Tomás Linn
Tomás Linn

Gordo y ausente

Causa gracia escuchar al ministro Astori suponer qué cosas hará Luis Lacalle Pou con la economía, en caso de ser presidente.

En definitiva, lo que tendrá que hacer es arreglar lo que Astori deja mal. Para empezar, el déficit presupuestal. Para seguir, un estado gordo y a la vez incapaz de hacer aquello que debería hacer; un estado ya no ineficiente sino lisa y llanamente ausente.

El Estado se transformó en algo sagrado para la izquierda durante estos 15 años de gobierno, en que quiso tener todo concentrado allí y no le pareció malo que afectara la tarea de los privados, sean empresas, institutos educacionales u organizaciones sociales y culturales. Mediante normas, regulaciones, impuestos y tarifas altas, fue asfixiando la iniciativa privada. Para los gobernantes frentistas, era necesario que solo ellos manejaran todo, desde un Estado del que se apropiaron. Despreciaron que los ciudadanos hicieran cosas por su cuenta (y más si estaban bien hechas) pues eran ámbitos que no controlaban. Y lo que han querido es justamente eso, controlar. Al precio que sea.

El resultado es alarmante porque lograron que el Estado formalmente lo cubra todo, aunque de hecho nunca estaba cuando era necesario verlo. Proeza asombrosa si las hay.

Lo paradójico, lo dramático, es que tanto control llevó a ningún control. El Estado dice estar pero no está. Hay ausencia.

Por lo pronto, no tiene idea qué pasa con la droga que entra a Uruguay desde quién sabe dónde y vuelve a salir por puertos y aeropuertos sin que a nadie le importe que así sea. De golpe saltaron estos episodios que obligan a preguntarse cuán grande es ese movimiento. Se supo que un peón rural cobraba 10.000 dólares por recibir paquetes de droga arrojados desde un avión en la mitad de la nada. ¿Cuántos aviones más hacen esos vuelos y cuántos más peones?

Al llegar a Alemania desde Montevideo, se descubrió en un barco un gigantesco cargamento de droga, pocos días después de que en Francia otro cargamento fuera encontrado en un avión privado que había salido de Carrasco. ¿Cuántos otros barcos y aviones están haciendo lo mismo?

El gobierno, los que administran ese Estado, no tienen respuestas. Nada funciona bien, las fronteras no se vigilan y los capos del narcotráfico se escapan de la cárcel sin mucho esfuerzo. A nadie le importa. Sin embargo hay una burocracia que para nada sirve pero que a los uruguayos les es costosa.

Para colmo, al no tener respuesta, un ministro sale por la tangente proponiendo liberalizar la cocaína. Tira un tema para distraer y elude su responsabilidad. No es este momento de entrar en una discusión filosófica. Urge primero explicar por qué los controles fallan y qué se piensa hacer al respecto.

Días pasados (los de mucho frío) se supo que un niño, tal vez huérfano, estaba viviendo en la calle. Los vecinos hicieron denuncias a diversos organismos públicos y reiterados llamados a líneas de emergencia que nadie contestó. La reacción vino recién después que los medios lo publicaron. Y abundaron las excusas, algunas elaboradas en pura jeringoza técnico-burocrática. “Para tratar esos casos debemos armar un grupo multidisciplinario que haga un abordaje integral con criterios transversales y paritarios”… o cosas por el estilo. Palabras huecas que se repiten. De tanto usarlas ya nada quieren decir. Son apenas formas vacías usadas por los burócratas incompetentes y mediocres. Hace creer que saben de lo que hablan cuando en realidad no tienen la menor idea.

La policía es cada vez más ineficiente para reprimir la delincuencia; hay organismos del Estado que temen meterse en determinados barrios; jueces y fiscales manejan sus casos con una lógica que escapa a la comprensión del común de los mortales, víctima no solo de la delincuencia sino de los entreverados procedimientos de la Justicia.

La educación pública no funciona, diga lo que diga Wilson Netto. Y menos aún funciona en las zonas carenciadas del país, donde más se la necesita. Los profesores faltan y nadie los llama al orden. Hay padres que golpean a los maestros de sus hijos y no pasa nada. Hay liceos donde campea el desorden y la desidia.

Una persona pasa por delante del Ministerio de Salud Pública (no de cualquier ministerio), tiene un ataque cardíaco frente a su puerta y los desfibriladores no funcionan. Los del mismo ministerio que obliga a tantas otras instituciones a tener los suyos en perfecto estado. ¿Con qué autoridad puede actuar si en su propia casa no hay orden?

Las calles siguen sucias, los conciertos hechos en salas municipales se interrumpen con total desprecio a sus concurrentes. Nadie vigila, nadie ordena.

El Estado al que tanto culto rinde la izquierda es apenas una cáscara. Está ausente. No hay quien haga cumplir normas, no hay quien ejerza esa hábil autoridad que corresponde a quien tiene responsabilidades. Lo poco que funciona lo hace con mediocridad y desidia y nadie responde por ello ni se hace cargo de nada.

Así, un país no puede funcionar.

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