asumió el primer gobierno democrático.

En los primeros años de democracia, se intentó simplificar algunos trámites burocráticos. No se logró todo, pero numerosas calamidades propias de un estado deshumanizado y torpe fueron superadas.

Respecto a las empresas públicas se manejaron dos ideas. Por un lado, la semiprivatización y por otro la asociación de empresas estatales con otras para modernizarlas. Ninguna funcionó, no porque fracasaron sino porque al final (a excepción de Pluna) nada fue privatizado ni asociado.

Los sindicatos defendieron aquellos entes diciendo que “eran nuestros”, de los uruguayos. Solo con el tiempo quedó en evidencia que cuando decían “nuestros”, en realidad se referían a que eran de ellos, los sindicalistas.

El tajante rechazo popular a toda reforma del Estado, un relato impuesto que habla de un nefasto período “neoliberal” (que en realidad ni siquiera fue liberal) y la noción de que la década de los 90 es mala palabra, instauró en el país una censura tácita. Del Estado nadie habla. El tema es tabú.

El grueso de la población se mostró conforme en esta década con que todo siguiera como estaba. Los “nabos de siempre”, que pagaban las cuentas sin recibir nada, sabían que seguirían siéndolo por un largo rato más.

Así se instaló este largo silencio. Hasta que estalló lo de Pluna, lo de Ancap, la pretensión de gastar un dineral en un estadio para megaespectáculos y por último, el anuncio de que estas extravagancias se pagarían con una suba de los impuestos a los asalariados

Todo esto obligó a romper el silencio. No se habla de retornar a fórmulas que notoriamente la gente no quiere. No porque fueron malas (nunca lo sabremos) sino porque la población las rechaza. Pero hay otras soluciones a un problema endémico y paralizante. Habrá que discutir lo de la “gobernanza”, lo de cómo integrar los directorios y cómo volver a reducir tanto empleo público y cortar tanto gasto.

Habrá resistencia de quienes se sienten cómodos con el actual estado de cosas. Pero afrontar el tema es ineludible.

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