Tomás Linn
Tomás Linn

La indigna ambigüedad

El nuevo gobierno asumirá en medio de un panorama regional complicado y preocupante.

No es algo novedoso, por cierto: la complicación latinoamericana data de tiempo atrás, pero sí va cambiando de formas y modalidades.

En este contexto, la política exterior a llevar a cabo por el próximo gobierno deberá estar muy atenta a retomar el camino que siempre la identificó, o sea el de un apoyo inteligente, diplomático e inequívoco, a los procesos democráticos así como el repudio a los que no lo son. Esto no solo importa en cuanto a la señal que el país emite hacia afuera, sino también hacia adentro. Es como decirle al mundo, pero también a los propios uruguayos, que la democracia republicana y liberal importa como una forma de convivencia que respeta derechos y libertades.

Esta señal no fue dada con la contundencia necesaria en los últimos años, y ello no hizo más que profundizar las suspicacias y dudas sobre la genuina convicción democrática de algunos adherentes (no todos) al gobierno frenteamplista.

Si bien por momentos el presidente Tabaré Vázquez pareció ver con lucidez la situación, al final debió ceder ante el grito de la tribuna y la presión de los militantes más radicalizados. Esa presión llegó a producir mutaciones curiosas: el canciller Rodolfo Nin Novoa que comenzó su gestión con una impronta más abierta, se fue corriendo muy de a poco hasta terminar mimetizado con la gritería ideologizada.

Si bien es verdad que el panorama que enfrenta el gobierno de Luis Lacalle Pou es complejo, no es nuevo. Hoy hay una situación enrarecida en Chile, incierta en Bolivia, complicada en Ecuador y un presidente desconcertante, por decir lo menos, gobierna Brasil. Pero ya al iniciarse el siglo XXI se pudo ver como el proceso de consolidación democrática que tan auspiciosamente comenzó en los año 80 y se expandió por todo el continente, llegaba a su fin. Hubo elecciones en los países afectados, es verdad, pero ellas abrieron el camino para que se instalaran gobiernos autoritarios, patoteros y arbitrarios, o lisa y llanamente dictatoriales como el de Hugo Chávez, hoy continuado y empeorado por Nicolás Maduro. Ni el Ecuador de Rafael Correa, ni la Bolivia de Evo Morales, ni la Nicaragua de Daniel Ortega han sido gobiernos plenamente democráticos. Hasta la Argentina de los Kirchner tuvo sus muy serias fisuras. En estos meses, la renunciada forzada de Evo Morales generó discusión sobre la naturaleza de su régimen. Habría que recordar que un fallo del Tribunal Constitucional dio luz verde para una nueva reelección no permitida por una constitución, que tampoco le otorga a ese Tribunal potestades para reformarla con un simple fallo. O sea que el problema se agudizó mucho antes del fraude reciente.

Ante esta realidad, diseñar una estrategia para afrontar situaciones complejas exigirán a Uruguay inteligencia, serenidad y claridad.

Un aspecto positivo es que en este tema hay buena sintonía entre el presidente y quien será su canciller, Ernesto Talvi. Y esa sintonía entre ambos también se da con los partidos de la coalición y con los propios votantes. No hay fisuras ni contradicciones en un tema tan sensible.

Es importante ser muy firme respecto a la condición de dictadura que define al régimen venezolano, una cuestión que le ha sido indiferente al actual ministro. Se recordará que en algún momento Nin Novoa preguntó en que le cambiaba a los venezolanos que el gobierno uruguayo dijera que Maduro era un dictador.

Para empezar y antes de ir a la situación venezolana, le cambia mucho a los uruguayos. No animarse a definir una dictadura, es como admitir que el gobierno no puede diferenciar una cosa de otra. Eso solo es alarmante.

Pero en cuanto a los venezolanos, no hay duda que las cosas cambian con una simple admisión. Tal vez no lo haga en la vida cotidiana de la gente: la dictadura seguirá reprimiendo salvajemente las manifestaciones y encarcelando a los opositores donde los presos políticos son maltratados. Eso recién cambiará el día que Maduro y su pandilla caigan.

La razón por la que sí importa definir en voz alta al régimen como dictatorial, es porque el mundo y el gobierno uruguayo califican algunas realidades de otro modo. Para empezar, las manifestaciones populares dejan de ser actos levantiscos y sediciosos y pasan a ser la legítima protesta de un pueblo que no soporta más la asfixia y la opresión. Para seguir, una dictadura, si no busca su propia manera de salir, puede ser derrocada, puede “caer”.

Ayudar a que caiga un gobierno democrático en un país donde rige una genuina constitución (por más dificultades que atraviese ese gobierno o por más que sea de un signo que a otros no guste), sería ciertamente ilícito. No así, cuando se trata de una dictadura.

Todo este llevará a que en estos temas el futuro gobierno busque un mensaje muy claro y diseñe una estrategia sabia y eficaz para llevarlo a cabo. Y logre de ese modo sacar a Uruguay de la indigna ambigüedad en que esta ahora.

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