Tomás Linn
Tomás Linn

Gente que ya no piensa

El argumento de quienes proponen eliminar los beneficios tributarios a empresas que hacen donaciones a las universidades privadas es de tal simpleza que provoca vergüenza ajena: aducen motivos “políticos e ideológicos”. Así de sencillo. ¿Es eso, acaso, un planteo racional? No. ¿Hay fundamentos sólidos? Ninguno. La decisión se toma porque se les antoja. Un mero capricho.

El argumento de quienes proponen eliminar los beneficios tributarios a empresas que hacen donaciones a las universidades privadas es de tal simpleza que provoca vergüenza ajena: aducen motivos “políticos e ideológicos”. Así de sencillo. ¿Es eso, acaso, un planteo racional? No. ¿Hay fundamentos sólidos? Ninguno. La decisión se toma porque se les antoja. Un mero capricho.

Se mantienen, sí, los beneficios para quienes hagan donaciones a la universidad estatal, a los liceos privados gratuitos en barrios postergados y a muchas otras organizaciones sociales. Las únicas excluidas son las cinco universidades privadas lo que convierte la medida en discriminatoria, tomada con deliberada malicia.

Se especula que las cosas podrían cambiar en el Senado. Es que el presidente Tabaré Vázquez al presentar su proyecto de Rendición de Cuentas, pensó que estaba todo acordado con la bancada frentista. Sin embargo empezaron a aparecer las sorpresas. La exoneración, además, fue una medida sabiamente instaurada en su primera presidencia.

Persiste la sensación de que hay gente que ya no piensa con la cabeza. Tal vez ni siquiera piensa; sectores del Frente decididos a levantar un muro que separe a los puros y virginales bienpensantes que defienden la universidad estatal de los villanos malhechores que favorecen a las privadas. En su esquematismo, los pobres van a la primera, los ricos (los “chetos”) a las demás.

La simplificación es grosera, pues hay ricos que optan por la enseñanza superior paga como los hay que van a la del Estado. Son menos en cambio, los de bajos recursos que van a una u otra. Es que aún siendo gratuita, tampoco la universidad estatal atrae a gente que viene de los sectores más pobres. La formación terciaria es elitista en Uruguay. Gracias a las becas apoyadas por estas donaciones, sin embargo, se abren posibilidades para aquellos que no pueden pagar sus estudios.

Si los centros privados son reductos oligárquicos, qué decir de varios actuales gobernantes, frentistas y de izquierda, que mandaron a sus hijos a escuelas y liceos privados, y ahora los mandan a universidades privadas.

O no tanto: al igual que en otras familias, algún hijo irá a la Universidad ORT, otro a la Católica y un tercero a la Universidad de la República. Esa es la mezclada realidad y la elección depende de las ofertas, la carrera elegida y los intereses personales. El mundo no se divide con energúmenos a un lado y fanáticos al otro. Cuando una sociedad puede elegir, todos se benefician.

A medida que se amplíe la oferta de posgrados, algunos obtendrán su grado en un lugar, su maestría en otro y el doctorado en un tercero. Será a conveniencia, sin prejuicios ni discriminación. Como hacen los países inteligentes del mundo.

Los recursos de las universidades privadas no vienen de un presupuesto votado en el Parlamento, sino de las cuotas que pagan sus estudiantes. Aún así, no alcanza como tampoco alcanza lo presupuestado por el Estado para su universidad. Se necesita dinero para investigar, para tener los laboratorios al día, actualizar equipos técnicos, contar con la mejor biblioteca posible, mantener sus instalaciones y satisfacer las demandas de la sociedad. Y además, pagar sueldos. Todo dinero que entra es usado y nada sobra.

Por lo tanto, la frívola (y equivocada) afirmación de que son empresas con fines de lucro, se desmiente con la sola realidad.

Por eso se decidió aplicar esta exoneración impositiva que estimuló algo necesario para el país: la consolidación de un sistema universitario donde unos y otros compiten pero también se complementan y suman en beneficio del país.

Otra tontería es pensar que las empresas donan para eludir impuestos. La quita es apenas un pequeño porcentaje del monto donado que a su vez se saca de las ganancias. Por lo tanto hay, sí, altruismo en la donación. Los villanos a veces pueden ser buenos.

El Estado recauda impuestos para administrar el país, hacer obra pública, atender la salud y la educación, desarrollar políticas sociales y estimular la actividad cultural. Las prioridades las fija cada gobierno de turno. Y está bien que así sea. Pero las personas, empresas, organizaciones sociales y religiosas también tienen sus prioridades, no opuestas a las del gobierno sino complementarias.

Si se entiende que un país abarca más que su Estado, estas quitas estimulan la inversión en otros frentes. Debe haber espacio para ello, no para ir contra el Estado sino para evitar unicatos y monopolios y aceptar que las prioridades e intereses son variados. De lo contrario, crecerá un Estado excluyente, asfixiante y eventualmente totalitario.

Los países desarrollados aplican este tipo de quitas no sólo a empresas sino a ciudadanos que eligen donar a universidades, a la cultura, a programas sociales, a la investigación científica y médica.

Una democracia madura sabe que todo suma. Suponer que Uruguay será un mejor país retrocediendo sobre lo avanzado, es demencial. Suponer que lo será enfrentando a unas universidades con otras, es suicida.

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