Tomás Linn
Tomás Linn

Hay gente muy enojada

Terminó una semana rara. Con hechos graves y preocupantes. Con gente enojada; muy enojada. También alarmada y asustada.

Las distintas cosas ocurridas en tan pocos días no fueron buenas y a nadie dejaron tranquilos: el asesinato de la cajera de un supermercado para robar 2.000 pesos, la violenta asonada y ocupación de avenida Italia con agresión a vehículos y pasajeros, la guerra campal entre bandas narco en Minas, la poco cívica y guaranga confrontación que tuvieron algunos agricultores con el presidente, la inesperada y desubicada reacción del propio presidente, las dos señales de presión desde el gobierno: una al periodismo (mediante el monitoreo del "tono" de sus coberturas) y otra en la amenaza a cualquiera que se manfieste enojado: desde el poder se usarán (ya se usaron) todos los medios para hacerle un "escrache".

El solo hecho de que la mejor solución para terminar con los asaltos a los cajeros automáticos sea que haya menos, demuestra que quien debería tener control sobre estas situaciones, no lo tiene. Si para disminuir la delincuencia hay que retroceder y esconderse, en realidad se está reconociendo que esto ya no es una "ola" de robos, es un estado de guerra.

La semana termina y la gente quedó mal, sintió que algo se descompensó, que una situación hasta ahora fragilmente sostenida, parece desmoronarse. El enojo se ve en la calle, en los lugares de trabajo, en las redes.

Lo ocurrido en avenida Italia fue de terror. No hay otra palabra para definirlo. Que un grupo de personas sea capaz de tomar una avenida y convertirla en propia a fuerza de imponer miedo y violencia es inadmisble. Ocurre porque saben que pueden, que nada les sucederá.

El Estado, en lo que es una de sus tareas básicas, cede el terreno y estas bandas conquistan todo espacio que queda vacío.

Una muestra de cuan civilizada es una convivencia democrática se observa en como se relacionan gobernados y gobernantes. Es bueno que aquella gente extremadamente desconforme con el gobierno lo exprese. Pero con buenos modales y respeto a la investidura del presidente. No puede haber una patota enardecida haciéndole frente a la salida de una reunión. Si ocurre, como lamentablemente ocurrió, un presidente debe estar a la altura del cargo que ejerce. No debe bajar al nivel del griterío que le increpa y responder con igual grado de patoterismo. Pierde dignidad, evidencia temor e inseguridad, lo cual mella su cargo y resiente su liderazgo.

Liderazgo que se vuelve necesario ante la creciente inquietud y la violencia delictiva. La seguidilla de asesinatos existe por el simple hecho de que es fácil matar. La falta de respuesta lleva a la obvia conclusión: ¿por que no seguir, si igual no pasa nada?

La reacción de algunos opositores es decir lo primero que les sale. Es fácil decir que hay que llamar a los militares para terminar con la delincuencia, que hay que aplicar la pena perpetua (y detenerse a milímetros de reclamar la pena de muerte, que tanto reclama la gente en las redes), o que hay que traer a Giuliani desde Nueva York para que arregle todo. Se puede entender que el común de la gente en su iracundia y miedo diga cualquier cosa. A poco de pensarlo, se dará cuenta de que estaba diciendo disparates. Pero no se puede aceptar que lo digan dirigentes políticos que están obligados a mostrar más responsabilidad. Son respuestas al grito de la tribuna sin originalidad. No sirven y al final es el propio líder quien queda mal. La gente, aún enojada, termina dándose cuenta que todo es puro ruido.

Pero respuestas hay que dar. Y no es la de cerrar los cajeros automáticos: hay que atrapar a los ladrones y recuperar el botín.

Hay asesinos dispuestos a matar para robar. No importa en que año hayan nacido. No importa que explicación ideológica los justifique. Son asesinos. Roban y matan. Lo hacen porque saben que son impunes y nada les pasará. Las muertes que antes el gobierno restaba importancia por ser meros "ajustes de cuenta" y no afectaban al común de la gente, ahora son guerras entre bandas que aterrorizan a barrios enteros.

El país ve que el gobierno no da respuestas. Acosado por un grupo de agricultores iracundo porque las cosas no andan, no escucha. Pierde los estribos. Ni siquiera se da cuenta que esos agricultores son apenas la punta de un iceberg: comerciantes, industriales, todos los que hacen que la actividad económica funcione, están enojados. Quizás, sí, sean más respetuosos. Pero sienten que arriba, a nadie le importa.

Ante un asonada en una avenida de mucho tránsito y a pleno día, la sensación es que esto puede ocurrir una y otra sin que haya consecuencias. Es gravísimo. Un gobierno que se precie de tal, debería estar alarmado. Pero éste, no parece percibir la realidad.

Fue una semana rara. Insisto, hay mucho enojo en la gente. Muchas frustraciones que por distintas causas, se van sumando unas a otras. Hay una sensación de que las cosas están fuera de control. Y que en el gobierno, a nadie le preocupa que así sea.

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