Tomás Linn
Tomás Linn

Fisuras en Cancillería

En política exterior, el gobierno de coalición sigue sin dar señales de coherencia y sintonía.

Cuando Ernesto Talvi fue ministro de Relaciones Exteriores surgió un cortocircuito respecto a Venezuela. Ahora, con Francisco Bustillo de canciller, surge otro a raíz de una condena votada por Uruguay a Israel en la ONU.

En estos dos precisos y sensibles temas, el de Venezuela y el de Medio Oriente, los partidos que hoy conforman el gobierno tenían clara discrepancia con el anterior gobierno frentista. Sin embargo en ambos se enviaron confusas señales y a veces el gobierno parece estar más en sintonía con el Frente que con los partidos que lo apoyan.

Con respecto a Venezuela, tras la partida de Talvi y la llegada de Bustillo el tema parece zanjado. Uruguay reconoce que hay allí una dictadura.

No así con Israel. La delegación uruguaya aprobó en estos días una moción en el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas que “reafirma que la ocupación israelí sigue siendo un grave obstáculo para las mujeres y las niñas palestinas en lo que respecta a la realización de sus derechos”. Desde donde se lo mire, la moción tiene un tufillo raro.

Su sola aprobación iba a generar problemas adentro de la coalición y es llamativo que el canciller no lo haya considerado. El primer problema (no el único) fue con el Partido Colorado.

Bustillo, que al asumir se tomó la molestia de hacer una recorrida para saludar a los dirigentes de todos los partidos, pareció más seducido por José Mujica que por sus socios colorados. Es que además de los elogios dispensados al expresidente, parece haberse alineado a su diplomacia cuestionadora respecto a Israel ejercida a través de su entonces canciller Luis Almagro.

Era obvio que ante esta votación los colorados iban a saltar. La posición de Sanguinetti y el sector que lidera es históricamente conocida y si quedaban dudas, Ciudadanos también reaccionó con celeridad a través de su diputado Ope Pasquet.

Al querer saber por qué votó Uruguay de esa manera, Pasquet destacó los “fuertes vínculos de amistad” de Uruguay con Israel y sostuvo que “Israel es una democracia asediada por regímenes autoritarios que desde el primer día de su existencia han pretendido destruirlo. Es notorio que trata a las mujeres, judías o árabes o de cualquier etnia o religión, de manera incomparablemente mejor que los estados musulmanes de la región, alguno de los cuales, en sarcasmo hiriente, concurrió con su voto a la aprobación de la resolución de referencia”.

La resolución se dirigía al tema de la mujer en los territorios palestinos. No entraba en el complejo entramado político y bélico que se remonta a la Guerra de los Seis Días y aún antes. Tampoco a la controvertida figura del actual primer ministro israelí. Por lo tanto, la votación le evitaba a cada país meterse en esa compleja discusión y obligaba solo a concentrarse en un asunto concreto. Uruguay entonces debió dirigirse a lo que importaba. Así de fácil.

Es sabido que quien administra la vida cotidiana de los que habitan ese espacio son los propios palestinos. Ya sea la Autoridad Nacional Palestina si es en Cisjordania, o la organización terrorista Hamas si es en la Franja de Gaza.

Como bien explicó la periodista Ana Jerozolimski, las autoridades palestinas recurren a Israel “si se necesita por ejemplo un permiso para pasar a territorio israelí, pero si no, se halla bajo gobierno palestino. No de un Estado independiente, pero un gobierno palestino que maneja todos los asuntos diarios de la población”. Entre ellos, es su responsabilidad y no la de Israel, el tema de la mujer en “una sociedad patriarcal en la que la mujer debe luchar por sus derechos y tiene aún numerosas batallas que librar”.

Por supuesto, no hace falta leer el texto de Jerozolimski para saber que esto es así y que muchos de los países árabes que promueven y apoyan con cinismo este tipo de resolución, tampoco respetan a la mujer ni creen que corresponda reconocerle derechos. Esta realidad es demasiado evidente como para siquiera discutirla.

La votación uruguaya es un traspié serio por parte de un gobierno que venía con otra idea de cómo encarar su política exterior. Muchos de sus votantes deben estar molestos y sorprendidos. Ciertamente va a contrapelo de la tradicional postura de uno de sus principales socios, el Partido Colorado, pero también de posturas claramente establecidas en diferentes momentos por el Partido Nacional.

A seis meses de asumido un gobierno que dio señales de tener objetivos bien definidos en tantos aspectos, es evidente que eso no ocurre en política exterior. Hubo que hacer una drástica corrección de rumbos respecto a Venezuela, luego de que el anterior canciller anunciara que, contrario a lo que predicó a lo largo de la campaña, no calificaría a ese régimen de dictadura. Ahora esto. Es como si en ese ministerio continuara el anterior gobierno, el de Mujica.

Ante estos tropiezos, parece llegada la hora de que presidente, ministro y coalición se pongan de acuerdo hacia dónde quieren ir.

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